El deseo de belleza. 2017.

Balance y deseos.
Con mis mejores deseos.

El 2016 se sintetiza con una palabra: RETO

Y un aprendizaje fundamental: NO pagues cualquier precio por aquello que deseas.

Porque la vida, el universo, el destino, Dios (elija modo de creencia) me lo ha puesto delante, un deseo tras otro, en un laberinto de espejos donde por momentos, he dudado de quién soy.

Aquí me tenéis de nuevo, con una tarta enfriando en la ventana y el corazón tranquilo.

He escrito, y he escrito sobre lo que escrito.

He pisado muchos escenarios.

He habitado muchas aulas.

He dicho NO.

Me he sentido bendecida a cada pequeño paso. En los errores y en los aciertos, en los besos que dí y en los que quedaron pendientes, con cada vino, en cada oración a los vivos y a los muertos.

Yo que siempre me creí un ser extraño, capaz de crear belleza aunque indigno de recibirla, comparto esta belleza con vosotras y vosotros. Y me sé por fin DIGNA.

Llegó el día en que al escuchar mi nombre: LAURA, lo he reconocido como propio. Me pronuncio: Yo soy.  

Y ni tu vileza, tu miedo, tus ausencias, tus demandas, tus dudas, tus misterios, tu sombra importan (o sí, pero un poco menos) 

Lo he aprendido durante el 2016.

Al 2017 no le pido una nueva vida. Le pido ésta, conmigo y en compañía de quienes me aman y amo.

Deseo que mi palabra os conmueva. No a cualquier precio, sino al que merece.

Y regresar si me pierdo.

Gracias.

¡A por la belleza!

 

CReAR pArA CREER

Yo dejé de creer.

Dejé de creer. 

No me preguntes si tuya fue la culpa, si hubo culpa, si pude escoger.

Creí en ti, y en ti y, en ti.

Dejé de creer en mí

Aunque por la noche, los ojos se me abrían más que nunca para no descubrir en mi pecho un pozo por corazón.

Y dormía por encima del sueño.

Esto ha sucedido en todas esas vidas que yo he vivido antes donde he sido muñeca y madre, puta y santa, vidas en las que se me evaporó el talento junto con el deseo.

¿Si escribía por qué no estaba escribiendo? 

¿Creaba o dejaba pasar los trenes? 

No me preguntes si hiciste algo para que aquello cambiase, si dejaste de hacerlo, Yo sí escogí.

Y volví al teatro. 

Frenética, enloquecida, ensimismada.

Tenía mucho que perder pero llegué desnuda, sólo con mi vida a cuestas.

Nacieron “Los perros no van al cielo”, nacieron proyectos, acaba de nacer “En tránsito” y proyectos, MÁS PROYECTOS,

Llegásteis vosotros y os sumásteis: Carolina, Raquel, Miguel Ángel, Creador.es al completo, Matías, Montse, Darío, Óscar, Leticia, Almudena, Carmen, Naira, Iris, Ernesto, Esther, Verónica O, Fátima… cientos de nombres que hacen que me suene el teléfono y me resuene el pecho (casi) como si tuviera de nuevo corazón. 

GRACIAS

Y sonrío mientras escribo. 

El talento no sé dónde está, pero sí mi deseo. Está en volver a creer. 

Creer en mí para CREAR. 

ADELANTE.

Y al FINAL, Empezamos DE NUEVO.

“LOS PERROS NO VAN AL CIELO” 

LECTURA DRAMATIZADA

28 de Septiembre, 2015

19h.

SALA BERLANGA

Tu PaLAbrA en MI BoCa o La tELA De ARaÑA

Me dices que quizás me dejaste con la palabra en la boca.

Y yo aprieto los labios y la percibo moverse como el rabo de una lagartija. Muerdo la palabra y se divide en dos. Son dos palabras que vienen a partir por medio lo que te hubiera dicho. 

Me trago una, la palabra breve,como se traga la ostia sagrada de las misas por compromiso, y como en esas mismas ceremonias donde los ojos se clavan en tu nuca, la palabra se pega al paladar cortándome el aire. Decimos lo que podemos, lo que la palabra aferrada nos permite decir mientras se yergue muro, mientras deja de ser oblea para convertirse en filo.

La otra la escupo. Peor que el vómito o el aliento de la mañana. Desgarro su latido caliente, asesina, animal. Me gustaría purificar mi cuerpo en esa palabra agonizante y renacer como virgen en el arte de inventar historias.

Mato y no me las como, mato por el placer de matar y escupo lo que no me atrevo a contarte, mis miserias que son mías, mis deseos que son míos, mi locura que a nadie importa porque no alcanza entidad de fábula. Mato a veces lo que me daría la vida para no matarme yo si me atreviese a hacerlo.

¿Has escuchado? De nuevo hablo.   

Tejo con las palabras más bellas una telaraña que me cubre y me honra, con la que otros, quienes no ven más allá, dirán: ¡Cómo se nota que eres dramaturga! Recuerdo el cuento de la cerillera. Cada breve llama es una palabra que primero me abrasa los dedos, y en la que tú y yo nos reconocemos un segundo antes de la oscuridad absoluta. Cuando se consuman las cerillas, porque siempre se acaban, el hielo solamente me asesinará a mí.

Y sólo alcanzo a decirte frases que han ido a parar a una pantalla iluminada, sazonada con emoticonos y exclamaciones sin cuerpo ni sangre. Sin la sal de la vida, sin sabor.

En esta noche de verano, antes de partir mañana a recoger mi corazón lejos, entrelazo una palabra tras otra sin interés alguno y me convierto en personaje, me lo vas a permitir, para que mis palabras por fin me atraviesen la carne, quiero habitarlas por completo. El deseo de que entiendas es su dolor, un dolor que palpita.

Mírame, me relamo como una fiera antes de cerrar la boca, con la huella aún fresca de tus palabras sobre mis labios. 

Quien escribe aúlla y espera, como un personaje flotando sobre las aguas del río.

Y lo demás es silencio. 

Manual breve y definitivo sobre la felicidad.

¿Para ser feliz? Yo no tengo técnica alguna.

– Pero eres feliz.

– Sólo decírtelo me aleja de la felicidad como cuando te tapas los ojos con la mano porque el sol te deslumbra.

– Quiero ser feliz como tú.

– Y yo que dejes de repetirme que lo soy. 

– Se te ve. Te conozco desde siempre y nunca te había visto feliz.

– He sido feliz otras veces, a lo mejor no te habías dado cuenta.

– No de esta manera.

– Eres tú quien lo ve en mí.

– Te envidio. Quiero tu felicidad.

– No te serviría para nada, es mía.

– Envidio lo que acabas de decir, cómo lo sueltas con total tranquilidad y hasta cómo te cuestionas: ¿Feliz yo? A mí no se me ocurre ni preguntármelo, no lo soy.

–  A lo mejor es que no valoras lo que tienes.

– ¿Y qué tengo?

– Claro que si ni siquiera lo ves, el camino es mucho más largo.

– Oye, ¿no crees que suena un poco a libro de autoayuda? Si me recomiendas ahora la terapia sistémica o que tome rábano negro empezaré a creer que fumaste demasiada marihuana de chaval.

– Pues nunca viene mal fumar un poco, constelar o tomar vegetales.

– Tomar vegetales no nos vendría mal a ninguno de los dos. 

– Comer algo, quieres decir, aunque se nos va a quedar un tipín envidiable.

-Qué asco das.

– ¿Por? ¿Tan mal huelo? Tú tampoco estás hecho un primor..

– Porque le ves el lado positivo a todo. Puta felicidad, quién la tuviera.

– Y tú pareces el otro, el payaso gruñón, un personaje de Beckett. Un tipo abocado a la tristeza esperando que los demás le den una palmada en la espalda y le digan: Vamos, tío, si no estás tan mal…

– ¡Estoy mal!

– ¡Estamos los dos mal!

– Tú eres feliz, no me jodas.

– ¿Por qué no me paso el día quejándome?

– No me quejo, constato la realidad.

– Toda la vida lo mismo. ¿Y qué necesidad tienes de ser feliz? estamos aquí, juntos

– No te soporto cuando te pones feliz. Dime cómo lo haces y no volveré a sacar el tema.

– Creo que he dejado de esperar.

– ¿Esperar el qué? 

– Cualquier cosa.

– ¿Cómo qué? 

– Que vengan a buscarnos, por ejemplo.

– Más nos vale que vengan.

– O no, en la vida todo son decisiones binarias. Puede que sí, puede que no. Las dos respuestas son igual de válidas, sólo que no las pienso porque no puedo hacer nada para que la balanza caiga de uno u otro lado. Durante un tiempo me proyecté en el Sí, quería que nos buscasen, que nos encontraran respirando débil aunque con suficiente pulso y volver a lo de antes. Luego, opté por el No porque descansar un tiempo largo no nos vendría mal después de tanto ajetreo. Y así entre el SÍ y el NO llegó un “Y QUÉ”, y mira, empezaste a darme la tabarra con la felicidad. 

– Te has rendido.

– Si tú lo dices…

– ¡Y sonríes tan tranquilo!

– Es la cara que se me ha puesto.

– De felicidad constante.

– Nos estamos quedando sin carne. También las alimañas del bosque tienen derecho a comer. Si te mirases a un espejo, descubrirías tu gesto igual que el mío. 

– Ojalá nos echasen un poco de tierra por encima.

– ¿Para qué? Nos perderíamos estar al aire libre. Fíjate que cielo más despejado hay esta noche.

– El que no se consuela es porque no quiere, desde luego.

– No, es que sólo tenemos esto, un manto de estrellas sobre nosotros para contarlas todas.

– Vamos a tardar una eternidad.

– Tranquilo, compañero, creo que tenemos algo de tiempo.  

– Dime cómo lo haces.

– Tú cuenta y calla.

Útero

Dentro, aquí dentro, la luz que calienta mi nuca se proyecta contra la pared del fondo.

Veo desfilar sombras orondas, espigadas y efímeras. Extiendo la mano y recorto su silueta para fijarlas en mi memoria. Cruzan de un lado al otro y se esfuman con la misma inmaterialidad que trajeron. Me pregunto qué vienen a hacer en mi cueva y cuál es el camino que prosiguen, imagino cómo son sus rostros si tuviese la posibilidad de girarme y mirarlos. Pero no me está permitido, así que los construyo en mi mente y los voy cosiendo unos a otros hasta que fluyen como una corriente de aire capaz de contarme sus historias.

Invento el teatro.

Cierro la mano que recortaba perfiles y se convierte en puño, puño que entra por mi boca y desciende hasta el hueco abierto de mi vientre. Allí se expande y ondula, araña mis muros internos. La mano que ha visto tanto y ha sido capaz de remontar el aire se me ha colado en el cuerpo para desordenarme.

Aprendo a crear.

Por dentro soy suave y recia. Poseo textura de corteza y color de pétalo. Albergo miomas y silencios, aquella imagen suspendida de una rama, el beso que no alcanza, una carta que jugamos a escribir al actor al que admirabas. Dentro, muy dentro, dormita un dolor viejo que Eva legó a su hija y que se fue venciendo siglo tras siglo, sobre cada hembra. Lo heredé una madrugada de Otoño cuando mi madre me echó de su dentro.

Conozco la culpa.

Dentro, todavía más dentro, es tal el espacio que albergo que doy cabida a cuerpos ajenos, cuerpo pasajero o hermano, cuerpo que arrastra o visita.  Algunos se instalan por siempre y poco a poco, te van carcomiendo. Hay que arrancárselos, aunque tu carne vaya tras ellos. 

Descubro la decepción.

El dolor exige quietud y que aferre bien la esperanza no vayan a dejar de querernos si decimos no, si ponemos vetos.

Me enfrento al miedo.

Querida amiga, me pediste un texto, un texto tienes. No es el más tierno, ni el más ameno. Es como yo algunos días feos de niebla y rabia. En otros, volveremos al vino.

No es mi mejor texto, ni siquiera es un texto, es una sombra que está pasando, que ya pasó.

 Yo te lo entrego.

Se nos rompió el amor… cuatro años de Bruckner.

CAROL.- Está decidido.

No me fuerces a repetirte las razones.

Pese a todo siempre será único.

Gracias a todo, cuando me adentre en una multitud y tropiece con tu cara, ambas nos reconoceremos. Da igual el tiempo que pase o las máscaras que nos hayamos puesto. Me mirarás fijamente y hallarás entreabierta mi memoria, aunque me asfixie la pena esa noche o nos maldigamos como dos viejos estafadores cazados en idéntico fraude.

Habrá un pedazo de mí repicando en tu saludo y una pregunta en el aire que no deberíamos responder.

He procurado hacerlo lo mejor posible pero podría haberlo hecho mejor. Aún así no pienso pedirte perdón porque he actuado de buen fe. Y fe en ti no me ha faltado un instante. No es la falta de fe las que nos ha aniquilado.

Has sido mi primer amor. No creo que ame a nadie más como te he amado aunque espero amar a muchas otras personas. Eres tan maravillosa que da miedo. Me jode saber que en cada beso que dé y en cada piel que pruebe aparecerá tu nombre como la marca del vampiro.

Se acabó.

Laura RG. “Proyecto Bruckner” 

Versión 2010.

Las buenas chicas

¿Cómo las mujeres podemos ser benevolentes si no somos benevolentes con nosotras mismas? 

Simone de Beauvoir

Las buenas chicas (como yo) jamás tropiezan dos veces con la misma piedra, les basta estamparse una vez contra la acera para que de nuevo en pie, continúen adelante con la lección aprendida: no mires el suelo al andar.

Las buenas chicas aceptan las situaciones por adversas que las pinten, tienen capacidad para comprenderlo todo y digerirlo todo sin perder las buenas formas, bajo ningún concepto han de perder las buenas formas porque son buenas chicas, no lo olvidemos.

Las buenas chicas se reservan el derecho a réplica cuando otros dan la situación por zanjada o cuando en un alarde de gallardía espeluznante cae el silencio como un telón de acero. Toma un trago, anda. Míralas, llorando sobre el hombro de sus amigas y de sus amigos gays pero mira como beben los peces en el río, también ellas tienen derecho a pillarse una buena cogorza para sanar con alcohol sus heridas más hondas. Lo que no se puede, lo que no se debe, lo que no se hace (no, no es que esté mal visto, es sólo que no es lo habitual) es que esa buena chica un día explote y zarandee al mudo de los hermanos Marx hasta sacarle las vocales una a una, que le grite a la cara y sin educación: ¡Malditocabrónhijodeputacobardeojalátepudrasenelinfiernotúytupersonajesensiblerodetresalcuarto!

Eso no estaría nada bien. No pondríamos violentos y la violencia incomoda. Además -Cuando te pones así, no hay quien hable contigo- La violencia nos coloca en un estado de tensión innecesaria, nos genera mala onda, nos hace retroceder en el karma, evita perdonar-nos y a ti, buena chica, te hace perder puntos a ojos de las personas que te rodean, de los que estén a tu alrededor en el bar, del coche de policía que frena en medio de la calle al verte histérica perdida. Vaya cosas se te ocurren. La vida es cruel, hay que aceptar, aceptar, aceptar hacia dentro, hacia dentro. Si no existe una explicación coherente ya te la inventarás tú solita. Al pedirla de nuevo lo más probable es que llegues a sentirte una auténtica nazi. ¡Acepta!

Tenemos a las buenas chicas que un día deciden jugar con las armas de los chicos malos. Follan más, beben más, medran más, manejan más poder. Durante un tiempo considerado entre prohibido y  excitante las buenas chicas actúan como chicas malas, no malas chicas no confundamos sino no podrán regresar como las buenas chicas que son. Buena chica, lo has entendido.

Dicen que existen buenas chicas un tanto rebeldes que deciden experimentar: se rapan el pelo a cero, leen tesis feministas, practican culturismo, incluso otras se enrollan con su vecina del segundo. Algunas de esas chicas, ahora denominadas bollo buenas chicas, se vuelven incapaces de tomar café sin tener al lado a su nueva pareja bollo buena chica e incluso, de ir al baño solas.

Las buenas chicas no sólo piensan en chicos o en chicas o en qué hacer con su cuerpo cuando no están de servicio. Ahí lo más probable es que se pongan su pijama de peluche azul celeste y se dejen crecer los pelos de las piernas pensando: dios, llévame pronto mas avisa antes para que me depile porque mi madre me ha dicho que no salga a la calle con malos pelos, o con pelos, y con la ropa interior sucia por si me pasara algo.

A veces, una buena chica cualquiera, de las que se quejan, pasa por una mala temporada, una buena mala temporada de no querer salir de la cama ni aunque se te siente encima Paquirrín. Y se obligan colocándose las tripas por montera para hacer “vida social” con una amiga, o por otra o por ti aunque siga siendo un día horrible. Quieres vomitar aunque no hayas comido, y tu cabeza funciona como una lavadora centrifugando. Eres una buena chica, no es recomendable que estés dando siempre el coñazo con tus historias. Tuyas son, estás jodida, todos lo sabemos, es lo que hay. Recibes una noticia, un comentario, un mensaje, una llamada a destiempo, un cartel en el metro, un encuentro inesperado, un profesor que te complicó la vida detrás de ti en el patio de butacas, una foto que se resbala del libro a medias. Y contestas mal. No demasiado mal, feo. Así, con desagrado, con mohín rabioso. No quieres decir más. Quieres huir. Dejar atrás la sorpresa, la indignación, tu propia culpa. Te pones en pie, das dos besos leves y echas a correr calle arriba para llorarlo todo después. La liaste. Irás al infierno de los solos.

Luego te consuelas pensando que podrás llamar más tranquila y pedir disculpas sinceras, que la otra persona lo entenderá porque decía entenderte. Pero nunca más te coge el teléfono, no te contesta los mails, ni siquiera te da un me gusta! en facebook.

Es el fin de tu bondad en un mundo donde todos están muy ocupados si les va bien. Cuando no era así no era así, dejémoslo en ese punto, buena chica. Te recomiendo la terapia cognitivo conductual donde te van a enseñar en unas cuantas sesiones ejercicios prácticos para etiquetar las emociones, dejarlas suceder y encontrar el pensamiento limitante escondido debajo para poder cambiarlo por un pensamiento adaptativo. Toma ya. Cuánto te queda por delante. Ser Buena cuesta más que la fama.

No desesperes. Pide ayuda a tu terapeuta, a otra amiga, al que acabas de conocer. Puedes decirle: -Quiero ser una buena chica pero se me da fatal. Échame una mano. Ayúdame a comprenderme, pásame ese contacto de curro, ponme la autoestima en su sitio a base de abrazos- Tampoco funciona, algo no encaja, el contacto no llega, el contacto humano tampoco.

Una mañana topas en la parada del autobús con una buena chica, una auténtica buena chica de las que hablan poco y sonríen mucho. ¡Qué chica más buena! Charláis. Hace frío, el bus en Madrid tarda una eternidad… como las frases superficiales no dan calor entráis en materia. Comenta algo como un chispazo. Algo así como el último brillo de una bengala antes de apagarse. No crees lo que estás oyendo. Persigues el olor a chamusquina. Indagas. La buena chica suelta por su linda boquita un ensartado de opiniones sobre determinada situación que te dejan boquiabierta ¡Es lo que tú pensabas! y notas deshacerse el nudo de tu garganta en su boca.

Descubres la gran mentira. La red metálica contra las que las chicas se estrellan para lograr ser buenas. El hartazgo, la nausea.

¿Qué os pensabais que las buenas chicas no estamos hasta el coño del papel? ¿Qué nos gusta el “maquillaje” a todas horas? ¿Qué NO es SÍ y es porque no hemos sido lo suficientemente claras?

¿Qué la ambigüedad es un rasgo muy femenino para jugar con ventaja? ¿Qué todo vale? ¿Qué querer a alguien es escribir te quiero en ocho caracteres? ¿Qué mostrarse sensible es ser una desquiciada premenstrual y bohemia?

Hay millones de buenas chicas deseando romper, rasgar, descuartizar, gritar y pegar puñetazos. Estoy segura de que estáis ahí, escondidas, mascullando maldiciones quizás contra mí, asfixiándose cada noche con el peso del cuerpo muerto de alguien muerto en vuestra cama, muy polites, limpias, pulcras.

Siempre pulcras hasta cuando no deseáis serlo.

Nos tienen que seguir queriendo. ¿Nos tienen que seguir queriendo?

No sé. Yo sólo soy una buena chica, como vosotras.

Y siempre tropiezo con la misma piedra.

Mil maneras de romper contigo. La cena prenavideña.

Hoy tenemos cena prenavideña.

Uno de esos eventos asfixiantes en los que he tenido que decir que sí para que no me acuses de rancia y antisocial. Llevo tres días pensando en qué ponerme, y sé que aunque fuera con un Pedro del Hierro me destriparían igual que si mi aspecto fuese el de una gitana de mercadillo. Así que me embuto una camisa de segunda mano y la sonrisa me la pinto con un perfilador, también a mano.

No tienen maldad. Se aburren, y se aburren mucho. Las pocas chicas de la cena estarán en calidad de novia de… y una vez que hayan agotado el tema de la maternidad, boda y piso devoraran toneladas de patatas light  mientras los chicos se amontonan en el sofá bebiendo y mandándose memes. Así hasta que alguien diga: Listo, ciao. Mañana madrugamos para…. rellene por la línea de puntos. Siempre cuela.

Los anfitriones guapos, universitarios y heterosexuales -claro- viven en un ático monísimo en el barrio ése tan de moda. Un barrio estupendo para criar polluelos y para guardar en parking coche, moto y ahora, bici eléctrica. De todo tienen ellos, con un permanente discurso de:- a pesar de nuestros artefactos Bang & blablabla, del vino californiano y de la alfombra persa, entendemos, de verdad, que os volváis andando a casa en pleno diciembre de ventisca en vez de coger un taxi calentito y veloz.

Ah, y tienen un chihuahua al que le falta un ojo. Le dejó tuerto un entrenador, su propio entrenador seguro, en el certamen de jóvenes talentos y pedigrí. Sí, de talentos, como en telecinco. Parte del jurado coincide porque los criterios son los mismos.

El chihuahua tuerto ladra como el demonio. Ladra sin control, de hecho le jalean para que libere tensión, no todo los días se pasa de subcampeón municipal a perrillo faldero. Yo sé que ese perro no es tuerto, se lo hace. Le han puesto un parche con un estampado de los buhitos que se llevan ahora. Y te mira de medio lado, los chihuahuas tienen los ojos un tanto alejados entre sí, como diciendo: sé lo que piensas. Vas a dejar a ese tipo.

Y tiene razón. Acabo de decidirlo. Me veo ahí, rebosante de picoteos del mercadona y con un par de copas de vino. Me he acercado al sofá, estoy harta de hablar pespunteando las palabras para no decir nada. Los chicos cuentan historias. Me acerco y escucho. Alguna anécdota mejor no escucharla sólo resaltaré las palabras: guarrilla, estar pa darla, pillar.

Se me revuelve la cena, estoy con ese puntillo ebrio en que te molesta callarte. Y piensas: Bah, intégrate, estamos entre amigos. Demuestra que no eres tonta. Haz pedagogía con gracejo.

Opino. Oh, my goddess!. Debo haber dicho algo impactante a tenor del silencio. Hasta el perro ha dejado de ladrar. Y tú dices: Tía, ya te estás poniendo feminista. Y me echas un cable con una broma aún más irritante.

Noto la presión de tu mano en la mía. No sé si para darme afecto o para cortarme la circulación. El contacto me devuelve a la realidad. Ahora, éste es el momento. Me pondré de pie, me colgaré el bolso del hombro y saldré por la puerta con la cabeza bien alta ante la sorpresa general. Ahí, desprevenidos. Cogeré un taxi de vuelta.

Me pongo de pie e intento zafarme de tu mano. Aprietas con fuerza, forcejeo para soltarme :- Déjame, mi amor, tengo pipí. Pierdo el equilibrio y doy un traspiés. La puntera de mi zapato del Zara perfora el único ojo sano del perro de Éboli, el perro recupera la habilidad del ladrido con renovada energía. En la luna la bandera de EEUU ondea hasta lo perceptible gracias a la potencia de su voz perruna.  Empiezo a tambalearme, y la alfombra persa me parece un buen lugar para un derrumbe digno si no fuese porque todos, todos, están encima del chihuahua y no queda un milímetro de alfombra libre.

Mierda, mierda de perro de nuevo.

Las corrientes subterráneas

De niña, yo quería ser invisible. No como los superhéroes, simplemente no visible para los demás.

Entraba y salía de las aulas convencida de que nadie me había visto. Por apellido siempre me sentaban detrás y por suerte, no fui alta. Era la típica niña morena, ni guapa ni fea, con cara de buenecita y poco proclive a intervenir en asuntos colectivos. Quería pasar desapercibida como fuese, que me saltasen de la lista, que no saliera en la foto. Había aprendido a caminar silenciosa como los gatos, a jugar en los rincones con objetos mudos, los libros.

Jamás supe jugar a la goma, y creo que salté a la comba media docena de veces, tal era mi desagrado a tropezar y quedar en evidencia, a resaltar en algo. A veces mis buenas notas obligaban a las profesoras a ponerle cara a ese nombre, y entonces, sólo entonces, bajo la pupila de compañeras y de la admirada maestra de turno enrojecía antes de desear con todas mis fuerzas palidecer y volverme transparente.

En casa salía huyendo como los ratones de la luz. Mi padre me empujaba a la palestra, obcecado en que debía de dar ejemplo a unos hermanos presos en aquella infancia. Y yo me resistía, me volvía de carne roja y azul cuando sólo quería no tener color.

La niña se fue haciendo una mujer de rostro maquillado. Durante su niñez había aprendido que a cara descubierta duelen más las bofetadas.

A los dieciséis quiso ser vista, y a los veinte, a los veinticuatro, a los treinta y uno. Anheló igual que los otros, disponer de un nombre para que alguien pudiera deletrearlo. Pobre, con la de mondaduras que acumulaba en la alacena. Ella no tenía corazón, tenía un llanto.

Se había esforzado tantísimo en hacerse transparente que después no lograba que nadie la mirase. Se preguntaba una y otra vez, cómo se podía invertir el hechizo.  Anduvo buscándose un tiempo en el tacto ajeno. Manos arriba y abajo, visitas inesperadas, índices que pellizcaban sus contornos. Y cuando esas manos salían volando, como vuelan los cuervos ahítos de carne, volvía a quedarse en los huesos.

Sobre la cuerda floja de un nuevo día, camino en cueros, Mi gesto es de payasa vieja. El hilo pende de mí.

Esa cuerda no floja, sino tensa como la yugular de un ahorcado, cruza la ciudad dormida, las pantallas planas y la ruta fiel de los gatos. Me balanceo y estiro sobre los perfiles de un Madrid que yo misma he ido trazando. No hay esquina en la ciudad en donde no haya escondido algo. Y mi sombra aún refleja. Pero sin otra mirada no hay objeto, sin un verbo que te nombre nada existe. Me tienta caer. No se puede ser y no ser transparente.

Suena debajo de mí un rumor de aguas ocultas. Torrentes que rugen y se atrapan, choques de palabras agitadas.

Madrid no deslumbra por su río, no rezuman humedad sus arboledas. ¿Será que estoy hinchada de recuerdos? ¿Será que he de lloverme?

El sonido aumenta y me acompaña, marca el ritmo de los pasos que equivoco, suspendo mi vaivén para escucharlo. No sé si entiendo lo que dicen. Mejor no escucho. Y entonces, habla el agua a borbotones; por hablar.

Dice: Te vemos. Somos tu reverso en el mirar, no ves porque no miras bien. Asómate.

Y yo me atrevo, mitad Narciso mitad Dorian Gray, y me descubro reflejada. Me asombra la textura acuosa de mi nombre y esa cara asumida como propia que, casi sonríe y el cuerpo navegando en un abrazo.

Cuántas miradas nos surcan, cuántas corrientes confluyen en nosotros para seguir río abajo.

Lentamente abro el portátil, necesito deciros: Gracias.

Queridos amigos míos, gracias por verme.