Escribir o volar

Volar: dícese del acto de moverse por el aire usando alas o un medio artificial.

Escribir: representar ideas, palabras, números o notas musicales mediante letras u otros signos gráficos. 

Escribo. Trazo letras alargadas y oblongas sobre superficies en carne viva. Papel, carne, papel, carne. Carne de mi carne es el papel donde yo escribo.

Vuelo. Extiendo los brazos, recorro un pequeño tramo y con un leve impulso arrancado de la tierra,  me alzo sobre los tejados de las grandes ciudades y de las pequeñas con mar.

Escribo, luego vuelo sin moverme del asiento.

Me lo pregunto, yo misma me lo pregunto por qué escribo, por qué demonios los enfrento buscando la palabra, única palabra de entre todas las demás, princesa nacida del verbo continente de vida, capaz de crear como Victor F a su monstruo. Me lo pregunto día y noche, mientras subo al autobús, cuando hago cuentas a fin de mes, si beso o muerdo, si caigo porque siempre caigo, en la cuenta y en la cuneta de la frase.

No sé qué decir.

Si fuera uno de mis personajes hablaría. Ellos existen al otro lado. Mascullan, ríen, saltan y engañan. Duermen por las noches, no tienen más miedo que los míos y por ellos, los escondo bajo la almohada antes de apagar la luz.

¡Alto! Me estoy deslizando peligrosamente hacia la poesía y de la poesía a la melancolía y de un revés a la apatía para caer por la Í a la A, allá donde los fracasos se arremolinan furiosos y te ahogan, donde rugen las imágenes.  Debo iniciar el vuelo.

Desde lo más alto de la tilde tomo aire:- Las escritoras no vuelan, las escritoras no vuelan- aunque mira, en cada flanco me ha crecido un ala cubierta de espeso plumón. -Escribo, soy torpe, descoordinada, estoy vieja, soy fea, soy invisible-  sube el rumor desde el agua hasta mis oídos.

Empiezo a agitar los brazos, arriba y abajo, levantando polvo y suspiros, arreciando.

Y me veo desde fuera como un personaje más de los que pueblan mis textos. Me observo sudando, repitiendo el mismo gesto una y otra vez con la absoluta y única verdad que atesoramos, nuestro propio cuerpo.

Allá en lo alto, sobre mi cabeza apenas erguida, un sol como nunca se vió antes, una inmensa esfera ardiente aguarda mi ingreso en su cielo.

¡Estoy volando! Allá vamos, mis alas y yo, mi cuerpo, yo que soy yo misma, hacia el corazón del fuego como Ícaro.

De nuevo la Í.

Como el FénIx.

Las ausencias presentes. Las presencias ausentes.

Ahí se abre la vida, tras la ventana.

Las flores de mi escritorio mueren negras, renacen blancas.

Arrancarle unas palabras al deseo. Palabras blancas, deseo negro.

Tu boca.

Tu boca sorda.

Beber vino amargo en boca cerrada donde no entran moscas ni salen besos.

Querer beber querencia y ausencia.

Tener sólo distancia y a la vez, estar tan cerca.

Estalla la lluvia y se derrama sobre el parque. Ahueca sus gritos comunes; un único columpio se sigue moviendo. Persiste porque yo lo miro. Veo luego es. Es luego soy.

Miro tu mano sobre la mía. Hermosas fueron una. Se están borrando.

Tu mano aún es como su mano fue.

Rescato una imagen, otra imagen, un collage de nombres armados contra el olvido. Recorto paciente, perfiles blancos sobre pantalla negra. No encajo. Estoy fuera de plano.

– Por fin me tocas- dice él.

-Ya no me tocas- decía él.

Y los extremos se tocan sin alcanzarme a mí.

Tocadme con tacto del agua, caladme el corazón sin miedo al enfriamiento.

Juntad en una misma frase: lluvia, ahora, eres, voy.

El columpio se ha detenido. La memoria sigue oscilando.

Mi boca.

Mi boca llanto.

Decidme, qué hago.

¿Poner la boca en el fuego?