Se nos rompió el amor… cuatro años de Bruckner.

CAROL.- Está decidido.

No me fuerces a repetirte las razones.

Pese a todo siempre será único.

Gracias a todo, cuando me adentre en una multitud y tropiece con tu cara, ambas nos reconoceremos. Da igual el tiempo que pase o las máscaras que nos hayamos puesto. Me mirarás fijamente y hallarás entreabierta mi memoria, aunque me asfixie la pena esa noche o nos maldigamos como dos viejos estafadores cazados en idéntico fraude.

Habrá un pedazo de mí repicando en tu saludo y una pregunta en el aire que no deberíamos responder.

He procurado hacerlo lo mejor posible pero podría haberlo hecho mejor. Aún así no pienso pedirte perdón porque he actuado de buen fe. Y fe en ti no me ha faltado un instante. No es la falta de fe las que nos ha aniquilado.

Has sido mi primer amor. No creo que ame a nadie más como te he amado aunque espero amar a muchas otras personas. Eres tan maravillosa que da miedo. Me jode saber que en cada beso que dé y en cada piel que pruebe aparecerá tu nombre como la marca del vampiro.

Se acabó.

Laura RG. “Proyecto Bruckner” 

Versión 2010.

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Las buenas chicas

¿Cómo las mujeres podemos ser benevolentes si no somos benevolentes con nosotras mismas? 

Simone de Beauvoir

Las buenas chicas (como yo) jamás tropiezan dos veces con la misma piedra, les basta estamparse una vez contra la acera para que de nuevo en pie, continúen adelante con la lección aprendida: no mires el suelo al andar.

Las buenas chicas aceptan las situaciones por adversas que las pinten, tienen capacidad para comprenderlo todo y digerirlo todo sin perder las buenas formas, bajo ningún concepto han de perder las buenas formas porque son buenas chicas, no lo olvidemos.

Las buenas chicas se reservan el derecho a réplica cuando otros dan la situación por zanjada o cuando en un alarde de gallardía espeluznante cae el silencio como un telón de acero. Toma un trago, anda. Míralas, llorando sobre el hombro de sus amigas y de sus amigos gays pero mira como beben los peces en el río, también ellas tienen derecho a pillarse una buena cogorza para sanar con alcohol sus heridas más hondas. Lo que no se puede, lo que no se debe, lo que no se hace (no, no es que esté mal visto, es sólo que no es lo habitual) es que esa buena chica un día explote y zarandee al mudo de los hermanos Marx hasta sacarle las vocales una a una, que le grite a la cara y sin educación: ¡Malditocabrónhijodeputacobardeojalátepudrasenelinfiernotúytupersonajesensiblerodetresalcuarto!

Eso no estaría nada bien. No pondríamos violentos y la violencia incomoda. Además -Cuando te pones así, no hay quien hable contigo- La violencia nos coloca en un estado de tensión innecesaria, nos genera mala onda, nos hace retroceder en el karma, evita perdonar-nos y a ti, buena chica, te hace perder puntos a ojos de las personas que te rodean, de los que estén a tu alrededor en el bar, del coche de policía que frena en medio de la calle al verte histérica perdida. Vaya cosas se te ocurren. La vida es cruel, hay que aceptar, aceptar, aceptar hacia dentro, hacia dentro. Si no existe una explicación coherente ya te la inventarás tú solita. Al pedirla de nuevo lo más probable es que llegues a sentirte una auténtica nazi. ¡Acepta!

Tenemos a las buenas chicas que un día deciden jugar con las armas de los chicos malos. Follan más, beben más, medran más, manejan más poder. Durante un tiempo considerado entre prohibido y  excitante las buenas chicas actúan como chicas malas, no malas chicas no confundamos sino no podrán regresar como las buenas chicas que son. Buena chica, lo has entendido.

Dicen que existen buenas chicas un tanto rebeldes que deciden experimentar: se rapan el pelo a cero, leen tesis feministas, practican culturismo, incluso otras se enrollan con su vecina del segundo. Algunas de esas chicas, ahora denominadas bollo buenas chicas, se vuelven incapaces de tomar café sin tener al lado a su nueva pareja bollo buena chica e incluso, de ir al baño solas.

Las buenas chicas no sólo piensan en chicos o en chicas o en qué hacer con su cuerpo cuando no están de servicio. Ahí lo más probable es que se pongan su pijama de peluche azul celeste y se dejen crecer los pelos de las piernas pensando: dios, llévame pronto mas avisa antes para que me depile porque mi madre me ha dicho que no salga a la calle con malos pelos, o con pelos, y con la ropa interior sucia por si me pasara algo.

A veces, una buena chica cualquiera, de las que se quejan, pasa por una mala temporada, una buena mala temporada de no querer salir de la cama ni aunque se te siente encima Paquirrín. Y se obligan colocándose las tripas por montera para hacer “vida social” con una amiga, o por otra o por ti aunque siga siendo un día horrible. Quieres vomitar aunque no hayas comido, y tu cabeza funciona como una lavadora centrifugando. Eres una buena chica, no es recomendable que estés dando siempre el coñazo con tus historias. Tuyas son, estás jodida, todos lo sabemos, es lo que hay. Recibes una noticia, un comentario, un mensaje, una llamada a destiempo, un cartel en el metro, un encuentro inesperado, un profesor que te complicó la vida detrás de ti en el patio de butacas, una foto que se resbala del libro a medias. Y contestas mal. No demasiado mal, feo. Así, con desagrado, con mohín rabioso. No quieres decir más. Quieres huir. Dejar atrás la sorpresa, la indignación, tu propia culpa. Te pones en pie, das dos besos leves y echas a correr calle arriba para llorarlo todo después. La liaste. Irás al infierno de los solos.

Luego te consuelas pensando que podrás llamar más tranquila y pedir disculpas sinceras, que la otra persona lo entenderá porque decía entenderte. Pero nunca más te coge el teléfono, no te contesta los mails, ni siquiera te da un me gusta! en facebook.

Es el fin de tu bondad en un mundo donde todos están muy ocupados si les va bien. Cuando no era así no era así, dejémoslo en ese punto, buena chica. Te recomiendo la terapia cognitivo conductual donde te van a enseñar en unas cuantas sesiones ejercicios prácticos para etiquetar las emociones, dejarlas suceder y encontrar el pensamiento limitante escondido debajo para poder cambiarlo por un pensamiento adaptativo. Toma ya. Cuánto te queda por delante. Ser Buena cuesta más que la fama.

No desesperes. Pide ayuda a tu terapeuta, a otra amiga, al que acabas de conocer. Puedes decirle: -Quiero ser una buena chica pero se me da fatal. Échame una mano. Ayúdame a comprenderme, pásame ese contacto de curro, ponme la autoestima en su sitio a base de abrazos- Tampoco funciona, algo no encaja, el contacto no llega, el contacto humano tampoco.

Una mañana topas en la parada del autobús con una buena chica, una auténtica buena chica de las que hablan poco y sonríen mucho. ¡Qué chica más buena! Charláis. Hace frío, el bus en Madrid tarda una eternidad… como las frases superficiales no dan calor entráis en materia. Comenta algo como un chispazo. Algo así como el último brillo de una bengala antes de apagarse. No crees lo que estás oyendo. Persigues el olor a chamusquina. Indagas. La buena chica suelta por su linda boquita un ensartado de opiniones sobre determinada situación que te dejan boquiabierta ¡Es lo que tú pensabas! y notas deshacerse el nudo de tu garganta en su boca.

Descubres la gran mentira. La red metálica contra las que las chicas se estrellan para lograr ser buenas. El hartazgo, la nausea.

¿Qué os pensabais que las buenas chicas no estamos hasta el coño del papel? ¿Qué nos gusta el “maquillaje” a todas horas? ¿Qué NO es SÍ y es porque no hemos sido lo suficientemente claras?

¿Qué la ambigüedad es un rasgo muy femenino para jugar con ventaja? ¿Qué todo vale? ¿Qué querer a alguien es escribir te quiero en ocho caracteres? ¿Qué mostrarse sensible es ser una desquiciada premenstrual y bohemia?

Hay millones de buenas chicas deseando romper, rasgar, descuartizar, gritar y pegar puñetazos. Estoy segura de que estáis ahí, escondidas, mascullando maldiciones quizás contra mí, asfixiándose cada noche con el peso del cuerpo muerto de alguien muerto en vuestra cama, muy polites, limpias, pulcras.

Siempre pulcras hasta cuando no deseáis serlo.

Nos tienen que seguir queriendo. ¿Nos tienen que seguir queriendo?

No sé. Yo sólo soy una buena chica, como vosotras.

Y siempre tropiezo con la misma piedra.

En el corazón del fuego

Un día las polillas se reunieron para discutir el extraño fenómeno llamado “fuego”. No lograban adivinar qué era aquello tan misterioso. Finalmente, después de mucho debate, una polilla salió a investigar el “fuego” personalmente. Vio la luz de una vela a lo lejos y entonces volvió al grupo y lo describió a los demás. Pero la polilla sabia, que estaba a cargo de la reunión, dijo que la descripción no era lo suficientemente clara, así que una segunda polilla fue a echar un vistazo más de cerca. Volvió con las alas chamuscadas y describió la experiencia a las polillas que esperaban. La polilla sabia dijo que aún esta descripción no era lo suficientemente clara. Finalmente, una tercera polilla decidió verlo por sí misma. Voló cerca de la vela y entonces, intrépidamente, se zambulló en el corazón de la llama. En ese instante se hizo uno con el “fuego”. La polilla sabia dijo: “ella ha aprendido lo que quería aprender, pero sólo ella lo entiende”. 

Peter Brook

En “La conferencia de los pájaros”

Mi corazón. Cien años de Platero.

“Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva siempre adonde quiero. Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta acercarme a su tronco y acariciárselo, y mirar el cielo al través de su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va, entre céspedes, a la Fuente vieja; que es para mí una fiesta ver el río desde la colina de los pinos, evocadora, con su bosquecillo alto, de parajes clásicos. Como me adormile, seguro, sobre él, mi despertar se abre siempre a uno de tales amables espectáculos.
  Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se toma fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar… Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.
Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y de los hombres…”

Juan Ramón Jiménez

Platero y yo. 1914

Mil maneras de romper contigo. La cena prenavideña.

Hoy tenemos cena prenavideña.

Uno de esos eventos asfixiantes en los que he tenido que decir que sí para que no me acuses de rancia y antisocial. Llevo tres días pensando en qué ponerme, y sé que aunque fuera con un Pedro del Hierro me destriparían igual que si mi aspecto fuese el de una gitana de mercadillo. Así que me embuto una camisa de segunda mano y la sonrisa me la pinto con un perfilador, también a mano.

No tienen maldad. Se aburren, y se aburren mucho. Las pocas chicas de la cena estarán en calidad de novia de… y una vez que hayan agotado el tema de la maternidad, boda y piso devoraran toneladas de patatas light  mientras los chicos se amontonan en el sofá bebiendo y mandándose memes. Así hasta que alguien diga: Listo, ciao. Mañana madrugamos para…. rellene por la línea de puntos. Siempre cuela.

Los anfitriones guapos, universitarios y heterosexuales -claro- viven en un ático monísimo en el barrio ése tan de moda. Un barrio estupendo para criar polluelos y para guardar en parking coche, moto y ahora, bici eléctrica. De todo tienen ellos, con un permanente discurso de:- a pesar de nuestros artefactos Bang & blablabla, del vino californiano y de la alfombra persa, entendemos, de verdad, que os volváis andando a casa en pleno diciembre de ventisca en vez de coger un taxi calentito y veloz.

Ah, y tienen un chihuahua al que le falta un ojo. Le dejó tuerto un entrenador, su propio entrenador seguro, en el certamen de jóvenes talentos y pedigrí. Sí, de talentos, como en telecinco. Parte del jurado coincide porque los criterios son los mismos.

El chihuahua tuerto ladra como el demonio. Ladra sin control, de hecho le jalean para que libere tensión, no todo los días se pasa de subcampeón municipal a perrillo faldero. Yo sé que ese perro no es tuerto, se lo hace. Le han puesto un parche con un estampado de los buhitos que se llevan ahora. Y te mira de medio lado, los chihuahuas tienen los ojos un tanto alejados entre sí, como diciendo: sé lo que piensas. Vas a dejar a ese tipo.

Y tiene razón. Acabo de decidirlo. Me veo ahí, rebosante de picoteos del mercadona y con un par de copas de vino. Me he acercado al sofá, estoy harta de hablar pespunteando las palabras para no decir nada. Los chicos cuentan historias. Me acerco y escucho. Alguna anécdota mejor no escucharla sólo resaltaré las palabras: guarrilla, estar pa darla, pillar.

Se me revuelve la cena, estoy con ese puntillo ebrio en que te molesta callarte. Y piensas: Bah, intégrate, estamos entre amigos. Demuestra que no eres tonta. Haz pedagogía con gracejo.

Opino. Oh, my goddess!. Debo haber dicho algo impactante a tenor del silencio. Hasta el perro ha dejado de ladrar. Y tú dices: Tía, ya te estás poniendo feminista. Y me echas un cable con una broma aún más irritante.

Noto la presión de tu mano en la mía. No sé si para darme afecto o para cortarme la circulación. El contacto me devuelve a la realidad. Ahora, éste es el momento. Me pondré de pie, me colgaré el bolso del hombro y saldré por la puerta con la cabeza bien alta ante la sorpresa general. Ahí, desprevenidos. Cogeré un taxi de vuelta.

Me pongo de pie e intento zafarme de tu mano. Aprietas con fuerza, forcejeo para soltarme :- Déjame, mi amor, tengo pipí. Pierdo el equilibrio y doy un traspiés. La puntera de mi zapato del Zara perfora el único ojo sano del perro de Éboli, el perro recupera la habilidad del ladrido con renovada energía. En la luna la bandera de EEUU ondea hasta lo perceptible gracias a la potencia de su voz perruna.  Empiezo a tambalearme, y la alfombra persa me parece un buen lugar para un derrumbe digno si no fuese porque todos, todos, están encima del chihuahua y no queda un milímetro de alfombra libre.

Mierda, mierda de perro de nuevo.

Mil maneras de romper contigo. La primera vez.

Estoy preparada. Decidida a dejarte de una vez. Te has portado como un verdadero cretino y me has hecho sentir una mierda, mierda de perro de barrio obrero para ser más exactos. De perro grande y negro. Veo un perrazo oscuro dejando su firma a la entrada de mi casa y siempre la piso cuando quedamos. Toma suerte.

Se supone que las parejas te hacen caminar sobre las nubes, y no sobre mierdas de perro callejero. Los novios te cuidan y saben que eres es algo más que el espacio calentito donde pasar las horas muertas que no sean actividades obligatorias, o que te interesan más o que te convienen más a ti.

Así que voy a ello. Hoy será el gran día, el día en que te parta la cara, en principio sólo con las palabras.

Desayuno fuerte, tengo que acumular energía. Si todo sale como espero, la culpa no me permitirá comer demasiado. No toca atizarse un cocido madrileño después de romper con tu pareja. Aunque la ocasión incluso merezca una mariscada.

Abro el armario y escojo el vestuario apropiado. Algo sexy y cómodo. Sexy para que cuando me veas llegar se te quede la boca entreabierta (como la cara de algunos reyes españoles) y cómodo, por si me toca salir corriendo, nunca se sabe lo que puede suceder en una ruptura. Por suerte, hoy no tengo que combinar la ropa interior, ni depilarme las ingles así no habrá tentaciones posibles.

Un poco de maquillaje, rimmel waterproof  (se avecinan lágrimas) y un ligero toque de rubor en las mejillas. Meses roja de la rabia y justo hoy, parezco la gemela de Morticia Adams, pero estoy decidida y no hay nada que Madame Astor no oculte, excepto el desengaño.

Hemos quedado en el bar de siempre, un bar en el que el promedio de edad es equivalente a la tasa de alcohol en sus venas, y el más joven tiene cincuenta y cinco. Sólo son las nueve de la mañana. Llegarás tarde, para variar, porque algún meteorito habrá cruzado por delante de tu ventana, cegándote temporalmente e impidiendo que puedas moverte a ritmo humano. Esos, mínimo, veinte minutos extra me permiten repasar el guión de lo que tengo que decirte. Me he escrito en una planilla todo lo imprescindible. No vaya a ser que cuando ya no estemos juntos y te haya llorado todo lo llorable, me encuentre masticando palabras envenenadas.

Odio cómo vestías, más cerca de los uniformes escolares que de los que los treinta pasaditos de largo y tu manía de hurgarte la nariz cuando crees que nadie te ve (y todos lo hacen) Pienso romper esa taza de cerámica que me regalaste en navidades con un osito sonriente. ¡Un osito sonriente como si tuviera cinco años! Sé lo tuyo con aquella compañera, y tu adicción obesa a comer risquettos cuando estás triste.

Y aquí llegas. Tachán. En lo que nos saludamos pides un café con leche y par de tostadas enormes, a ti no te quitan el hambre ni los documentales históricos de la dos. Me cuentas no sé qué de tu madre, y no se qué de lo que te ha dicho la panadera. Ajá. Ajá. Ajá. Ahora soy yo la que abre la boca como Carlos II de Augsburgo.

Es cierto, hueles estupendamente. Te has perfumado para el encuentro y es un golpe bajo. Pero no puedo flaquear. Recuerda, mierda de perrazo. No caquita de can, ni excrementos de mascota.

Y cuando está a punto de preguntarme por fin, llevas veinte minutos hablando y comiendo a la vez: ¿Y tú qué tal? te lo suelto. Así de golpe, sin anestesia. Como no te lo esperabas de manera tan abrupta, un trozo de pan tostado con tomate sale disparado de tu boca e impacta directamente contra mi escote, ése del vestuario sexy. Desde luego que te has quedado con la boca abierta y jadeante, casi te vas al otro barrio entre los vecinos de este barrio. Con mi pecho chorreando aceite de oliva, a lo gladiadora moderna, me animo a soltarte todo lo que tengo escrito. Pero has empezado a toser sin medida, anulando mis réplicas, convirtiéndote en el centro de atención. Vaya un día has elegido para asfixiarte. Cuando por fin vuelves en ti, y me pides que repita la frase es tal tu aspecto desvalido, tus comisuras temblando y tus ojos aún llorosos que una parte de mi cuerpo empieza a gemir como un cachorrito negro. Y te doy un achuchón como si hubiera sido una broma de mal gusto, y te pido disculpas mientras bajo la mesa, arrugo el guión.

Huele fatal. Todo esto me huele fatal. Algún día lo conseguiré. Seguro que sí.

Las corrientes subterráneas

De niña, yo quería ser invisible. No como los superhéroes, simplemente no visible para los demás.

Entraba y salía de las aulas convencida de que nadie me había visto. Por apellido siempre me sentaban detrás y por suerte, no fui alta. Era la típica niña morena, ni guapa ni fea, con cara de buenecita y poco proclive a intervenir en asuntos colectivos. Quería pasar desapercibida como fuese, que me saltasen de la lista, que no saliera en la foto. Había aprendido a caminar silenciosa como los gatos, a jugar en los rincones con objetos mudos, los libros.

Jamás supe jugar a la goma, y creo que salté a la comba media docena de veces, tal era mi desagrado a tropezar y quedar en evidencia, a resaltar en algo. A veces mis buenas notas obligaban a las profesoras a ponerle cara a ese nombre, y entonces, sólo entonces, bajo la pupila de compañeras y de la admirada maestra de turno enrojecía antes de desear con todas mis fuerzas palidecer y volverme transparente.

En casa salía huyendo como los ratones de la luz. Mi padre me empujaba a la palestra, obcecado en que debía de dar ejemplo a unos hermanos presos en aquella infancia. Y yo me resistía, me volvía de carne roja y azul cuando sólo quería no tener color.

La niña se fue haciendo una mujer de rostro maquillado. Durante su niñez había aprendido que a cara descubierta duelen más las bofetadas.

A los dieciséis quiso ser vista, y a los veinte, a los veinticuatro, a los treinta y uno. Anheló igual que los otros, disponer de un nombre para que alguien pudiera deletrearlo. Pobre, con la de mondaduras que acumulaba en la alacena. Ella no tenía corazón, tenía un llanto.

Se había esforzado tantísimo en hacerse transparente que después no lograba que nadie la mirase. Se preguntaba una y otra vez, cómo se podía invertir el hechizo.  Anduvo buscándose un tiempo en el tacto ajeno. Manos arriba y abajo, visitas inesperadas, índices que pellizcaban sus contornos. Y cuando esas manos salían volando, como vuelan los cuervos ahítos de carne, volvía a quedarse en los huesos.

Sobre la cuerda floja de un nuevo día, camino en cueros, Mi gesto es de payasa vieja. El hilo pende de mí.

Esa cuerda no floja, sino tensa como la yugular de un ahorcado, cruza la ciudad dormida, las pantallas planas y la ruta fiel de los gatos. Me balanceo y estiro sobre los perfiles de un Madrid que yo misma he ido trazando. No hay esquina en la ciudad en donde no haya escondido algo. Y mi sombra aún refleja. Pero sin otra mirada no hay objeto, sin un verbo que te nombre nada existe. Me tienta caer. No se puede ser y no ser transparente.

Suena debajo de mí un rumor de aguas ocultas. Torrentes que rugen y se atrapan, choques de palabras agitadas.

Madrid no deslumbra por su río, no rezuman humedad sus arboledas. ¿Será que estoy hinchada de recuerdos? ¿Será que he de lloverme?

El sonido aumenta y me acompaña, marca el ritmo de los pasos que equivoco, suspendo mi vaivén para escucharlo. No sé si entiendo lo que dicen. Mejor no escucho. Y entonces, habla el agua a borbotones; por hablar.

Dice: Te vemos. Somos tu reverso en el mirar, no ves porque no miras bien. Asómate.

Y yo me atrevo, mitad Narciso mitad Dorian Gray, y me descubro reflejada. Me asombra la textura acuosa de mi nombre y esa cara asumida como propia que, casi sonríe y el cuerpo navegando en un abrazo.

Cuántas miradas nos surcan, cuántas corrientes confluyen en nosotros para seguir río abajo.

Lentamente abro el portátil, necesito deciros: Gracias.

Queridos amigos míos, gracias por verme.