Reyes

-Esta noche tienes que acostarte pronto que vienen los Reyes- me repetía mi madre, año tras año para que abandonase la inquietud que me tenía en ascuas y me fuese a la cama de una vez.

Colocábamos antes, mis hermanos y yo los zapatos y el vaso de leche, los deseos a los pies de nuestra cama.

Yo solía pedir cosas inverosímiles porque había asumido que no me iban a traer lo que de verdad deseaba. A veces los niños llevamos adelante nuestros propios y erróneos aprendizajes que tanto nos cuesta luego, corregir. Así, cuando empecé a pedir un diccionario, o una estilográfica o cualquier objeto poco apropiado para una niña, los Reyes benévolos optaron por traérmelo. No antes, ni con otros regalos.

Aprendí a pedir lo que se esperaba que pidiese un personaje que tampoco era yo, o no totalmente.

Pedir algo pero estar pidiendo otra cosa se convirtió en un endemoniado juego de espejos donde la imagen original se había quedado atrás, enganchada en algún recoveco. Aún cultivo ese juego.

Hoy de nuevo es noche de Reyes. Y dudo mucho que me vaya a acostar tarde. Sola quizá sí porque hay que aguardar la magia con el cuerpo entero.

Todavía no he escrito mi carta. Carta que escribo cada año para plasmar mis deseos. Y me pregunto qué quiero o si pediré lo que se espera que desee.

Este año, Reyes es diferente. Después de mucho tiempo voy a escribir una carta en singular. Una mía. Una en la que no haya apartados de a dos, ni duplicados por ternura. Una carta que no tenga que intercambiar con nadie para que la extravíe como si fuese absurda publicidad del supermercado. He extraviado yo mis ganas de creer en nadie, ni en nada.

Pintaré mis labios de rojo y con ellos sellaré mi carta.

Y me reiré de ti y de mí, del vino tinto y el teatro, me voy a reír de los tópicos y las ojeras, de una Navidad que por fin termina, de los “hablamos” y las angustias, de la música que suena siempre y del mar con el que he soñado todo el día. Me reiré para espantar el espanto y a los camellos, para odiar mejor y aprender a querer el reflejo de un cristal.

Lo mismo los Reyes me traen carbón dulce.

Tendré que hacer méritos.

Seamos pues, nuestros propios Reyes.

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