Desnudo desde la azotea.

Ya no formo parte de tu guerra, ni de los frentes movidos por el miedo, ni de la batalla sanguinaria.

Fui un niña que se escondía todo el tiempo y respiraba muy bajito para no ser golpeada.

He sido una chica con poco brillo para protegerme de las bombas. 

Fui prisionera en mi propia casa.

No participo de la postguerra.

Ni de los cadáveres aún tibios, ni de las cartas escritas con mercurio.

Fui una joven atrapada en los oscuros pasillos de un juzgado.

He sido la mujer en el laberinto del Minotauro.

Una vendida.

Tampoco colaboro ya en tu guerra fría, mientras los cuchillos entran y salen de la carne como penetran tus mentiras en mis palabras, vírgenes siempre, en mi cuerpo virgen a veces.

Es tiempo de reconstruir tras la batalla.

De erguir esta espalda curva, de apartarme el cabello de los ojos.

Tomaré las piezas una por una, liberándola de escombros y de huesos.

Respiraré sobre ellas como sobre la flor del diente de león.

Les daré un nombre cálido: cariño, membrillo, sol, Laura.

Abriré ventanas y compuertas. Soplaré.

Los hombres enfermos podrán enterrar sus memorias mal muertas, las madres asumir al fin las derrotas, tú asumir tu propia vergüenza.

Compraré flores blancas como Mrs. Dalloway, y me sentiré viva desde ahora.

Sumaremos uno y uno, dos y cuatro, tres y ocho y siempre nos saldrán las cuentas.

Beberé vino de cara al abismo.

Comeré pastel de chocolate a mil metros de altura.

Y sabré, que las guerras seguirán siendo eternas pero la paz es el pájaro azul que aletea en mi pecho. No hay más.

Pájaro, luz, ladrillo, yo.

Construcción.

Reconstrucción. 

 

Anuncios