ILUSA

“Fui a los bosques porque quería sobre-vivir”

Llámame tonta. 

Anda, llámamelo. Así, bajito, al oído, haz que parezca un halago.

Dime: Tonta. 

“Estúpida” también me vale si hemos brindado antes, y siempre suelo brindar.

Dímelo, para evitar que yo me lo repita. Desde fuera será fácil que me rebele, que niegue su posible verdad. 

No lloraré, en algunas cosas soy fuerte. Las otras me las reservo hasta el segundo brindis.

Quiero que me insultes tú para que pueda odiarte un poco. Se me pasará enseguida, perdono nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden. Y el perdón se me da mejor que aceptar, hasta que se convierta en cáncer y me mate a los cincuenta. 

Disculpa mi amargura de hoy. Toda luz alberga su sombra.

Llámame imbécil, idiota, gilipollas. Prometo aguantar el tipo. 

¿Sabes por qué me lo merezco?

Por creer. 

Así de simple, sin heroísmo ninguno.

36 años y creyendo todavía.

¿En qué? 

En la equidad. 

En la generosidad.

En el esfuerzo recompensado.

En el sentido común.

En el valor.

En la bondad.

Y en el amor.

Perdóname por creer aún que el amor mueve a acción. 

¿Dónde se ha visto semejante inconsciencia?

En mí.

A lo mejor es porque no me creo bien y mis palabras me desdibujan una y otra vez como un boceto a carboncillo.

O porque hoy, pisando este camino siento ganas de darme la vuelta y de huir.

Tengo ganas de abandonar.

No es adolescente, no es formal.

Huir hacia los bosques de Thoreau para no sentir la nausea de Sartre.

Bajo las manchas de luz soy más yo y menos vosotros. Allí muestro mi piel sin miedo a que me la arranquen.

Pero sigo aquí, un instante más.

Creyendo.

Por favor, dime ilusa.

De todos los insultos, es sin duda, el que más me duele.

ILUSA 

Vamos, me lo merezco.