Una casa.

Robledo, Huelva, Sevilla, Reolid, Madrid, Pontevedra, Vigo.

Madrid, Madrid, Madrid. Y no es un chotis.

Estrellas innumerables, estrellas en una camisa de seda, estrella en la etiqueta de una cerveza, estrellas en ojos ajenos. Una estrella fugaz en el cielo urbano.

Vuelvo a casa aunque no sepa cuál es.

Se ha cerrado una puerta, una en cuyo buzón se leían otros nombres. Y he caminado por grietas de tierra roja, por lomas, por bosques, hundiendo mis pies en arena clara. He abrazado a amigxs antiguxs, a nuevxs amigxs, a amores pequeños.

He cantado, he cantado tanto que el viento no pudo atravesarme, se metió en mi cuerpo, se hizo voz y los niños me siguieron por las calles, y una yegua blanca me lamió las manos mientras cantaba por alegrías.

Perdí el corazón y lo pesqué en el mar.

Quise y quiero dejar el teatro, abandonar la suciedad y el hielo, apartar la turbulencia de la escena. Pero las palabras beben en mi sangre por las noches y me despierto tan cubierta de heridas que solo al pronunciarlas sano. Y escribo esto, un tercio de poema, de diario y de mensaje en una botella.

¿Alguien sabe cómo se vuelve a casa? ¿Y dónde está?

Mañana, hoy, en horas yo regreso. Vuelvo a cumplir años, a revisar sueños. Después del llanto y de la risa, a punto siempre de arder. Y soy y no soy. ¿Entiendes eso?

Ante mí, una puerta.

A mi espalda, una baraja.

Hola.

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