Fallarás

“Qué bonita eres.

Qué ojos más grandes tienes.

Qué bien quedas en mi cama.

Dónde has estado todo este tiempo.

Qué miedo me das, qué miedo me estás dando.

Te llamaré para tomar un vino, te llamaré en veinticuatro horas, vamos hablando.

Voy a esperar a que se me pase tu efecto.

Cuando tenga un rato te llamo. Mi wassap está disponible.

Estoy muy ocupado, estoy muy ocupado, estoy muy ocupado.

Pero tú me gustas, cómo no me vas a gustar, a quién no le gustas? tienes flow, tienes duende.

Laura, eres Laura”.

Dile esto, todo esto a una chica y ten por seguro, que esa noche fallarás.

Has leído bien, FALLARÁS. Sin vocales confusas o consejos infalibles.

Será posible que la apreses y que ella se abra para ti como una flor o una mancha.

Seguramente, tensará mucho los labios y soltando un suspiro, te confiese algo que guardaba dentro. 

Quizás te mire, y crea reconocerte.

Y seguirás fallando con gusto hasta descubrir un rincón en su cuerpo y hacerte un ovillo en él durante horas.

Fallarás en el vacío, llenarás los huecos con sonido y llanto, con un gemido.

Fallarás más que nadie y podrás alardear con tus amigos, llorar a tus amigas, contárselo a tu madre. 

Y ella seguirá al fondo del pasillo, vestida de blanco y azul, escuchando de nuevo la pieza.

Aguardando una sola palabra con alma. 

¿Bastará para sanarla?

Cosa de místicos. Pero ella siempre ha sido un poco extraña, hija amante del silencio.

A punto de regresar al paraíso de su infancia, encierra libros en la maleta. Deja tus palabras fuera. Ya cargó con ellas mucho tiempo.

Fue patético llenarte de palabras como el lobo.

Fue penoso hundir en ella tu falta de piedad contigo mismo.

Porque una palabra es una piedra y un cuerpo yacente un lago, y la piedra que se arroja pesa y las ondas del agua lo despiertan, y cuando quiera saber qué cuenta la piedra, se encontrará atrapado en su fondo por las palabras sin alma.

En este miedo inmenso donde todos flotamos, decir lo que se quiere oír, para fallar, se convierte en estado de sitio, estado de gracia -estado de soltera todo el día- que escribe Gloria Fuertes. 

Y o duermes o nadas para no ahogarte.

Comienza el viaje con destino al alma desnuda. Nada.

El que nada no se ahoga. 

Nada y no fallarás. 

Y quizás, así te ames. Me ames.  

Anuncios

Vuelve el “El Techo de cristal. Anne & Sylvia”

 

Algunas de la últimas críticas…

Butaca de primera:

La pieza es redonda y sin fisurasla puesta en escena soberbia, recordando desde el primer momento los ambientes turbios que en tantas películas (y últimamente también en alguna serie) nos han planteado cuando se hablaba de esta época. Pero sin duda lo más interesante de la obra, además de un texto elegante y distinguido, es la complicidad que transmiten los tres actores 

Alba Mariño, Popup Teatro:

El techo de cristal es una muestra cruda y real de la ardua tarea de la “búsqueda de la vida perfecta”, de la vida soñada, pero sobre todo, esta sublime dramaturgia (firmada por Laura Rubio Galletero y creada desde la verdad más desnuda, desde la fuerza y desde la ausencia del miedo), supone una demostración del poder y el protagonismo de las mujeres antes, ahora y siempre”.

Ángel Silvelo, Todo Literatura: 

Bajo un excelente texto de Laura Rubio Galletero, asistimos a través de los vaivenes del flashback a este proceso de ida y vuelta que solo el paso del tiempo nos permite afrontar, y desde el que poder afligirnos, reir y llorar junto a los actores que lo ponen en pie…

El techo de cristal es una magnífica obra de teatro que nos hace reflexionar sobre aquello que de verdad importa

Tragycom:

Laura Rubio Galletero… teje un cesto consistente, sutil y vital en el que estas dos fantásticas brujas desnudan sus vacíos y los exponen a la mirada pública”. “… Una escenografía cálida y versátil que nos transporta a través de distintos años y momentos de sus vidas arrullando nuestros oídos con músicas de Nina Simone, Billie Holiday o Frank Sinatra”.

  • La obra vuelve a estar en cartel en Nave73 los viernes a las 20h durante los meses de diciembre (excepto el 23 de diciembre) y enero
  • Sólo el 23% de las obras de teatro estrenadas en España están escritas por mujeres, según el estudio elaborado en 2015 por el Grupo Barraquianos (Tragycom) a partir de los datos del Centro de Documentación Teatral de los últimos 20 años
  • La   propuesta,   sexto    montaje    de    la    compañía    La    Pitbull    TEATRO   (candidata   a   los  Premios    Max    2014   con   Segismundo,    el    príncipe    prisionero),    está  protagonizada   por   Luzia   Eviza   (Anne   Sexton),   Montse   Gabriel  (Silvia  Plath)  e  Ismael   de  la  Hoz  (Ted  Hughes).
  • Anne    Sexton    y    Silvia    Plath    fueron    dos    norteamericanas,    dos    bellezas,    dos  madres,  dos  hijas,  dos  esposas,  dos  suicidas… Fueron  dos  grandes  poetas que en  sus  textos  abordaban   con   valentía   temas   como   el   incesto,   las   drogas   y   el   sexo   en   una  época  de  censura  moral  y  de  servicio  femenino  a  la  familia.
  • Las barreras profesionales que tienen que enfrentar las mujeres para alcanzar el éxito, limitadas también por el escrutinio de las decisiones en su vida personal, son los temas que subyacen en la obra de teatro “El Techo de Cristal (Anne&Sylvia)”, de La Pitbull Teatro.

 

Restos del naufragio

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida”

Digo lo que necesito decir, o escribir, o vomitar. Yo, la comedida, la prudente, reúno estos tres verbos en uno solo y cuando digo, vomito, y cuando escribo, vomito.

Voy a hablar. No es una metáfora. Una sandía partida en donde se han detenido las moscas a desovar. Eso sí es una metáfora.

Lo sé, cabrones, por eso escribo, para que no me soltéis un diagnóstico evidente, y luego desaparezcáis. Escribo para no tener amigos, y para no depender de ellos, aunque los tenga.

He redactado ya los prolegómenos. Un poco de vaselina antes de disparar a bocajarro. Las balas se deslizarán suavemente por la piel entrando en la carne. Y el chasquido de los huesos me sacará una sonrisa.

Habita algo excitante en lo que intuyo que voy a escribir, un zumbido entre mis costillas como un constipado mal curado, un recuerdo que busca la pregunta que se quedó sin respuesta pero que aún no termina de encajar, un picor indefinido en el pie.

Escribiré sobre la falta de comunicación. Sobre la incomunicación o sobre el ruido. Algo sobre esas personas que pasan por nuestra vida haciendo mucho ruido (y pocas nueces)

Sobre la ausencia.

Algo como esto:

“Nada hiciste sino ruido. Malestar en la pantalla, malestar en mi cuerpo. Y yo pataleando como una niña a la que los reyes le han traído un regalo terrible, a la que le han traído un pijama de felpa viviendo en Canarias.

Mereces mi odio. La baba negra y cruel de una persona herida.

Herida sin saña, al descuido, dejando llagas abiertas y con mal aspecto.

Heridas por las que nadie será acusado de homicidio. Tantas heridas como en el pellejo de un oso abatido.  Mi piel no podrá usarla nadie más como alfombra después”

Hablo en general, por supuesto. No. Hablo por mí aunque no para mí.

Lo mejor de escribir en blanco es que suele quedarse en nada. En un documento de  título aleatorio  del que me desharé cuando haga limpieza. Una mamada. Una paja en el asiento de atrás de un coche de alta gama pasados los cuarenta. Un insulto entre dientes porque gritarlo conlleva valor. Un valor a la baja.

Escribiré sobre la aceptación de la realidad. Y cómo esa aceptación me llevará a sentir amor por el presente. Será un ejercicio de estilo tan de moda en las escuelas. Voy a ver si “amando lo que hay” me dan un Max o un Planeta.

Articularé frases de este tipo:

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida junto al teatro, la familia y los pueblos de costa vacacionales. Coprofagia emocional sería. No sé por qué no lo me lo olí antes. Porque era una mierda perfumada, una mierda con perfume de marca.

Besé la mierda como quien besa una flor, y me llevé la lengua sucia. Por eso escribo lo que escribo. No es mi culpa. No uses perfumes de cien euros el bote, no pongas mirada de cervatillo herido, no abraces con aparente candor. Deja que aflore la mierda de la fosa séptica que ocultas, deja que te amen por ello si tienes huevos. Que te amen con tu mierda y tu silencio.”

En definitiva, una escribe sobre lo que ha vivido, lo que espera vivir o lo que cree que vivió. Sobre la memoria y sobre el otro. Me temo que siempre escribimos sobre el otro, para ver si lo alcanzamos. 

Recojo mientras tanto, los restos del naufragio, textos sobrantes, ideas cruzadas y puntos suspensivos. Y los tiendo al sol, para que seque la tinta.

Me sobran piezas. Quizás sea yo la que no encaja. 

Escribiré sobre ello. 

Paso.

Mierda, ya lo estoy haciendo. 

 

Hacia el ESTRENO

Cuando uno ama, debe mojarse.
Estrenamos MI AGRAVIO MUDÓ MI SER.
Amamos.

Quedan veinte horas y cuarenta y cinco minutos para el estreno oficial de “Mi agravio mudó mi ser” 

A medida que vayáis leyendo esta entrada quedará menos y menos tiempo. 

Y antes de que el público ocupe sus butacas y se prendan los focos, es mi deber y un honor escribir estas líneas. 

Ha sido hasta ahora, un viaje maravilloso.  Y no hemos llegado al final ni mucho menos.

Hoy he ido a la Sierra. He ido a perderme entre montañas y árboles, a quemarme con el sol y a escuchar a los pájaros como único sonido de fondo. Necesitaba belleza. 

Cuando asciendo cuesta arriba, con el calor, los insectos zumbando y mi poca pericia en escalada voy tan atenta a las piedras, a los charcos y a conservar el aliento que miro hacia delante, y hacia el suelo, hacia delante y hacia el suelo, para conservar la vida y mantener el objetivo. ¿Cuál? Llegar un poco más lejos.

Corono, me hago la foto de rigor, trago de agua y para abajo de nuevo. Me marco otro objetivo y hasta la próxima. Todo hermoso y regular.  

A veces descanso, o en un recodo del camino tengo que detenerme a sacar una piedra de mi bota. Y ahí está, esperando. Lleva a mi lado todo el sendero aunque estaba demasiado atenta a alcanzar la cima. El río. Suena con fuerza o amortiguado contra las ramas aunque nunca ha detenido su rumor. Brilla. Canta. Cambia.

Y decido, incumpliendo la legalidad, sentarme en un saliente de la orilla, e introducir lentamente, mis pies cansados de caminar. Ese instante, ese preciado, único, inexplicable instante formo parte del río y el río de mí. Nada más existe, salvo el correr de las aguas que bien podrían ser mis venas. 

“Mi agravio mudó mi ser” fue, ha sido y ES ese río, en donde las palabras de ELLAS (mujeres sabias y valientes) se unen a las mías e irán a resonar en vosotrxs para unirnos en pura experiencia. 

Y el instante, el tiempo detenido es ahora, como lo será mañana, como será vuestro también (más vuestro todavía) en la escena donde suceda. Ellas serán vosotrxs y vosotrxs ellas.

Cierro los ojos sin pensar mucho y siento AMOR. Amor por Óscar, por Paloma, por Julia, por Elena, por Álvaro, por Alba, por Yeray… por este equipo maravilloso y por cada ser que ha confiado en que el “Ser” tiene la capacidad de mudar. De des-agraviarse.

Siento amor por la Compañía de Creación Escénica sin postureo, ni afanes, amor ante su compromiso.  Sé que suena casi obsceno, pero la verdad suele serlo. 

El viaje continua. La palabra permanece en su fondo, pulida y única cada vez. La belleza que yo buscaba me ha encontrado.

“Mi agravio mudó mi ser” ES y SEGUIRÁ SIENDO.

¡GRACIAS!

 ESTRENO Jueves 7 de Julio/ Viernes 8 de Julio 20.15 Teatro Luchana. 

Información y reservas

Atravesar el tiempo, atravesar el dolor

A veces, el tiempo puede ser un aliado.

Un día cumplí 20, y al instante 30.

Voy para los 40 aún. No parpadeo muy rápido por si acaso.

Caminando esta tarde por Chueca bajo el sol, he capturado de reojo un perfil fugaz pasando frente a un escaparate moderno. Era el de una mujer de medias negras y vestido violeta. Y sonreía. Era Yo.

Escribo continuamente qué es eso de ser mujer. Confío en que al condensarlo en palabras, signos y símbolos lo atraparé en un intervalo.

Me ha sorprendido. No porque no sonría, si no porque lo estaba haciendo por el puro placer de sonreír, del paseo, del calor de esta primavera que se resiste en llegar. Sonreía yo que lo ha llorado todo, a los muertos, a los vivos y a los que nunca se definieron por uno u otro estado. Y en una milésima de segundo, en menos tiempo que una respiración, mi vida, mis 36 años han pasado ante mí sin estar al borde de la muerte. Han pasado como un chasquido de lengua o el brillo de una mirada.

Vi los millones de estrellas en Reolid, las pesetas, los paisajes azules de Madrid, la vergüenza agazapada en mi vientre, la comba roja, el cuerpo dormido de alguien que amé, y el tren de un país, de mil países perforando montañas. Vi el pasado hoy, y no dolía. No me dolía.

¿Y mi dolor? ¿Dónde se fue? Con lo conocido que era, más que mi propio cuerpo. Se encaramaba en mis ganas y  asomado mis ojos se derramaba, se anudaba a mi garganta y cercenaba mi voz.

¿Qué queda en su hueco?

Quiero responder pero no puedo dejar de sonreír.

Sonreír yo, inaudito.

¿Será la madurez?

¿Será que me he hecho por fin, mujer?

¿Qué fui antes? ¿Paloma, murmullo, posibilidad, borrador?

Creo que es por que estoy dejando de esperar. A ti que no traes nada en las manos, o a ti que nunca vienes. Dejo de esperar milagros y los hago. ¿Cómo? Haciéndolos, es mi especialidad.

Así, cuando me asome a mi ventana por si debajo aguarda el príncipe azul (sé que no existes, no insistas) o por si llegan buenas noticias de fuera (ésas que apenas llegan) podré sentirme tan liviana sin el peso del dolor, que me lanzaré al vuelo para caer como los gatos, o podré bajar por la escalera como las chicas normales. Elegiré yo. Elegirá esta mujer que escribe.

Y lo haré sonriendo.

 

El DON de la INVISIBILIDAD

Éste es mi homenaje a las mujeres en este 8 de Marzo.
Y a quienes nos acompañan en este trabajo de existir.

La madre de mi madre, mi abuela Mariana, parió seis hijos y se partía el lomo arrancando patatas de una tierra en postguerra, hambrienta de esperanza.

La madre de la madre de mi madre, mi bisabuela Anselma, se puso al frente de su familia tras quedarse viuda muy joven, y se montó un telar con sus hijas en donde entre hebras de colores recitaba unos cantares que yo aún recuerdo. 

Mi madre, Anselma a ratos, y Juana a otros, nos sacó adelante con tres trabajos a la vez después de que su marido la hiciera, nos hiciera polvo la alegría.

Mi madre, la madre de mi madre, la madre de la madre de mi madre y así, en remonte hasta Lilith me enseñaron que debíamos trabajar sin descanso. Trabajar para ganarnos el pan, trabajar para ganarnos la vida, como si la vida hubiera que hacerla de uno a base de sacrificio. Como si vivir no fuera lo único que no hemos elegido.

Mis mujeres me enseñaron también a mostrarme complaciente, a esperar, a ser buena persona y que se note, a servir al otro, a estar atenta a sus enfermedades y preocupaciones, a asumir ausencias, a esforzarme en ser más lista, más guapa y más limpia aunque no te miren o vean a través de ti. 

Hacerse mujer es en sí un auténtico trabajo.

Hoy es 8 de Marzo. Y alguien nos ha dicho que debemos conmemorar El Día de la Mujer trabajadora. En este día, un grupo de mujeres fueron asesinadas por creer que trabajar era un deber y a su vez, un derecho por el que se perciben beneficios. 

Hoy debemos celebrar este santo laico, en una sociedad ávida de mártires por capturar una foto fija donde imprimir un eslogan.

 Pero yo sigo pensando en mis mujeres que trabajan para ser alguien en la vida cuando ellas mismas no se sienten nadie si no las nombran. Pienso en mí.

Yo sé lo que es ser invisible. Lo he sido desde niña. Podía estar a tu lado y no darte cuenta. Podía estudiar contigo la carrera y no recordar si era yo o esa chica llamada María. Yo tenía ese don que me salvó el cuello a base de no ser nadie. 

Ahora tras muchísimo trabajo (cómo no) he empezado a  dejar de serlo aunque sigo siéndolo a la vez, porque me dedico a algo tan inasible como la creación. Y ser mujer en el mundo de las artes escénicas es ser de nuevo, invisible. Y hablo de lo que sé en mi carne transparente. 

Si ser mujer es un trabajo, ser mujer en el teatro es un trabajo añadido. ¿Qué estamos entonces celebrando? 

¿Para cuándo el día de la mujer ociosa? ¿De la mujer negra, pobre, Down, lesbiana, teatrera y ociosa? Todo junto, todo en minoría.

Nombremos el 8 de Marzo como el DÍA DE LA MUJER EMPLEADA.

Para TRABAJO YA ESTÁN los 364 días restantes del resto de tu vida.

 

Tu PaLAbrA en MI BoCa o La tELA De ARaÑA

Me dices que quizás me dejaste con la palabra en la boca.

Y yo aprieto los labios y la percibo moverse como el rabo de una lagartija. Muerdo la palabra y se divide en dos. Son dos palabras que vienen a partir por medio lo que te hubiera dicho. 

Me trago una, la palabra breve,como se traga la ostia sagrada de las misas por compromiso, y como en esas mismas ceremonias donde los ojos se clavan en tu nuca, la palabra se pega al paladar cortándome el aire. Decimos lo que podemos, lo que la palabra aferrada nos permite decir mientras se yergue muro, mientras deja de ser oblea para convertirse en filo.

La otra la escupo. Peor que el vómito o el aliento de la mañana. Desgarro su latido caliente, asesina, animal. Me gustaría purificar mi cuerpo en esa palabra agonizante y renacer como virgen en el arte de inventar historias.

Mato y no me las como, mato por el placer de matar y escupo lo que no me atrevo a contarte, mis miserias que son mías, mis deseos que son míos, mi locura que a nadie importa porque no alcanza entidad de fábula. Mato a veces lo que me daría la vida para no matarme yo si me atreviese a hacerlo.

¿Has escuchado? De nuevo hablo.   

Tejo con las palabras más bellas una telaraña que me cubre y me honra, con la que otros, quienes no ven más allá, dirán: ¡Cómo se nota que eres dramaturga! Recuerdo el cuento de la cerillera. Cada breve llama es una palabra que primero me abrasa los dedos, y en la que tú y yo nos reconocemos un segundo antes de la oscuridad absoluta. Cuando se consuman las cerillas, porque siempre se acaban, el hielo solamente me asesinará a mí.

Y sólo alcanzo a decirte frases que han ido a parar a una pantalla iluminada, sazonada con emoticonos y exclamaciones sin cuerpo ni sangre. Sin la sal de la vida, sin sabor.

En esta noche de verano, antes de partir mañana a recoger mi corazón lejos, entrelazo una palabra tras otra sin interés alguno y me convierto en personaje, me lo vas a permitir, para que mis palabras por fin me atraviesen la carne, quiero habitarlas por completo. El deseo de que entiendas es su dolor, un dolor que palpita.

Mírame, me relamo como una fiera antes de cerrar la boca, con la huella aún fresca de tus palabras sobre mis labios. 

Quien escribe aúlla y espera, como un personaje flotando sobre las aguas del río.

Y lo demás es silencio. 

Las buenas chicas

¿Cómo las mujeres podemos ser benevolentes si no somos benevolentes con nosotras mismas? 

Simone de Beauvoir

Las buenas chicas (como yo) jamás tropiezan dos veces con la misma piedra, les basta estamparse una vez contra la acera para que de nuevo en pie, continúen adelante con la lección aprendida: no mires el suelo al andar.

Las buenas chicas aceptan las situaciones por adversas que las pinten, tienen capacidad para comprenderlo todo y digerirlo todo sin perder las buenas formas, bajo ningún concepto han de perder las buenas formas porque son buenas chicas, no lo olvidemos.

Las buenas chicas se reservan el derecho a réplica cuando otros dan la situación por zanjada o cuando en un alarde de gallardía espeluznante cae el silencio como un telón de acero. Toma un trago, anda. Míralas, llorando sobre el hombro de sus amigas y de sus amigos gays pero mira como beben los peces en el río, también ellas tienen derecho a pillarse una buena cogorza para sanar con alcohol sus heridas más hondas. Lo que no se puede, lo que no se debe, lo que no se hace (no, no es que esté mal visto, es sólo que no es lo habitual) es que esa buena chica un día explote y zarandee al mudo de los hermanos Marx hasta sacarle las vocales una a una, que le grite a la cara y sin educación: ¡Malditocabrónhijodeputacobardeojalátepudrasenelinfiernotúytupersonajesensiblerodetresalcuarto!

Eso no estaría nada bien. No pondríamos violentos y la violencia incomoda. Además -Cuando te pones así, no hay quien hable contigo- La violencia nos coloca en un estado de tensión innecesaria, nos genera mala onda, nos hace retroceder en el karma, evita perdonar-nos y a ti, buena chica, te hace perder puntos a ojos de las personas que te rodean, de los que estén a tu alrededor en el bar, del coche de policía que frena en medio de la calle al verte histérica perdida. Vaya cosas se te ocurren. La vida es cruel, hay que aceptar, aceptar, aceptar hacia dentro, hacia dentro. Si no existe una explicación coherente ya te la inventarás tú solita. Al pedirla de nuevo lo más probable es que llegues a sentirte una auténtica nazi. ¡Acepta!

Tenemos a las buenas chicas que un día deciden jugar con las armas de los chicos malos. Follan más, beben más, medran más, manejan más poder. Durante un tiempo considerado entre prohibido y  excitante las buenas chicas actúan como chicas malas, no malas chicas no confundamos sino no podrán regresar como las buenas chicas que son. Buena chica, lo has entendido.

Dicen que existen buenas chicas un tanto rebeldes que deciden experimentar: se rapan el pelo a cero, leen tesis feministas, practican culturismo, incluso otras se enrollan con su vecina del segundo. Algunas de esas chicas, ahora denominadas bollo buenas chicas, se vuelven incapaces de tomar café sin tener al lado a su nueva pareja bollo buena chica e incluso, de ir al baño solas.

Las buenas chicas no sólo piensan en chicos o en chicas o en qué hacer con su cuerpo cuando no están de servicio. Ahí lo más probable es que se pongan su pijama de peluche azul celeste y se dejen crecer los pelos de las piernas pensando: dios, llévame pronto mas avisa antes para que me depile porque mi madre me ha dicho que no salga a la calle con malos pelos, o con pelos, y con la ropa interior sucia por si me pasara algo.

A veces, una buena chica cualquiera, de las que se quejan, pasa por una mala temporada, una buena mala temporada de no querer salir de la cama ni aunque se te siente encima Paquirrín. Y se obligan colocándose las tripas por montera para hacer “vida social” con una amiga, o por otra o por ti aunque siga siendo un día horrible. Quieres vomitar aunque no hayas comido, y tu cabeza funciona como una lavadora centrifugando. Eres una buena chica, no es recomendable que estés dando siempre el coñazo con tus historias. Tuyas son, estás jodida, todos lo sabemos, es lo que hay. Recibes una noticia, un comentario, un mensaje, una llamada a destiempo, un cartel en el metro, un encuentro inesperado, un profesor que te complicó la vida detrás de ti en el patio de butacas, una foto que se resbala del libro a medias. Y contestas mal. No demasiado mal, feo. Así, con desagrado, con mohín rabioso. No quieres decir más. Quieres huir. Dejar atrás la sorpresa, la indignación, tu propia culpa. Te pones en pie, das dos besos leves y echas a correr calle arriba para llorarlo todo después. La liaste. Irás al infierno de los solos.

Luego te consuelas pensando que podrás llamar más tranquila y pedir disculpas sinceras, que la otra persona lo entenderá porque decía entenderte. Pero nunca más te coge el teléfono, no te contesta los mails, ni siquiera te da un me gusta! en facebook.

Es el fin de tu bondad en un mundo donde todos están muy ocupados si les va bien. Cuando no era así no era así, dejémoslo en ese punto, buena chica. Te recomiendo la terapia cognitivo conductual donde te van a enseñar en unas cuantas sesiones ejercicios prácticos para etiquetar las emociones, dejarlas suceder y encontrar el pensamiento limitante escondido debajo para poder cambiarlo por un pensamiento adaptativo. Toma ya. Cuánto te queda por delante. Ser Buena cuesta más que la fama.

No desesperes. Pide ayuda a tu terapeuta, a otra amiga, al que acabas de conocer. Puedes decirle: -Quiero ser una buena chica pero se me da fatal. Échame una mano. Ayúdame a comprenderme, pásame ese contacto de curro, ponme la autoestima en su sitio a base de abrazos- Tampoco funciona, algo no encaja, el contacto no llega, el contacto humano tampoco.

Una mañana topas en la parada del autobús con una buena chica, una auténtica buena chica de las que hablan poco y sonríen mucho. ¡Qué chica más buena! Charláis. Hace frío, el bus en Madrid tarda una eternidad… como las frases superficiales no dan calor entráis en materia. Comenta algo como un chispazo. Algo así como el último brillo de una bengala antes de apagarse. No crees lo que estás oyendo. Persigues el olor a chamusquina. Indagas. La buena chica suelta por su linda boquita un ensartado de opiniones sobre determinada situación que te dejan boquiabierta ¡Es lo que tú pensabas! y notas deshacerse el nudo de tu garganta en su boca.

Descubres la gran mentira. La red metálica contra las que las chicas se estrellan para lograr ser buenas. El hartazgo, la nausea.

¿Qué os pensabais que las buenas chicas no estamos hasta el coño del papel? ¿Qué nos gusta el “maquillaje” a todas horas? ¿Qué NO es SÍ y es porque no hemos sido lo suficientemente claras?

¿Qué la ambigüedad es un rasgo muy femenino para jugar con ventaja? ¿Qué todo vale? ¿Qué querer a alguien es escribir te quiero en ocho caracteres? ¿Qué mostrarse sensible es ser una desquiciada premenstrual y bohemia?

Hay millones de buenas chicas deseando romper, rasgar, descuartizar, gritar y pegar puñetazos. Estoy segura de que estáis ahí, escondidas, mascullando maldiciones quizás contra mí, asfixiándose cada noche con el peso del cuerpo muerto de alguien muerto en vuestra cama, muy polites, limpias, pulcras.

Siempre pulcras hasta cuando no deseáis serlo.

Nos tienen que seguir queriendo. ¿Nos tienen que seguir queriendo?

No sé. Yo sólo soy una buena chica, como vosotras.

Y siempre tropiezo con la misma piedra.