Regalos del 2017

Un reto: pedir.

Un viaje a Galicia.

Encuentros afortunados.

El sol sobre el agua del mar en un día de invierno.

Una copa de vino.

Las campanas sonando mientras sigo en la cama.

Proyectos nuevos y reales: textos, independencia, viajes.

La Editorial Antígona publica El techo de cristal.

Una entrevista que yo hago. Dos que me harán en breve.

Tu silencio y mi fueza para no enredarnos más.

Un abrigo morado de lana.

Y una reflexión sobre el proceso de escritura de El techo de cristal.

Regalos de este recién iniciado 2017

Y lo que queda…

Sobre escribir y/o vivir

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El deseo de belleza. 2017.

Balance y deseos.
Con mis mejores deseos.

El 2016 se sintetiza con una palabra: RETO

Y un aprendizaje fundamental: NO pagues cualquier precio por aquello que deseas.

Porque la vida, el universo, el destino, Dios (elija modo de creencia) me lo ha puesto delante, un deseo tras otro, en un laberinto de espejos donde por momentos, he dudado de quién soy.

Aquí me tenéis de nuevo, con una tarta enfriando en la ventana y el corazón tranquilo.

He escrito, y he escrito sobre lo que escrito.

He pisado muchos escenarios.

He habitado muchas aulas.

He dicho NO.

Me he sentido bendecida a cada pequeño paso. En los errores y en los aciertos, en los besos que dí y en los que quedaron pendientes, con cada vino, en cada oración a los vivos y a los muertos.

Yo que siempre me creí un ser extraño, capaz de crear belleza aunque indigno de recibirla, comparto esta belleza con vosotras y vosotros. Y me sé por fin DIGNA.

Llegó el día en que al escuchar mi nombre: LAURA, lo he reconocido como propio. Me pronuncio: Yo soy.  

Y ni tu vileza, tu miedo, tus ausencias, tus demandas, tus dudas, tus misterios, tu sombra importan (o sí, pero un poco menos) 

Lo he aprendido durante el 2016.

Al 2017 no le pido una nueva vida. Le pido ésta, conmigo y en compañía de quienes me aman y amo.

Deseo que mi palabra os conmueva. No a cualquier precio, sino al que merece.

Y regresar si me pierdo.

Gracias.

¡A por la belleza!

 

Vuelve el “El Techo de cristal. Anne & Sylvia”

 

Algunas de la últimas críticas…

Butaca de primera:

La pieza es redonda y sin fisurasla puesta en escena soberbia, recordando desde el primer momento los ambientes turbios que en tantas películas (y últimamente también en alguna serie) nos han planteado cuando se hablaba de esta época. Pero sin duda lo más interesante de la obra, además de un texto elegante y distinguido, es la complicidad que transmiten los tres actores 

Alba Mariño, Popup Teatro:

El techo de cristal es una muestra cruda y real de la ardua tarea de la “búsqueda de la vida perfecta”, de la vida soñada, pero sobre todo, esta sublime dramaturgia (firmada por Laura Rubio Galletero y creada desde la verdad más desnuda, desde la fuerza y desde la ausencia del miedo), supone una demostración del poder y el protagonismo de las mujeres antes, ahora y siempre”.

Ángel Silvelo, Todo Literatura: 

Bajo un excelente texto de Laura Rubio Galletero, asistimos a través de los vaivenes del flashback a este proceso de ida y vuelta que solo el paso del tiempo nos permite afrontar, y desde el que poder afligirnos, reir y llorar junto a los actores que lo ponen en pie…

El techo de cristal es una magnífica obra de teatro que nos hace reflexionar sobre aquello que de verdad importa

Tragycom:

Laura Rubio Galletero… teje un cesto consistente, sutil y vital en el que estas dos fantásticas brujas desnudan sus vacíos y los exponen a la mirada pública”. “… Una escenografía cálida y versátil que nos transporta a través de distintos años y momentos de sus vidas arrullando nuestros oídos con músicas de Nina Simone, Billie Holiday o Frank Sinatra”.

  • La obra vuelve a estar en cartel en Nave73 los viernes a las 20h durante los meses de diciembre (excepto el 23 de diciembre) y enero
  • Sólo el 23% de las obras de teatro estrenadas en España están escritas por mujeres, según el estudio elaborado en 2015 por el Grupo Barraquianos (Tragycom) a partir de los datos del Centro de Documentación Teatral de los últimos 20 años
  • La   propuesta,   sexto    montaje    de    la    compañía    La    Pitbull    TEATRO   (candidata   a   los  Premios    Max    2014   con   Segismundo,    el    príncipe    prisionero),    está  protagonizada   por   Luzia   Eviza   (Anne   Sexton),   Montse   Gabriel  (Silvia  Plath)  e  Ismael   de  la  Hoz  (Ted  Hughes).
  • Anne    Sexton    y    Silvia    Plath    fueron    dos    norteamericanas,    dos    bellezas,    dos  madres,  dos  hijas,  dos  esposas,  dos  suicidas… Fueron  dos  grandes  poetas que en  sus  textos  abordaban   con   valentía   temas   como   el   incesto,   las   drogas   y   el   sexo   en   una  época  de  censura  moral  y  de  servicio  femenino  a  la  familia.
  • Las barreras profesionales que tienen que enfrentar las mujeres para alcanzar el éxito, limitadas también por el escrutinio de las decisiones en su vida personal, son los temas que subyacen en la obra de teatro “El Techo de Cristal (Anne&Sylvia)”, de La Pitbull Teatro.

 

Desde la fragilidad

Sobre las personas y los personajes.
Manual de vuelo.

Para contar una historia hacen falta personajes, o una voz que ejerza de narrador que a su vez, será personaje.

Para vivir una historia debes hacerte personaje, personaje que con los otros la construyan.

Harto difícil es participar de la historia y salirse de ella. Podemos recurrir a este recurso narrativo para “extrañarnos” o hacer que se extrañen, pero ¿podríamos salir de “nosotros”, piezas indisolubles de la misma? El dentro y el fuera queda vetado incluso para los santos y la objetividad jamás será objetiva, por más filtros que una se esfuerce en aplicar.

Cuando  abordo la creación de un personaje o incito a otros a hacerlo, debo recordar esta premisa. Me pongo en guardia y manejo la información con cuidado. No somos objetivas porque nosotras formamos parte de la realidad que percibimos y que paradojicamente, pretendemos exponer como algo ajeno.

En un mundo, el del arte, donde la gente se esfuerza tanto en desvelar su voz y en demostrar su estilo, valoro  más una dosis menos de esfuerzo y una mayor  de técnica. Nuestro estilo (término tan moderno que ya es demodé) surge a pesar nuestro. Somos quienes somos y más nos vale esforzarnos en ocultarlo. Pensemos en el torrente de agua al que se le colocan obstáculos. El agua, o la vida misma, hallará los vericuetos necesarios para seguir y ampliar de paso, su lecho. Seguirá manando, más impulsivo aún.

Yo quería escribir sobre la intrahistoria y he acabado escribiendo sobre el proceso creativo, asoma mi yo docente que se une a muchos otros “yo”.

¿Cómo ha de ser un personaje para capturar nuestra atención y arrastrarnos en su peripecia?

Me resulta fácil estudiar a los personajes que me han atrapado, ya para siempre, durante mi vida como lectora o espectadora. Prefiero basar mi análisis, nunca objetivo- sigo recordándome- en las personas. Personaje y persona lo compartieron casi todo antes de Freud, y después, simplemente se alejaron en una separación amistosa.

Un personaje te atrapa cuando vive su historia.

Una persona te atrapa cuando vive EN la historia, a fondo, con sus lágrimas y su risa, con sus manchas de vino en la solapa.

Conozco a algunas personas que pretenden estar dentro y fuera, como un mal simulacro de narración. Todos lo hemos hecho alguna vez, es una forma de protegernos del dolor.

Esas personas, en un esforzado intento por no mojarse, quieren estar “al plato y a las tajás” (bendito refranero) a la emoción y a la razón como si en ningún caso fuera con ellos. Son lo que llamamos, personajes planos. Interesan, interesan al principio de la historia, despiertan la curiosidad y tendemos a proyectar en ellos nuestros deseos.

Quieren y no quieren, aman y no aman. Huyen de una mirada sincera igual que las cucarachas o los murciélagos. Temen la fragilidad, la suya propia.

Y dicen: -estoy aquí- y sabes que no es cierto, y repiten: confía en mí- y desconoces esa voz externa. Y juran que están vivos, y que son fuertes como espadas ardientes.

Sin embargo, somos demasiado humanos, tarde o temprano terminamos por volver a nuestro ombligo y el personaje o la persona se queda sola, tiritando, apagada por el curso de un río que pasó de todas formas. La razón, las ideas, el silencio no les salvó  del ahogo.

Nosotros como personajes y personas tenemos una vida que vivir desde la fragilidad. Sí, fragilidad. Sean los espectadores, los biógrafos, las vecinas quienes fabulen después.

Frágil es el ala de una mariposa, y una hoja seca. Ambas cortaron el aire en dos como no podría una espada.

Caerán a tierra, es cierto, quebradas y transparentes, pero acaso ¿no caeremos todos?

Ala de mariposa y hoja seca han logrado lo maravilloso, volar.

Después de mi último vuelo he perdido el miedo a dos cosas: a escribir y a mi propia fragilidad.

Eso deseo para ti: una vida que te rompa.

Y para los personajes.

Sal de esta historia (si entraste alguna vez) y di a mis lectores: Exagera.

Lo sé. Es la vida.

No estoy siendo objetiva, no podría.

 

 

 

Restos del naufragio

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida”

Digo lo que necesito decir, o escribir, o vomitar. Yo, la comedida, la prudente, reúno estos tres verbos en uno solo y cuando digo, vomito, y cuando escribo, vomito.

Voy a hablar. No es una metáfora. Una sandía partida en donde se han detenido las moscas a desovar. Eso sí es una metáfora.

Lo sé, cabrones, por eso escribo, para que no me soltéis un diagnóstico evidente, y luego desaparezcáis. Escribo para no tener amigos, y para no depender de ellos, aunque los tenga.

He redactado ya los prolegómenos. Un poco de vaselina antes de disparar a bocajarro. Las balas se deslizarán suavemente por la piel entrando en la carne. Y el chasquido de los huesos me sacará una sonrisa.

Habita algo excitante en lo que intuyo que voy a escribir, un zumbido entre mis costillas como un constipado mal curado, un recuerdo que busca la pregunta que se quedó sin respuesta pero que aún no termina de encajar, un picor indefinido en el pie.

Escribiré sobre la falta de comunicación. Sobre la incomunicación o sobre el ruido. Algo sobre esas personas que pasan por nuestra vida haciendo mucho ruido (y pocas nueces)

Sobre la ausencia.

Algo como esto:

“Nada hiciste sino ruido. Malestar en la pantalla, malestar en mi cuerpo. Y yo pataleando como una niña a la que los reyes le han traído un regalo terrible, a la que le han traído un pijama de felpa viviendo en Canarias.

Mereces mi odio. La baba negra y cruel de una persona herida.

Herida sin saña, al descuido, dejando llagas abiertas y con mal aspecto.

Heridas por las que nadie será acusado de homicidio. Tantas heridas como en el pellejo de un oso abatido.  Mi piel no podrá usarla nadie más como alfombra después”

Hablo en general, por supuesto. No. Hablo por mí aunque no para mí.

Lo mejor de escribir en blanco es que suele quedarse en nada. En un documento de  título aleatorio  del que me desharé cuando haga limpieza. Una mamada. Una paja en el asiento de atrás de un coche de alta gama pasados los cuarenta. Un insulto entre dientes porque gritarlo conlleva valor. Un valor a la baja.

Escribiré sobre la aceptación de la realidad. Y cómo esa aceptación me llevará a sentir amor por el presente. Será un ejercicio de estilo tan de moda en las escuelas. Voy a ver si “amando lo que hay” me dan un Max o un Planeta.

Articularé frases de este tipo:

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida junto al teatro, la familia y los pueblos de costa vacacionales. Coprofagia emocional sería. No sé por qué no lo me lo olí antes. Porque era una mierda perfumada, una mierda con perfume de marca.

Besé la mierda como quien besa una flor, y me llevé la lengua sucia. Por eso escribo lo que escribo. No es mi culpa. No uses perfumes de cien euros el bote, no pongas mirada de cervatillo herido, no abraces con aparente candor. Deja que aflore la mierda de la fosa séptica que ocultas, deja que te amen por ello si tienes huevos. Que te amen con tu mierda y tu silencio.”

En definitiva, una escribe sobre lo que ha vivido, lo que espera vivir o lo que cree que vivió. Sobre la memoria y sobre el otro. Me temo que siempre escribimos sobre el otro, para ver si lo alcanzamos. 

Recojo mientras tanto, los restos del naufragio, textos sobrantes, ideas cruzadas y puntos suspensivos. Y los tiendo al sol, para que seque la tinta.

Me sobran piezas. Quizás sea yo la que no encaja. 

Escribiré sobre ello. 

Paso.

Mierda, ya lo estoy haciendo. 

 

Hacia el ESTRENO

Cuando uno ama, debe mojarse.
Estrenamos MI AGRAVIO MUDÓ MI SER.
Amamos.

Quedan veinte horas y cuarenta y cinco minutos para el estreno oficial de “Mi agravio mudó mi ser” 

A medida que vayáis leyendo esta entrada quedará menos y menos tiempo. 

Y antes de que el público ocupe sus butacas y se prendan los focos, es mi deber y un honor escribir estas líneas. 

Ha sido hasta ahora, un viaje maravilloso.  Y no hemos llegado al final ni mucho menos.

Hoy he ido a la Sierra. He ido a perderme entre montañas y árboles, a quemarme con el sol y a escuchar a los pájaros como único sonido de fondo. Necesitaba belleza. 

Cuando asciendo cuesta arriba, con el calor, los insectos zumbando y mi poca pericia en escalada voy tan atenta a las piedras, a los charcos y a conservar el aliento que miro hacia delante, y hacia el suelo, hacia delante y hacia el suelo, para conservar la vida y mantener el objetivo. ¿Cuál? Llegar un poco más lejos.

Corono, me hago la foto de rigor, trago de agua y para abajo de nuevo. Me marco otro objetivo y hasta la próxima. Todo hermoso y regular.  

A veces descanso, o en un recodo del camino tengo que detenerme a sacar una piedra de mi bota. Y ahí está, esperando. Lleva a mi lado todo el sendero aunque estaba demasiado atenta a alcanzar la cima. El río. Suena con fuerza o amortiguado contra las ramas aunque nunca ha detenido su rumor. Brilla. Canta. Cambia.

Y decido, incumpliendo la legalidad, sentarme en un saliente de la orilla, e introducir lentamente, mis pies cansados de caminar. Ese instante, ese preciado, único, inexplicable instante formo parte del río y el río de mí. Nada más existe, salvo el correr de las aguas que bien podrían ser mis venas. 

“Mi agravio mudó mi ser” fue, ha sido y ES ese río, en donde las palabras de ELLAS (mujeres sabias y valientes) se unen a las mías e irán a resonar en vosotrxs para unirnos en pura experiencia. 

Y el instante, el tiempo detenido es ahora, como lo será mañana, como será vuestro también (más vuestro todavía) en la escena donde suceda. Ellas serán vosotrxs y vosotrxs ellas.

Cierro los ojos sin pensar mucho y siento AMOR. Amor por Óscar, por Paloma, por Julia, por Elena, por Álvaro, por Alba, por Yeray… por este equipo maravilloso y por cada ser que ha confiado en que el “Ser” tiene la capacidad de mudar. De des-agraviarse.

Siento amor por la Compañía de Creación Escénica sin postureo, ni afanes, amor ante su compromiso.  Sé que suena casi obsceno, pero la verdad suele serlo. 

El viaje continua. La palabra permanece en su fondo, pulida y única cada vez. La belleza que yo buscaba me ha encontrado.

“Mi agravio mudó mi ser” ES y SEGUIRÁ SIENDO.

¡GRACIAS!

 ESTRENO Jueves 7 de Julio/ Viernes 8 de Julio 20.15 Teatro Luchana. 

Información y reservas

La palabra muerde

Yo no quiero ser lánguida.

Yo no quiero ser una mujer triste. 

De ésas que esperan que suene el teléfono, y recogen en su diario las quejas.

Yo quiero odiar abiertamente. Apretar las mandíbulas e impedir que se escape el bocado.

No quiero que me pongan la etiqueta de “maja”, ni de “buena chica” 

Cada vez que lo soy me hieren.

No soy una buena chica. Soy una mujer.

Y las mujeres odiamos. 

Odiamos la injusticia, la mentira, el “quédate ahí que ya si eso te digo”. Odiamos las conversaciones pendientes, y las frases a medias. 

Odiamos el hacernos las tontas, aunque a veces nos lo hagamos para sobrevivir.

Intento evitarlo, lo de bautizar como “tristeza” lo que ellos denominan ira. También hay tristeza a veces, más por lo que pudo ser y no es, que por lo que perdí, que muerto queda.

He llorado tanto que tengo dos surcos de la pupila al mentón grabados a fuego. 

Por eso me maquillo, para no dejar al descubierto los cauces por los que me derramé por no decir NO.

Existen dos tipos de mordisco. El de rabia y el de la pasión. En los dos, el veneno traspasa, en los dos limpio con mi lengua los restos y quedo también envenenada. Y a sollozar después a la madriguera.

Un día se seca el pozo del llanto. Como si se hubiera achicado todo el agua de una balsa dañada hasta encallar en las dunas. El agua se ha evaporado. Sin agua para las lágrimas y sin refugio para la rabia. 

Y hablas. Por fin, hablas. 

Así imagino el origen de la palabra. La primera palabra que resonó en el mundo, cuando ni el llanto, ni la violencia bastaron para abarcarlo todo. 

Imagino que la palabra nació de un cuerpo que se abre intentando alcanzar al otro.

Y que aún así, de nada sirve. Parte de un cuerpo y flota en el aire. Aire que el otro inhala, fonemas que exhala. ¿Queda rastro?

¿Qué rastro queda de mi palabra en ti? 

Por eso las cuido. Por eso cuida tú los silencios.

Porque el odio deja una cicatriz que ningún maquillaje oculta. 

Y todos queremos mostrar nuestra mejor cara. 

 

TEORÍA DE LA SINCRONICIDAD

Métodos de supervivencia en mañanas primaverales.

Carl Gustav Jung acuñó el término “sincronicidad” para referirse a las coincidencias significativas que suceden en un mismo espacio temporal. Como cuando piensas en alguien y te lo encuentras, o acabas de romper una relación y todas las canciones suenan a las canciones o, los nombres al azar en la calle coinciden con vuestros nombres. A lo mejor es que ahí, el cerebro se esfuerza en ignorar la derrota en busca de señales que nos anclen a la norma conocida.

Jung confiaba en la existencia de un inconsciente colectivo manifestado mediante símbolos, símbolos descifrados por cada individuo en forma de casualidades o causalidades. Para este psicólogo, lo mismo que para los Vedas, o los físico cuánticos el tiempo es un océano que se dobla y desdobla sobre sí mismo donde nosotros, pobres humanos, hemos de sumergirnos, bucear o ahogarnos.

Siguiendo la corriente de la que soy parte y todo, he aprendido a leer en el curso del agua lo que se supone que ya ha pasado, o sigue pasando aunque nunca sean las mismas aguas las que me cubran. Es un método que inventé hace tiempo, o que recordé si ya sabía, que traduje a mi manera.

Nado por esa corriente con los ojos bien abiertos, y la cabeza alta como una señora que evita mojarse el peinado.

Si un chispazo de voz prende a lo lejos y me deslumbra, procuro acercarme a él. Tomo a toda prisa la pala que escondo bajo las pupilas y escarbo entre mis papeles, para que no se conviertan en papel mojado. Remo y hundo el madero hasta extraer la idea que late dentro. Vierto después esos hallazgos vivos en mi cuaderno de arena, liso, azul oscuro, que  absorbe todo como una orilla. Mi hazaña no consiste en rescatar las palabras, siempre están ahí, sino en ir saltando de una a otra, de piedra en piedra hasta salir del agua. El mérito radica en mantenerse a flote.

 

De agravios y amor

Nueva ETAPA para esta nueva yo que hoy sonríe.

Hoy estrenamos “Mi agravio mudó mi ser” en un primer espacio pequeño, familiar pero con un gran equipo.

Crecerá, y se hará visible en escenarios a la altura de la propuesta, todo conlleva tiempo y paciencia. Me siento orgullosa de ellas y de ellos, me siento orgullosa de mí.

Estreno MI AGRAVIO después de haber vivido el agravio en mis propias carnes, de haber convivido con él.

¿Qué agravio? 

El de desaparecer día a día, ir mirando tus manos y que se borren como humo, de querer ser invisible pero buscar a la vez que te den un nombre para reconocerte. Convertirte en paradoja, vivir en la paradoja de mi género.

ERES SIN SER, NO ERES PORQUE NO TE VEN.

Hace más de un año, en un convento de clausura miraba pasar las aguas de un río y entre Heráclito y los patos salvajes me pregunté de pronto: Laura, ¿quién eres? No supe qué responder, yo, dueña temeraria de las palabras. 

Ahí comenzó este viaje. Como Leonor, mi protagonista saliendo de Sevilla, Laura salía de Burgos en busca de quién era, de quién es ahora ésta que escribe.

Desde entonces, he escrito, he amado y desamado, me he mirado al espejo cruzando al otro lado  en donde sola y desnuda, aún con cicatrices rojas en el cuerpo pronunciaba la palabra Soy. 

Nombrarme DRAMATURGA me ha hecho crecer. De alguna forma mis personajes: Leonor, Estela, Ribeta, Anne, Sylvia, Ted, Cristina, Marcela, Antonio, Camille, Gloria, Billie… han tomado mi cuerpo en el lugar de las ausencias llenándome de posibilidades, y las posibilidades son caminos para seguir viviendo. 

Decirme quién soy (hoy, ahora, no sé mañana) ha traído consigo a algunas personas confundidas que buscaron en mí sus propias respuestas. Pese al daño reconozco en ellas mi antiguo caos, y me alimentan.

 Darme un nombre da raíces, y da a la palabra el amor.

Por eso, quería que esta entrada fuera personal, porque lo personal es político y lo político amoroso. Porque por eso hago teatro, para reconocerme en mis compañer@s y en unos personajes tan llenos de luz que me guían a diario.

Leonor dice:

“Pájaros entre mis brazos

Abren conmigo las alas

¡Aliento para cantarlo!

Y queda en libertad mi alma.”

Y yo bailo con ella.

Y con VOSOTR@S MI AGRAVIO MUDÓ MI SER. Compañía de Creación Escénica. Fines de semana de mayo: Viernes 21.30/ Sábado 20.30/ Domingo 19

Metro Ventas. Reservas: produccion@ece-teatro.es

 

 

 

 

Atravesar el tiempo, atravesar el dolor

A veces, el tiempo puede ser un aliado.

Un día cumplí 20, y al instante 30.

Voy para los 40 aún. No parpadeo muy rápido por si acaso.

Caminando esta tarde por Chueca bajo el sol, he capturado de reojo un perfil fugaz pasando frente a un escaparate moderno. Era el de una mujer de medias negras y vestido violeta. Y sonreía. Era Yo.

Escribo continuamente qué es eso de ser mujer. Confío en que al condensarlo en palabras, signos y símbolos lo atraparé en un intervalo.

Me ha sorprendido. No porque no sonría, si no porque lo estaba haciendo por el puro placer de sonreír, del paseo, del calor de esta primavera que se resiste en llegar. Sonreía yo que lo ha llorado todo, a los muertos, a los vivos y a los que nunca se definieron por uno u otro estado. Y en una milésima de segundo, en menos tiempo que una respiración, mi vida, mis 36 años han pasado ante mí sin estar al borde de la muerte. Han pasado como un chasquido de lengua o el brillo de una mirada.

Vi los millones de estrellas en Reolid, las pesetas, los paisajes azules de Madrid, la vergüenza agazapada en mi vientre, la comba roja, el cuerpo dormido de alguien que amé, y el tren de un país, de mil países perforando montañas. Vi el pasado hoy, y no dolía. No me dolía.

¿Y mi dolor? ¿Dónde se fue? Con lo conocido que era, más que mi propio cuerpo. Se encaramaba en mis ganas y  asomado mis ojos se derramaba, se anudaba a mi garganta y cercenaba mi voz.

¿Qué queda en su hueco?

Quiero responder pero no puedo dejar de sonreír.

Sonreír yo, inaudito.

¿Será la madurez?

¿Será que me he hecho por fin, mujer?

¿Qué fui antes? ¿Paloma, murmullo, posibilidad, borrador?

Creo que es por que estoy dejando de esperar. A ti que no traes nada en las manos, o a ti que nunca vienes. Dejo de esperar milagros y los hago. ¿Cómo? Haciéndolos, es mi especialidad.

Así, cuando me asome a mi ventana por si debajo aguarda el príncipe azul (sé que no existes, no insistas) o por si llegan buenas noticias de fuera (ésas que apenas llegan) podré sentirme tan liviana sin el peso del dolor, que me lanzaré al vuelo para caer como los gatos, o podré bajar por la escalera como las chicas normales. Elegiré yo. Elegirá esta mujer que escribe.

Y lo haré sonriendo.