¿Quieres leer algo mío?

http://youtu.be/JzZ-Mgi1My4

Todos quieren saber. Dicen querer saber. Saber cómo escribimos, qué escribimos.

Todos quieren leernos como se leen las líneas de la mano en los puestos del mercado medieval. Defienden nuestra valía, afirman nuestro talento sin leernos siquiera.

Leer no es leer.

Leer es escuchar con el alma.

Todos quieren leernos bajo la lluvia, en el invierno sin radiador, en la playa frente al mar, bajo la luz que atraviesa una copa de tinto.

Detienen su mirada en nuestros labios, labios asustados y presurosos cuando hablamos de lo creado. Labios temblorosos ante el misterio íntimo que se nos derramó de las manos. La sangre también se derrama, gotea lentamente de la muñeca al suelo formando un pequeño charquito a nuestros pies y nos humedece la atención en el instante justo en el que te aproximas para romper el hielo. El hielo flota sobre el líquido rojo y caliente, se funde en su superficie donde se une a las palabras que se desprendieron en caida libre.

Y nos sentimos pequeñas, diminutas, como niñas cazadas de puntillas en la alacena, como hadas desnudas a punto del sacrilegio.

Quisimos alimentar algo que fuera grandioso y nació una sola fresa en el jardín. Un único fruto rojo y brillante, maduro tal y como maduran las lágrimas al reconocer lo antiguo. Una pieza única tejida con palabras.

De ella hablamos a los que nos quieren leer.

Y la sujetan entre manazas repletas de pecados aún no cometidos. Arrancan la fruta solitaria con dos dedos largos, muy largos y le dan vueltas bajo la bombilla. Hablan y hablan del fruto prohibido, del deseo por degustarlo, decadente, deslizante por la garganta, buscador de cuerpos que ocupar.

No muerden la fruta, nunca la muerden hasta el tuétano.

Todos decís querer leernos cuando sólo queréis follarnos.

Y follar no es poseer, apenas es caricia.

Fóllame, no importa.

Importa aunque no lo diga, no vayas a creerte que importa.

Y todo serán cuentas que no salen, ecuaciones mal resueltas, absurdas palabras mezcladas en el cubilete Dadá de la vida.

Fóllame, no leas. No leas nada, no entiendas.

Entender quién está al otro lado.

No son palabras, sino los silencios entre ellas.

Y esto un divertimento. Y tú, quizás un divertimento. Y los errores una llave, y las pantallas un muro, y las que escribimos gilipollas.

Jamás nos leen.

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