Restos del naufragio

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida”

Anuncios

Digo lo que necesito decir, o escribir, o vomitar. Yo, la comedida, la prudente, reúno estos tres verbos en uno solo y cuando digo, vomito, y cuando escribo, vomito.

Voy a hablar. No es una metáfora. Una sandía partida en donde se han detenido las moscas a desovar. Eso sí es una metáfora.

Lo sé, cabrones, por eso escribo, para que no me soltéis un diagnóstico evidente, y luego desaparezcáis. Escribo para no tener amigos, y para no depender de ellos, aunque los tenga.

He redactado ya los prolegómenos. Un poco de vaselina antes de disparar a bocajarro. Las balas se deslizarán suavemente por la piel entrando en la carne. Y el chasquido de los huesos me sacará una sonrisa.

Habita algo excitante en lo que intuyo que voy a escribir, un zumbido entre mis costillas como un constipado mal curado, un recuerdo que busca la pregunta que se quedó sin respuesta pero que aún no termina de encajar, un picor indefinido en el pie.

Escribiré sobre la falta de comunicación. Sobre la incomunicación o sobre el ruido. Algo sobre esas personas que pasan por nuestra vida haciendo mucho ruido (y pocas nueces)

Sobre la ausencia.

Algo como esto:

“Nada hiciste sino ruido. Malestar en la pantalla, malestar en mi cuerpo. Y yo pataleando como una niña a la que los reyes le han traído un regalo terrible, a la que le han traído un pijama de felpa viviendo en Canarias.

Mereces mi odio. La baba negra y cruel de una persona herida.

Herida sin saña, al descuido, dejando llagas abiertas y con mal aspecto.

Heridas por las que nadie será acusado de homicidio. Tantas heridas como en el pellejo de un oso abatido.  Mi piel no podrá usarla nadie más como alfombra después”

Hablo en general, por supuesto. No. Hablo por mí aunque no para mí.

Lo mejor de escribir en blanco es que suele quedarse en nada. En un documento de  título aleatorio  del que me desharé cuando haga limpieza. Una mamada. Una paja en el asiento de atrás de un coche de alta gama pasados los cuarenta. Un insulto entre dientes porque gritarlo conlleva valor. Un valor a la baja.

Escribiré sobre la aceptación de la realidad. Y cómo esa aceptación me llevará a sentir amor por el presente. Será un ejercicio de estilo tan de moda en las escuelas. Voy a ver si “amando lo que hay” me dan un Max o un Planeta.

Articularé frases de este tipo:

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida junto al teatro, la familia y los pueblos de costa vacacionales. Coprofagia emocional sería. No sé por qué no lo me lo olí antes. Porque era una mierda perfumada, una mierda con perfume de marca.

Besé la mierda como quien besa una flor, y me llevé la lengua sucia. Por eso escribo lo que escribo. No es mi culpa. No uses perfumes de cien euros el bote, no pongas mirada de cervatillo herido, no abraces con aparente candor. Deja que aflore la mierda de la fosa séptica que ocultas, deja que te amen por ello si tienes huevos. Que te amen con tu mierda y tu silencio.”

En definitiva, una escribe sobre lo que ha vivido, lo que espera vivir o lo que cree que vivió. Sobre la memoria y sobre el otro. Me temo que siempre escribimos sobre el otro, para ver si lo alcanzamos. 

Recojo mientras tanto, los restos del naufragio, textos sobrantes, ideas cruzadas y puntos suspensivos. Y los tiendo al sol, para que seque la tinta.

Me sobran piezas. Quizás sea yo la que no encaja. 

Escribiré sobre ello. 

Paso.

Mierda, ya lo estoy haciendo. 

 

Atravesar el tiempo, atravesar el dolor

A veces, el tiempo puede ser un aliado.

Un día cumplí 20, y al instante 30.

Voy para los 40 aún. No parpadeo muy rápido por si acaso.

Caminando esta tarde por Chueca bajo el sol, he capturado de reojo un perfil fugaz pasando frente a un escaparate moderno. Era el de una mujer de medias negras y vestido violeta. Y sonreía. Era Yo.

Escribo continuamente qué es eso de ser mujer. Confío en que al condensarlo en palabras, signos y símbolos lo atraparé en un intervalo.

Me ha sorprendido. No porque no sonría, si no porque lo estaba haciendo por el puro placer de sonreír, del paseo, del calor de esta primavera que se resiste en llegar. Sonreía yo que lo ha llorado todo, a los muertos, a los vivos y a los que nunca se definieron por uno u otro estado. Y en una milésima de segundo, en menos tiempo que una respiración, mi vida, mis 36 años han pasado ante mí sin estar al borde de la muerte. Han pasado como un chasquido de lengua o el brillo de una mirada.

Vi los millones de estrellas en Reolid, las pesetas, los paisajes azules de Madrid, la vergüenza agazapada en mi vientre, la comba roja, el cuerpo dormido de alguien que amé, y el tren de un país, de mil países perforando montañas. Vi el pasado hoy, y no dolía. No me dolía.

¿Y mi dolor? ¿Dónde se fue? Con lo conocido que era, más que mi propio cuerpo. Se encaramaba en mis ganas y  asomado mis ojos se derramaba, se anudaba a mi garganta y cercenaba mi voz.

¿Qué queda en su hueco?

Quiero responder pero no puedo dejar de sonreír.

Sonreír yo, inaudito.

¿Será la madurez?

¿Será que me he hecho por fin, mujer?

¿Qué fui antes? ¿Paloma, murmullo, posibilidad, borrador?

Creo que es por que estoy dejando de esperar. A ti que no traes nada en las manos, o a ti que nunca vienes. Dejo de esperar milagros y los hago. ¿Cómo? Haciéndolos, es mi especialidad.

Así, cuando me asome a mi ventana por si debajo aguarda el príncipe azul (sé que no existes, no insistas) o por si llegan buenas noticias de fuera (ésas que apenas llegan) podré sentirme tan liviana sin el peso del dolor, que me lanzaré al vuelo para caer como los gatos, o podré bajar por la escalera como las chicas normales. Elegiré yo. Elegirá esta mujer que escribe.

Y lo haré sonriendo.

 

El DON de la INVISIBILIDAD

Éste es mi homenaje a las mujeres en este 8 de Marzo.
Y a quienes nos acompañan en este trabajo de existir.

La madre de mi madre, mi abuela Mariana, parió seis hijos y se partía el lomo arrancando patatas de una tierra en postguerra, hambrienta de esperanza.

La madre de la madre de mi madre, mi bisabuela Anselma, se puso al frente de su familia tras quedarse viuda muy joven, y se montó un telar con sus hijas en donde entre hebras de colores recitaba unos cantares que yo aún recuerdo. 

Mi madre, Anselma a ratos, y Juana a otros, nos sacó adelante con tres trabajos a la vez después de que su marido la hiciera, nos hiciera polvo la alegría.

Mi madre, la madre de mi madre, la madre de la madre de mi madre y así, en remonte hasta Lilith me enseñaron que debíamos trabajar sin descanso. Trabajar para ganarnos el pan, trabajar para ganarnos la vida, como si la vida hubiera que hacerla de uno a base de sacrificio. Como si vivir no fuera lo único que no hemos elegido.

Mis mujeres me enseñaron también a mostrarme complaciente, a esperar, a ser buena persona y que se note, a servir al otro, a estar atenta a sus enfermedades y preocupaciones, a asumir ausencias, a esforzarme en ser más lista, más guapa y más limpia aunque no te miren o vean a través de ti. 

Hacerse mujer es en sí un auténtico trabajo.

Hoy es 8 de Marzo. Y alguien nos ha dicho que debemos conmemorar El Día de la Mujer trabajadora. En este día, un grupo de mujeres fueron asesinadas por creer que trabajar era un deber y a su vez, un derecho por el que se perciben beneficios. 

Hoy debemos celebrar este santo laico, en una sociedad ávida de mártires por capturar una foto fija donde imprimir un eslogan.

 Pero yo sigo pensando en mis mujeres que trabajan para ser alguien en la vida cuando ellas mismas no se sienten nadie si no las nombran. Pienso en mí.

Yo sé lo que es ser invisible. Lo he sido desde niña. Podía estar a tu lado y no darte cuenta. Podía estudiar contigo la carrera y no recordar si era yo o esa chica llamada María. Yo tenía ese don que me salvó el cuello a base de no ser nadie. 

Ahora tras muchísimo trabajo (cómo no) he empezado a  dejar de serlo aunque sigo siéndolo a la vez, porque me dedico a algo tan inasible como la creación. Y ser mujer en el mundo de las artes escénicas es ser de nuevo, invisible. Y hablo de lo que sé en mi carne transparente. 

Si ser mujer es un trabajo, ser mujer en el teatro es un trabajo añadido. ¿Qué estamos entonces celebrando? 

¿Para cuándo el día de la mujer ociosa? ¿De la mujer negra, pobre, Down, lesbiana, teatrera y ociosa? Todo junto, todo en minoría.

Nombremos el 8 de Marzo como el DÍA DE LA MUJER EMPLEADA.

Para TRABAJO YA ESTÁN los 364 días restantes del resto de tu vida.

 

CoNocErME

Esperarte

Guardarte

Recordarte

Todo en te

Tomar el te

Tomarte el pelo

Besarte

Quererte

Querer  que lo recibas

Porque lo mereces

Te lo mereces

Te lo puedo decir más alto

Y más claro

Te lo digo igual

Te de tolerancia

Te de temor

a que te rindas

Te de tila para la angustia

Jódete, Laura

Te, ti, tú y tus circunstancias

Segunda persona del singular

Ten cuidado

te la estás jugando.

Te quiero, vida mía

Te quiero noche y día

No he querido nunca así

Te quiero con locura

Con odio y con ternura

Sólo vivo para ti

Dale la vuelta al TE

DÁSELA

TE- ET

La conjunción latina de unión

¿Y?

¿Qué te habías creído?

¡Qué terrible ironía!

Te lo puedo decir más alto

Te lo hubiera dicho más claro

Si te hubiera visto venir.

Qué te jodan.

Te lo dije entonces, te lo niego ahora.

Te pienso te pienso te pienso.

Te en medio de la palabra intensidad

Te al final de la palabra amante

Donde tomamos te y luego follamos

Con la vida tenemos dos opciones

O la tememos

o la terminamos hasta el fondo, como una botella de tinto.

Te lo mostré

Te lo estoy mostrando

Te importe o no.

A mí Me importa

Quizás tiendo a exagerar

Está terminantemente prohibido creer

En este mundo de tensiones extremas

De terrorismo

De máscaras que uno pretende

arrancarse temblando.

Déjate. Piérdete. Muérete.

Tú en lo externo.

Yo tecleando el te de

Te has ensuciado

Y perdiste tu luz

sin entregarte

Te lo digo tan claro

Como la luz que aun mantengo

De la segunda persona a la primera existe una diferencia

Tanta como del tú al yo

Aunque no te des por enterado.

Me+et

MEET 

Tu PaLAbrA en MI BoCa o La tELA De ARaÑA

Me dices que quizás me dejaste con la palabra en la boca.

Y yo aprieto los labios y la percibo moverse como el rabo de una lagartija. Muerdo la palabra y se divide en dos. Son dos palabras que vienen a partir por medio lo que te hubiera dicho. 

Me trago una, la palabra breve,como se traga la ostia sagrada de las misas por compromiso, y como en esas mismas ceremonias donde los ojos se clavan en tu nuca, la palabra se pega al paladar cortándome el aire. Decimos lo que podemos, lo que la palabra aferrada nos permite decir mientras se yergue muro, mientras deja de ser oblea para convertirse en filo.

La otra la escupo. Peor que el vómito o el aliento de la mañana. Desgarro su latido caliente, asesina, animal. Me gustaría purificar mi cuerpo en esa palabra agonizante y renacer como virgen en el arte de inventar historias.

Mato y no me las como, mato por el placer de matar y escupo lo que no me atrevo a contarte, mis miserias que son mías, mis deseos que son míos, mi locura que a nadie importa porque no alcanza entidad de fábula. Mato a veces lo que me daría la vida para no matarme yo si me atreviese a hacerlo.

¿Has escuchado? De nuevo hablo.   

Tejo con las palabras más bellas una telaraña que me cubre y me honra, con la que otros, quienes no ven más allá, dirán: ¡Cómo se nota que eres dramaturga! Recuerdo el cuento de la cerillera. Cada breve llama es una palabra que primero me abrasa los dedos, y en la que tú y yo nos reconocemos un segundo antes de la oscuridad absoluta. Cuando se consuman las cerillas, porque siempre se acaban, el hielo solamente me asesinará a mí.

Y sólo alcanzo a decirte frases que han ido a parar a una pantalla iluminada, sazonada con emoticonos y exclamaciones sin cuerpo ni sangre. Sin la sal de la vida, sin sabor.

En esta noche de verano, antes de partir mañana a recoger mi corazón lejos, entrelazo una palabra tras otra sin interés alguno y me convierto en personaje, me lo vas a permitir, para que mis palabras por fin me atraviesen la carne, quiero habitarlas por completo. El deseo de que entiendas es su dolor, un dolor que palpita.

Mírame, me relamo como una fiera antes de cerrar la boca, con la huella aún fresca de tus palabras sobre mis labios. 

Quien escribe aúlla y espera, como un personaje flotando sobre las aguas del río.

Y lo demás es silencio. 

Mi HisTOrIA Es pArA Ti

https://youtu.be/s-S28rX_c24 

Érase que se era, en un país muy muy lejano, una muchacha mirando a través de la ventana. Al otro lado del cristal veía cruzar rápido a los transeúntes, la danza de los coches, el ascender implacable del calor del asfalto.

Y lo anotaba, todo lo anotaba en un cuaderno rojo sangre.

En el día de su treinta y cinco cumpleaños, su madre, la reina madre le dijo:

-Ve fuera y tráeme la respuesta.

La muchacha que no era princesa aunque sí hija, aceptó el encargo y se dispuso a partir, desconocedora absoluta del camino.

Salió a la calle y anduvo hasta dejar atrás el palacio, los edificios, la puerta del Sol.

En la encrucijada del reino, allá justo donde empezaba a cambiar el color del paisaje, tropezó con un mendigo lamentándose. Era tal su dolor al moverse e intentar avanzar que no pudo por menos, que ofrecerle su espalda. Cargó con él mientras el otro hablaba de sus planes de futuro y de cómo subiría al trono en cuanto tuviese la oportunidad. Siguieron adelante durante días hasta que la muchacha, agotada, no pudo dar un paso más.

El mendigo desde lo más alto de su grupa no dejaba de gritar: ¿Por qué paras?  ¿De qué te quejas? ¿Cómo puedes ser tan incómoda?

-Basta- dijo ella. Y descargando al mendigo le preguntó: – ¿Por qué no lo valoras?

– Fuiste tú quien me recogió del suelo. Yo no te pedí ayuda.

La muchacha derramó una lágrima y se puso en camino, sola esta vez como esa misma lágrima.

Cruzó el país de arriba abajo y fue recogiendo en su bolsa las respuestas que las  gentes le entregaban por un rato de charla, un cuento improvisado, un abrazo.

Sin embargo, la muchacha no creía haber hallado aún la que le había pedido la reina madre.

En la orillita del mar, pisando descalza guijarros blancos, se encontró a un pescador que revisaba sus redes.

– ¿Tiene usted la respuesta?

– Sólo tengo estas redes y un viejo barco.

– Tiene usted paz entonces, no lo que desea mi madre.

– Yo lo que deseo son peces.

– ¿Valdrían los peces como respuesta?

– Toma uno. A cambio, ayúdame a extender mi red para que pueda coserla.

– Lo haré lo mejor que pueda.

– Ya lo estás haciendo.

Y una vez remendadas, la muchacha partió con un pez plata en las manos.

Exhausta de buscar, se internó en lo profundo del bosque. Allí, donde las pisadas suenan a besos y la cobertura ha desaparecido, se alzaba un árbol centenario a cuya sombra decidió sentarse con ella misma. Tomó aire la muchacha y cerró los ojos… cuando sintió el tacto de una mano que la zarandeaba. Un hombre de aspecto brillante e impecable hechura sonreía con seguridad ante ella.

  • Disculpa, te has sentado bajo el árbol.
  • No sabía que fuese tu árbol.
  • No es mi árbol, es mi sitio.
  • Podemos compartirlo. Quisiera descansar un ratito.
  • Cualquiera en este bosque conoce mi sitio y lo que me ha costado ganármelo. Hasta aquí vienen a buscar mis respuestas, no vayan a equivocarse si te encuentran a ti.
  • Entonces, ¿eres tú quien posee las respuestas?
  • Yo soy.
  • ¿Y quién eres tú?
  • Yo soy quien soy.
  • ¿Tienes la respuesta?
  • ¿Qué tienes para mí?
  • Poco, un pez.
  • Guárdate tu pez maloliente. Dame algo más.
  • No tengo más.
  • Pues entonces, aléjate de mi árbol.
  • Dijiste que no era tuyo.
  • Tuyo no va a ser. Tendrás que conformarte.

La muchacha se alejó del árbol y el hombre sabio y, al borde del río vertió otra lágrima sola que fue a caer sobre el pez.

Y el pez abriendo mucho la boca al sentir el sabor a sal, le pidió por favor, que lo arrojase al agua como gesto de buena voluntad.

La muchacha obedeció porque no es habitual que lo peces hablen. Una vez en su elemento, el pez pegando un par de cabriolas entusiastas y acariciando con las aletas los pies de la muchacha le susurró:

  • Ya es hora de que vuelvas.
  • Pero, y la respuesta? Mi madre no me dejará volver sin ella.
  • Dentro, dentro del agua- se oyó mientras se alejaba cauce abajo.

 La muchacha ha regresado, más ligera que partió, al palacio que no es palacio sino un piso en la Latina.

La reina madre lo supo en cuanto la vio entrar por la puerta.

  • ¿Traes la respuesta contigo?
  • Traigo mi cuerpo de vuelta.

Y abriendo de par en par las ventanas para que entrasen los ruidos de fuera, abrió también su cuaderno rojo sangre y se dispuso a anotarlo, todo.

Colorín colorado, este cuento de momento, se ha acabado. 

(Yo)Te beso

El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro…
¡Quién lo pudiera tornar
—y en tu boca…—otra vez beso!

Dulce María Loynaz

Para besar sólo hace falta fruncir los labios, acomodar la lengua en el paladar y aproximar el propio cuerpo con la intención debida.

No es lo mismo el beso de la abuela, que el del niño o el amante (Porque un beso de amor no se lo das a cualquiera)

Yo quiero hoy besarte por medio de esta página. Hacer homenaje y venganza, dar un beso grato desde lo ingrato de la vida, generar carnalidad con la textura terrosa de una palabra. Si con la palabra también se hiere y mata, con ella te quiero  besar.

Besó Judas, besó Amor a Psiquis, y no sé cuántas bocas pasaron por Blancanieves antes de la llegada del príncipe. Besó el primer amor marcándonos a fuego la memoria, besaron las mamás nuestra rodilla después de tropezar en las aceras. Besaste la luna del espejo practicando el hechizo inquebrantable, te besaste a ti mismo el día que lo alcanzaste, por fin lo alcanzaste.

Quiero besarte, qué gran alegría besarte! Tengas o no una barba y ojos achinados, luzcas rastas o cuerpo de sirena, hables lento o en idiomas muy extraños. Besarte con lo que sé y lo que soy, esta voz que como el espejo se quebranta.

Beso al que me quiso y dejó de quererme.

Beso al que me quiere y me seguirá queriendo.

Beso al que me lee y dice: quisiera seguir leyendo.

Beso a quien quiere besarme y no se atreve.

Beso a quien escucha y me recibe en sus oídos.

Beso a los cobardes, los que juegan y los que no saben jugar.

Beso a programadores, a gestores.

Beso a los envidiosos. Les beso y les reflejo.

Beso a los que buscan horas para un café porque ese café es una forma de besar al tiempo, de mimarlo y no perderlo.

Beso a los que besan como método de mando.

Beso a los que besan por inercia.

Beso a mi madre.

Beso a la madre de mi madre, y a su madre y a cada madre también porque quizás no las besaron lo que merecían.

Beso a mis muertos porque antes no lo fueron.

Beso a los que mueren en vida evitando ser besados.

Te beso, no me lo devuelvas.

Te beso y sellado queda. No sé a quien besarías tú, yo ya te he besado.

Y se libera, el deseo se libera.

En el Día Internacional del Beso, beso a Eduardo Galeano y a Günter Grass.

Va mi beso para ellos con la gratitud debida.

Gracias. Un beso.

Escribir o volar

Volar: dícese del acto de moverse por el aire usando alas o un medio artificial.

Escribir: representar ideas, palabras, números o notas musicales mediante letras u otros signos gráficos. 

Escribo. Trazo letras alargadas y oblongas sobre superficies en carne viva. Papel, carne, papel, carne. Carne de mi carne es el papel donde yo escribo.

Vuelo. Extiendo los brazos, recorro un pequeño tramo y con un leve impulso arrancado de la tierra,  me alzo sobre los tejados de las grandes ciudades y de las pequeñas con mar.

Escribo, luego vuelo sin moverme del asiento.

Me lo pregunto, yo misma me lo pregunto por qué escribo, por qué demonios los enfrento buscando la palabra, única palabra de entre todas las demás, princesa nacida del verbo continente de vida, capaz de crear como Victor F a su monstruo. Me lo pregunto día y noche, mientras subo al autobús, cuando hago cuentas a fin de mes, si beso o muerdo, si caigo porque siempre caigo, en la cuenta y en la cuneta de la frase.

No sé qué decir.

Si fuera uno de mis personajes hablaría. Ellos existen al otro lado. Mascullan, ríen, saltan y engañan. Duermen por las noches, no tienen más miedo que los míos y por ellos, los escondo bajo la almohada antes de apagar la luz.

¡Alto! Me estoy deslizando peligrosamente hacia la poesía y de la poesía a la melancolía y de un revés a la apatía para caer por la Í a la A, allá donde los fracasos se arremolinan furiosos y te ahogan, donde rugen las imágenes.  Debo iniciar el vuelo.

Desde lo más alto de la tilde tomo aire:- Las escritoras no vuelan, las escritoras no vuelan- aunque mira, en cada flanco me ha crecido un ala cubierta de espeso plumón. -Escribo, soy torpe, descoordinada, estoy vieja, soy fea, soy invisible-  sube el rumor desde el agua hasta mis oídos.

Empiezo a agitar los brazos, arriba y abajo, levantando polvo y suspiros, arreciando.

Y me veo desde fuera como un personaje más de los que pueblan mis textos. Me observo sudando, repitiendo el mismo gesto una y otra vez con la absoluta y única verdad que atesoramos, nuestro propio cuerpo.

Allá en lo alto, sobre mi cabeza apenas erguida, un sol como nunca se vió antes, una inmensa esfera ardiente aguarda mi ingreso en su cielo.

¡Estoy volando! Allá vamos, mis alas y yo, mi cuerpo, yo que soy yo misma, hacia el corazón del fuego como Ícaro.

De nuevo la Í.

Como el FénIx.

Las ausencias presentes. Las presencias ausentes.

Ahí se abre la vida, tras la ventana.

Las flores de mi escritorio mueren negras, renacen blancas.

Arrancarle unas palabras al deseo. Palabras blancas, deseo negro.

Tu boca.

Tu boca sorda.

Beber vino amargo en boca cerrada donde no entran moscas ni salen besos.

Querer beber querencia y ausencia.

Tener sólo distancia y a la vez, estar tan cerca.

Estalla la lluvia y se derrama sobre el parque. Ahueca sus gritos comunes; un único columpio se sigue moviendo. Persiste porque yo lo miro. Veo luego es. Es luego soy.

Miro tu mano sobre la mía. Hermosas fueron una. Se están borrando.

Tu mano aún es como su mano fue.

Rescato una imagen, otra imagen, un collage de nombres armados contra el olvido. Recorto paciente, perfiles blancos sobre pantalla negra. No encajo. Estoy fuera de plano.

– Por fin me tocas- dice él.

-Ya no me tocas- decía él.

Y los extremos se tocan sin alcanzarme a mí.

Tocadme con tacto del agua, caladme el corazón sin miedo al enfriamiento.

Juntad en una misma frase: lluvia, ahora, eres, voy.

El columpio se ha detenido. La memoria sigue oscilando.

Mi boca.

Mi boca llanto.

Decidme, qué hago.

¿Poner la boca en el fuego?

¿Quieres leer algo mío?

http://youtu.be/JzZ-Mgi1My4

Todos quieren saber. Dicen querer saber. Saber cómo escribimos, qué escribimos.

Todos quieren leernos como se leen las líneas de la mano en los puestos del mercado medieval. Defienden nuestra valía, afirman nuestro talento sin leernos siquiera.

Leer no es leer.

Leer es escuchar con el alma.

Todos quieren leernos bajo la lluvia, en el invierno sin radiador, en la playa frente al mar, bajo la luz que atraviesa una copa de tinto.

Detienen su mirada en nuestros labios, labios asustados y presurosos cuando hablamos de lo creado. Labios temblorosos ante el misterio íntimo que se nos derramó de las manos. La sangre también se derrama, gotea lentamente de la muñeca al suelo formando un pequeño charquito a nuestros pies y nos humedece la atención en el instante justo en el que te aproximas para romper el hielo. El hielo flota sobre el líquido rojo y caliente, se funde en su superficie donde se une a las palabras que se desprendieron en caida libre.

Y nos sentimos pequeñas, diminutas, como niñas cazadas de puntillas en la alacena, como hadas desnudas a punto del sacrilegio.

Quisimos alimentar algo que fuera grandioso y nació una sola fresa en el jardín. Un único fruto rojo y brillante, maduro tal y como maduran las lágrimas al reconocer lo antiguo. Una pieza única tejida con palabras.

De ella hablamos a los que nos quieren leer.

Y la sujetan entre manazas repletas de pecados aún no cometidos. Arrancan la fruta solitaria con dos dedos largos, muy largos y le dan vueltas bajo la bombilla. Hablan y hablan del fruto prohibido, del deseo por degustarlo, decadente, deslizante por la garganta, buscador de cuerpos que ocupar.

No muerden la fruta, nunca la muerden hasta el tuétano.

Todos decís querer leernos cuando sólo queréis follarnos.

Y follar no es poseer, apenas es caricia.

Fóllame, no importa.

Importa aunque no lo diga, no vayas a creerte que importa.

Y todo serán cuentas que no salen, ecuaciones mal resueltas, absurdas palabras mezcladas en el cubilete Dadá de la vida.

Fóllame, no leas. No leas nada, no entiendas.

Entender quién está al otro lado.

No son palabras, sino los silencios entre ellas.

Y esto un divertimento. Y tú, quizás un divertimento. Y los errores una llave, y las pantallas un muro, y las que escribimos gilipollas.

Jamás nos leen.