Mil maneras de romper contigo. La primera vez.

Estoy preparada. Decidida a dejarte de una vez. Te has portado como un verdadero cretino y me has hecho sentir una mierda, mierda de perro de barrio obrero para ser más exactos. De perro grande y negro. Veo un perrazo oscuro dejando su firma a la entrada de mi casa y siempre la piso cuando quedamos. Toma suerte.

Se supone que las parejas te hacen caminar sobre las nubes, y no sobre mierdas de perro callejero. Los novios te cuidan y saben que eres es algo más que el espacio calentito donde pasar las horas muertas que no sean actividades obligatorias, o que te interesan más o que te convienen más a ti.

Así que voy a ello. Hoy será el gran día, el día en que te parta la cara, en principio sólo con las palabras.

Desayuno fuerte, tengo que acumular energía. Si todo sale como espero, la culpa no me permitirá comer demasiado. No toca atizarse un cocido madrileño después de romper con tu pareja. Aunque la ocasión incluso merezca una mariscada.

Abro el armario y escojo el vestuario apropiado. Algo sexy y cómodo. Sexy para que cuando me veas llegar se te quede la boca entreabierta (como la cara de algunos reyes españoles) y cómodo, por si me toca salir corriendo, nunca se sabe lo que puede suceder en una ruptura. Por suerte, hoy no tengo que combinar la ropa interior, ni depilarme las ingles así no habrá tentaciones posibles.

Un poco de maquillaje, rimmel waterproof  (se avecinan lágrimas) y un ligero toque de rubor en las mejillas. Meses roja de la rabia y justo hoy, parezco la gemela de Morticia Adams, pero estoy decidida y no hay nada que Madame Astor no oculte, excepto el desengaño.

Hemos quedado en el bar de siempre, un bar en el que el promedio de edad es equivalente a la tasa de alcohol en sus venas, y el más joven tiene cincuenta y cinco. Sólo son las nueve de la mañana. Llegarás tarde, para variar, porque algún meteorito habrá cruzado por delante de tu ventana, cegándote temporalmente e impidiendo que puedas moverte a ritmo humano. Esos, mínimo, veinte minutos extra me permiten repasar el guión de lo que tengo que decirte. Me he escrito en una planilla todo lo imprescindible. No vaya a ser que cuando ya no estemos juntos y te haya llorado todo lo llorable, me encuentre masticando palabras envenenadas.

Odio cómo vestías, más cerca de los uniformes escolares que de los que los treinta pasaditos de largo y tu manía de hurgarte la nariz cuando crees que nadie te ve (y todos lo hacen) Pienso romper esa taza de cerámica que me regalaste en navidades con un osito sonriente. ¡Un osito sonriente como si tuviera cinco años! Sé lo tuyo con aquella compañera, y tu adicción obesa a comer risquettos cuando estás triste.

Y aquí llegas. Tachán. En lo que nos saludamos pides un café con leche y par de tostadas enormes, a ti no te quitan el hambre ni los documentales históricos de la dos. Me cuentas no sé qué de tu madre, y no se qué de lo que te ha dicho la panadera. Ajá. Ajá. Ajá. Ahora soy yo la que abre la boca como Carlos II de Augsburgo.

Es cierto, hueles estupendamente. Te has perfumado para el encuentro y es un golpe bajo. Pero no puedo flaquear. Recuerda, mierda de perrazo. No caquita de can, ni excrementos de mascota.

Y cuando está a punto de preguntarme por fin, llevas veinte minutos hablando y comiendo a la vez: ¿Y tú qué tal? te lo suelto. Así de golpe, sin anestesia. Como no te lo esperabas de manera tan abrupta, un trozo de pan tostado con tomate sale disparado de tu boca e impacta directamente contra mi escote, ése del vestuario sexy. Desde luego que te has quedado con la boca abierta y jadeante, casi te vas al otro barrio entre los vecinos de este barrio. Con mi pecho chorreando aceite de oliva, a lo gladiadora moderna, me animo a soltarte todo lo que tengo escrito. Pero has empezado a toser sin medida, anulando mis réplicas, convirtiéndote en el centro de atención. Vaya un día has elegido para asfixiarte. Cuando por fin vuelves en ti, y me pides que repita la frase es tal tu aspecto desvalido, tus comisuras temblando y tus ojos aún llorosos que una parte de mi cuerpo empieza a gemir como un cachorrito negro. Y te doy un achuchón como si hubiera sido una broma de mal gusto, y te pido disculpas mientras bajo la mesa, arrugo el guión.

Huele fatal. Todo esto me huele fatal. Algún día lo conseguiré. Seguro que sí.

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