Dime que soy buena (escritora y mujer)

“- Qué no se te vaya a subir a la cabeza-” Me dice él tras un halago.

-No, tranquilo, yo soy más bien de torturarme- respondo de inmediato, y a punto estoy de añadir: – A mí lo único que se me sube a la cabeza es el vino- en uno de mis arranques de agilidad sarcástica y que tan bien me vienen para protegerme. Me lo callo porque el halago ha hecho su efecto y una parte de mí se encoge como una oruga tocada con un palito. Intento cambiar de tema pero la frase se ha quedado flotando en el aire y el humo de las palabras me ha nublado el discurso.

Apuro la copa de vino y retomo la conversación que ahora escucho como ajena. Me observo desenvolverme en sociedad con una alegría inesperada, fruto de la alabanza hacia mi trabajo de alguien a quien admiro. Veo a una niña, vestida con un traje almidonado, apartarse el pelo de los ojos y pedir otro vino con voz trémula. Veo cómo se avergüenza.

Luego se va a casa, se pone el pijama de ositos, estruja a su gato y se mete en la cama.

Por un instante, se le ha subido a la cabeza y ha sentido culpa. Y ha querido ser castigada por sentirse bien.

Y no, no es que esa niña sea masoquista.

Y no, no es una niña. Es una mujer adulta de casi cuarenta años.

Colorada, ruborizada, avergonzada, corrida por la excelencia de su trabajo.

Esa mujer es excelente porque trabaja duro, porque lee cuanto cae en sus manos, porque sabe escuchar, porque se equivoca y aprende y porque es honesta, terriblemente honesta en lo que hace y en cómo lo vive.

No, no es “una chica excelente” sino una profesional.

Pero para ser excelente y mujer debes ser humilde, HUMILDE en mayúsculas, y esperar a que te otorguen el reconocimiento, que no es igual de válido si procede de una igual que de un igual o de un superior. Entonces, lo llamaremos admiración o respeto.

Sé humilde y que no se te suba a la cabeza.

Recuerdo haber sacado una matrícula de honor tras otra y pensar: en geografía tengo un ocho.

Recuerdo haber ganado un diminuto premio de poesía, y  que aquel novio me dijese:- no está mal, ¿te lees lo que he escrito?-

Y así una vez tras otra, de lo personal a lo político, tomando ibuprofenos para el orgullo.

Mordiéndome la boca por dentro para no sonreír.

Como una monja, como Sor Juana Inés de la Cruz renegando de su obra, como Emily Dickinson detrás del visillo, como las Brontë sirviendo el té con los dedos manchados de tinta, como Gloria Fuertes acunando un muñeco.

Permitiendo que sigan diciendo de mí que estoy emergiendo.

Sí, estoy emergiendo, de tanta mierda.

¿Qué sucedería si se me subiera a la cabeza?

¿Dejaría de querer a mi gente?

¿Dejaría de escribir bien?

¿Dejaría de meter los pies en los charcos?

NO

Si a las mujeres se nos subiera a la cabeza nuestra excelencia, seríamos IMPARABLES.

Como los niños, y los locos.

Qué miedo dan.

LAS NIÑAS Y LAS LOCAS DAN MÁS MIEDO.

Así que, imaginad que ni somos niñas, ni estamos locas (ni tampoco histéricas, ni malfolladas -háztelo mirar, que es cosa tuya-)

Imaginad que esa oruga que se encoge ante el halago se abre y tensa dos de sus patas.

Y que esas patas ahora son dos alas.

Y las alas son de mariposa.

Imaginad que la vergüenza revienta en un vuelo.

Ni “Mariposa en arrullo”, ni “déjame que me calle con el silencio tuyo”.

Neruda era un pelma.

Y tenemos todo un cielo que conquistar sobre nuestras cabezas.

Gracias por el halago. Lo sé.

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