Lunática

La vida nos pasa por encima como un camión terrorista. 

Lo descubro en las arrugas de la gente del barrio, esa gente de toda la vida,  igual que lo verán en mí aunque aún caiga del lado de los jóvenes. 

La gente de mi edad empieza a morirse. Se quiebran por dentro como un vaso; la vida les estalla. 

Vivir duele. Seguir viva duele a través de las grietas. Quien no se rompe, se fragmenta.

Se parte en dos, en tres, se hace trizas y con sus pedazos tira para adelante. 

Hay días en que desde la cama, me pregunto para qué demonios sigo peleando, esforzándome, haciendo torniquetes improvisados a mis heridas, pegando mis trozos.

Luego, me drogo con café y vitaminas y adormezco mis tristezas para continuar. 

La tristeza es una emoción que nos habla de lo que hemos perdido.  

Lo que pierdes es la misma vida: cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…

La única realidad es que nos estamos muriendo. Todos y todas.

Uso las dos palabras: todas y todos, a la mierda la economía verbal. Soy una moribunda, y cada palabra escrita será mi único testimonio y a la vez, no importará nada.

Mirad  la luna llena, la primera luna llena del 2017. Es grande, intensa, terrible.

Llamadme lunática, pero mientras observaba la luna por la calle, a mi alrededor miraban sus pantallas.

Algo estamos haciendo mal. 

Mueres sobre  una pantalla.

Emite más luz que la luna, es cierto. De hecho, puedes ver la luna, una luna mejor, mil lunas mejores en ella. 

Te pierdes ese algo, no sé el qué, lo que sólo provoca el alzar la cabeza hacia el cielo, como hicieron tus abuelos, y los abuelos de tus abuelos, por si la luna les evitaba morir. 

Se murieron,  pero con la cabeza bien alta.

Nosotros nos morimos hacia dentro. Pozos con el fondo atestado de cristales rotos. 

Esperando que salga alguien de esa pantalla, como el genio de la lámpara. 

Y la luna brilla que brilla. 

Y tú venga a esperar un milagro.

Tú venga a esperar que él o ella se dé cuenta, él o ella te descubra agazapada en las sombras, agonizando.

No se va a dar cuenta, no va a descubrirte si no lo hizo ya. No va a apiadarse de tu muerte, bastante tiene con la suya. 

La luna va a seguir ahí, hasta que nos la carguemos de un pantallazo.

Tú también te cargas al otro bloqueando, silenciando sus mensajes, ignorando que ha visto la luz de  la luna reflejada en ti. 

Es más fácil mirar hacia abajo que hacia arriba. Más fácil todavía que hacia el frente donde te sitúas tú, y me miras (un segundo, entre pitido y pitido) cuando piensas: ¿la tengo agregada?

Qué fácil todo, y qué difícil vivir.

Besar con los ojos cerrados.

Brindar mirando a los ojos.

Follar con los ojos abiertos.

Seguir pidiendo deseos a la luna.

Milagros no, milagros para los santos.

Esta noche pido que la luna siga ahí, hasta que envejezca y me muera del todo. 

Soy una lunática, os lo dije. 

 

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