Las corrientes subterráneas

De niña, yo quería ser invisible. No como los superhéroes, simplemente no visible para los demás.

Entraba y salía de las aulas convencida de que nadie me había visto. Por apellido siempre me sentaban detrás y por suerte, no fui alta. Era la típica niña morena, ni guapa ni fea, con cara de buenecita y poco proclive a intervenir en asuntos colectivos. Quería pasar desapercibida como fuese, que me saltasen de la lista, que no saliera en la foto. Había aprendido a caminar silenciosa como los gatos, a jugar en los rincones con objetos mudos, los libros.

Jamás supe jugar a la goma, y creo que salté a la comba media docena de veces, tal era mi desagrado a tropezar y quedar en evidencia, a resaltar en algo. A veces mis buenas notas obligaban a las profesoras a ponerle cara a ese nombre, y entonces, sólo entonces, bajo la pupila de compañeras y de la admirada maestra de turno enrojecía antes de desear con todas mis fuerzas palidecer y volverme transparente.

En casa salía huyendo como los ratones de la luz. Mi padre me empujaba a la palestra, obcecado en que debía de dar ejemplo a unos hermanos presos en aquella infancia. Y yo me resistía, me volvía de carne roja y azul cuando sólo quería no tener color.

La niña se fue haciendo una mujer de rostro maquillado. Durante su niñez había aprendido que a cara descubierta duelen más las bofetadas.

A los dieciséis quiso ser vista, y a los veinte, a los veinticuatro, a los treinta y uno. Anheló igual que los otros, disponer de un nombre para que alguien pudiera deletrearlo. Pobre, con la de mondaduras que acumulaba en la alacena. Ella no tenía corazón, tenía un llanto.

Se había esforzado tantísimo en hacerse transparente que después no lograba que nadie la mirase. Se preguntaba una y otra vez, cómo se podía invertir el hechizo.  Anduvo buscándose un tiempo en el tacto ajeno. Manos arriba y abajo, visitas inesperadas, índices que pellizcaban sus contornos. Y cuando esas manos salían volando, como vuelan los cuervos ahítos de carne, volvía a quedarse en los huesos.

Sobre la cuerda floja de un nuevo día, camino en cueros, Mi gesto es de payasa vieja. El hilo pende de mí.

Esa cuerda no floja, sino tensa como la yugular de un ahorcado, cruza la ciudad dormida, las pantallas planas y la ruta fiel de los gatos. Me balanceo y estiro sobre los perfiles de un Madrid que yo misma he ido trazando. No hay esquina en la ciudad en donde no haya escondido algo. Y mi sombra aún refleja. Pero sin otra mirada no hay objeto, sin un verbo que te nombre nada existe. Me tienta caer. No se puede ser y no ser transparente.

Suena debajo de mí un rumor de aguas ocultas. Torrentes que rugen y se atrapan, choques de palabras agitadas.

Madrid no deslumbra por su río, no rezuman humedad sus arboledas. ¿Será que estoy hinchada de recuerdos? ¿Será que he de lloverme?

El sonido aumenta y me acompaña, marca el ritmo de los pasos que equivoco, suspendo mi vaivén para escucharlo. No sé si entiendo lo que dicen. Mejor no escucho. Y entonces, habla el agua a borbotones; por hablar.

Dice: Te vemos. Somos tu reverso en el mirar, no ves porque no miras bien. Asómate.

Y yo me atrevo, mitad Narciso mitad Dorian Gray, y me descubro reflejada. Me asombra la textura acuosa de mi nombre y esa cara asumida como propia que, casi sonríe y el cuerpo navegando en un abrazo.

Cuántas miradas nos surcan, cuántas corrientes confluyen en nosotros para seguir río abajo.

Lentamente abro el portátil, necesito deciros: Gracias.

Queridos amigos míos, gracias por verme.

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