25 DE NOVIEMBRE. Día CONTRA la VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES.

No eres tú, soy yo.

Hubo un tiempo en que yo ya no quería otra pareja, había sufrido demasiado y me preguntaba cómo sería estar un tiempo sola.

Hubo un tiempo en que conocí a alguien de repente, alguien que no me esperaba en mi vida y que por tanto, pudo acercarse sin problemas.

En ese tiempo, corto sin duda, comencé de nuevo a tener una relación. Estar en pareja no estaba tan  mal, me hacía sentir acompañada y segura porque es muy duro aceptar que estás sola. Es muy duro hacerse la cena y comérsela sin hablar ante el televisor, noche tras noche.

Hubo meses en que todo funcionaba de maravilla. Nos queríamos aunque no se verbalizase a menudo, nos tocábamos, algo así como un futuro común entraba en mis planes. Él era especial, tenía sus defectos pero yo podía ver lo que él sería, lo que podría llegar a ser si dejaba a un lado sus miedos y su inexperiencia en las relaciones comprometidas.

A veces discutíamos como todas las parejas por cosas tontas, por ver quien era el más fuerte de los dos. He de reconocerlo, a pesar de mi fuerte carácter yo sabía que era él quien debía ganar. Y entonces me enfadaba aún más, y la distancia se hacía grande.

Hubo un tiempo en que lo nuestro se empezó a enfriar, sólo hablábamos a gritos y empezó a repetir la frase de que todo era por mi culpa porque no le aceptaba. Yo procuraba aceptar su inmadurez, su frialdad, su cabeza siempre ocupada en cosas de fuera. Ya era así cuando nos conocimos, no sé de qué me extrañaba. No sé, una cree en que con paciencia el amor lo podrá todo.

En cierta manera yo era culpable, y merecía su desprecio aunque me jodiese aceptarlo. Empezábamos a cenar en silencio, mirando la tele noche tras noche. Y enfermé, el amor se me coló en los huesos y me taponaba la garganta. Quería gritar para desahogarme y me descubría gritándole a él, quería huir y me dolían los pies y la espalda como si cargase un fardo. Quería contárselo a él y que entendiese, que entendiese que el amor así no era, así no se jugaba.

Dios sabe la de veces que hablé en todos lo idiomas posibles e incluso en alguno inventado. La de veces que le pedí esto o lo otro, una caricia o un gesto. Él defendía su conducta, se escudaba en sus buenas intenciones porque yo ya debía saber que me quería a pesar de ser tan exigente. No tenía tiempo para más. Empecé a rogarlo. Si no me lo quería dar es porque no sabía que yo lo necesitaba. Tenía que hacerme entender. Hablé hasta enmudecer. Callé con mi familia que poco sabían de amor y menos, del nuestro.

En vez de quererme decidió enfrentarme. Me convertí en su enemiga, en el hogar en el que descansaba y desahogaba su furia.

Luego fuera, los demás alababan lo guapo que era y lo buen trabajador y volvía a casa para decirme: ¿Ves? Ellos sí que valoran lo que valgo, tú no.

A veces desaparecía durante días, otras buscaba una discusión para luego justificar su falta de cariño, sus continuas ausencias.

Hubo un tiempo en que me llamaba a diario, luego dejó de hacerlo, tampoco era tan importante.

Un tiempo en que se preocupaba por mí tanto como yo lo hacía por él. Hubo un tiempo en que le preocupaba cómo y con quien salía. Que me controlaba el móvil lo normal, que tenía unos celos positivos, cada vez lo iba haciendo con menos amor. Y era amor lo único que yo quería de él.

Quizás no iba a cambiar, sólo rogaba para que no perdiésemos aquello que había en un principio fuera lo que fuese. Yo no podía ser más guapa, ni más amable, ni más detallista. No podía darme más porque ya no me quedaba nada. Le pedí: No me falles. Y me prometió que estaría.

Hasta que volvió a desaparecer. Quería morirme, no sabía a quien recurrir. Yo, la mujer brillante a la que todos admiraban no sabía cómo lograr que alguien me quisiera.

Apareció por casualidad y por casualidad estaba ocupado con otra, una amiga, una compañera, alguien nuevo. No sé, parecía culpa mía. Me miró con odio como si yo le hubiese obligado. Y no entiendo nada.

Estoy esperando en un bar. Hemos quedado para arreglarlo o para romper. Ha salido a fumar, parecía muy nervioso, irritado, molesto. Hay algo en su gesto que me desagrada, aunque le recuerdo como un hombre dulce.

Siento miedo por nosotros. No sé qué más hacer.

Y siento miedo por mí. Ya no sé quien soy y si podré con todo.

 

 

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