Manual breve y definitivo sobre la felicidad.

¿Para ser feliz? Yo no tengo técnica alguna.

– Pero eres feliz.

– Sólo decírtelo me aleja de la felicidad como cuando te tapas los ojos con la mano porque el sol te deslumbra.

– Quiero ser feliz como tú.

– Y yo que dejes de repetirme que lo soy. 

– Se te ve. Te conozco desde siempre y nunca te había visto feliz.

– He sido feliz otras veces, a lo mejor no te habías dado cuenta.

– No de esta manera.

– Eres tú quien lo ve en mí.

– Te envidio. Quiero tu felicidad.

– No te serviría para nada, es mía.

– Envidio lo que acabas de decir, cómo lo sueltas con total tranquilidad y hasta cómo te cuestionas: ¿Feliz yo? A mí no se me ocurre ni preguntármelo, no lo soy.

–  A lo mejor es que no valoras lo que tienes.

– ¿Y qué tengo?

– Claro que si ni siquiera lo ves, el camino es mucho más largo.

– Oye, ¿no crees que suena un poco a libro de autoayuda? Si me recomiendas ahora la terapia sistémica o que tome rábano negro empezaré a creer que fumaste demasiada marihuana de chaval.

– Pues nunca viene mal fumar un poco, constelar o tomar vegetales.

– Tomar vegetales no nos vendría mal a ninguno de los dos. 

– Comer algo, quieres decir, aunque se nos va a quedar un tipín envidiable.

-Qué asco das.

– ¿Por? ¿Tan mal huelo? Tú tampoco estás hecho un primor..

– Porque le ves el lado positivo a todo. Puta felicidad, quién la tuviera.

– Y tú pareces el otro, el payaso gruñón, un personaje de Beckett. Un tipo abocado a la tristeza esperando que los demás le den una palmada en la espalda y le digan: Vamos, tío, si no estás tan mal…

– ¡Estoy mal!

– ¡Estamos los dos mal!

– Tú eres feliz, no me jodas.

– ¿Por qué no me paso el día quejándome?

– No me quejo, constato la realidad.

– Toda la vida lo mismo. ¿Y qué necesidad tienes de ser feliz? estamos aquí, juntos

– No te soporto cuando te pones feliz. Dime cómo lo haces y no volveré a sacar el tema.

– Creo que he dejado de esperar.

– ¿Esperar el qué? 

– Cualquier cosa.

– ¿Cómo qué? 

– Que vengan a buscarnos, por ejemplo.

– Más nos vale que vengan.

– O no, en la vida todo son decisiones binarias. Puede que sí, puede que no. Las dos respuestas son igual de válidas, sólo que no las pienso porque no puedo hacer nada para que la balanza caiga de uno u otro lado. Durante un tiempo me proyecté en el Sí, quería que nos buscasen, que nos encontraran respirando débil aunque con suficiente pulso y volver a lo de antes. Luego, opté por el No porque descansar un tiempo largo no nos vendría mal después de tanto ajetreo. Y así entre el SÍ y el NO llegó un “Y QUÉ”, y mira, empezaste a darme la tabarra con la felicidad. 

– Te has rendido.

– Si tú lo dices…

– ¡Y sonríes tan tranquilo!

– Es la cara que se me ha puesto.

– De felicidad constante.

– Nos estamos quedando sin carne. También las alimañas del bosque tienen derecho a comer. Si te mirases a un espejo, descubrirías tu gesto igual que el mío. 

– Ojalá nos echasen un poco de tierra por encima.

– ¿Para qué? Nos perderíamos estar al aire libre. Fíjate que cielo más despejado hay esta noche.

– El que no se consuela es porque no quiere, desde luego.

– No, es que sólo tenemos esto, un manto de estrellas sobre nosotros para contarlas todas.

– Vamos a tardar una eternidad.

– Tranquilo, compañero, creo que tenemos algo de tiempo.  

– Dime cómo lo haces.

– Tú cuenta y calla.

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