Atravesar el tiempo, atravesar el dolor

A veces, el tiempo puede ser un aliado.

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Un día cumplí 20, y al instante 30.

Voy para los 40 aún. No parpadeo muy rápido por si acaso.

Caminando esta tarde por Chueca bajo el sol, he capturado de reojo un perfil fugaz pasando frente a un escaparate moderno. Era el de una mujer de medias negras y vestido violeta. Y sonreía. Era Yo.

Escribo continuamente qué es eso de ser mujer. Confío en que al condensarlo en palabras, signos y símbolos lo atraparé en un intervalo.

Me ha sorprendido. No porque no sonría, si no porque lo estaba haciendo por el puro placer de sonreír, del paseo, del calor de esta primavera que se resiste en llegar. Sonreía yo que lo ha llorado todo, a los muertos, a los vivos y a los que nunca se definieron por uno u otro estado. Y en una milésima de segundo, en menos tiempo que una respiración, mi vida, mis 36 años han pasado ante mí sin estar al borde de la muerte. Han pasado como un chasquido de lengua o el brillo de una mirada.

Vi los millones de estrellas en Reolid, las pesetas, los paisajes azules de Madrid, la vergüenza agazapada en mi vientre, la comba roja, el cuerpo dormido de alguien que amé, y el tren de un país, de mil países perforando montañas. Vi el pasado hoy, y no dolía. No me dolía.

¿Y mi dolor? ¿Dónde se fue? Con lo conocido que era, más que mi propio cuerpo. Se encaramaba en mis ganas y  asomado mis ojos se derramaba, se anudaba a mi garganta y cercenaba mi voz.

¿Qué queda en su hueco?

Quiero responder pero no puedo dejar de sonreír.

Sonreír yo, inaudito.

¿Será la madurez?

¿Será que me he hecho por fin, mujer?

¿Qué fui antes? ¿Paloma, murmullo, posibilidad, borrador?

Creo que es por que estoy dejando de esperar. A ti que no traes nada en las manos, o a ti que nunca vienes. Dejo de esperar milagros y los hago. ¿Cómo? Haciéndolos, es mi especialidad.

Así, cuando me asome a mi ventana por si debajo aguarda el príncipe azul (sé que no existes, no insistas) o por si llegan buenas noticias de fuera (ésas que apenas llegan) podré sentirme tan liviana sin el peso del dolor, que me lanzaré al vuelo para caer como los gatos, o podré bajar por la escalera como las chicas normales. Elegiré yo. Elegirá esta mujer que escribe.

Y lo haré sonriendo.

 

CoNocErME

Esperarte

Guardarte

Recordarte

Todo en te

Tomar el te

Tomarte el pelo

Besarte

Quererte

Querer  que lo recibas

Porque lo mereces

Te lo mereces

Te lo puedo decir más alto

Y más claro

Te lo digo igual

Te de tolerancia

Te de temor

a que te rindas

Te de tila para la angustia

Jódete, Laura

Te, ti, tú y tus circunstancias

Segunda persona del singular

Ten cuidado

te la estás jugando.

Te quiero, vida mía

Te quiero noche y día

No he querido nunca así

Te quiero con locura

Con odio y con ternura

Sólo vivo para ti

Dale la vuelta al TE

DÁSELA

TE- ET

La conjunción latina de unión

¿Y?

¿Qué te habías creído?

¡Qué terrible ironía!

Te lo puedo decir más alto

Te lo hubiera dicho más claro

Si te hubiera visto venir.

Qué te jodan.

Te lo dije entonces, te lo niego ahora.

Te pienso te pienso te pienso.

Te en medio de la palabra intensidad

Te al final de la palabra amante

Donde tomamos te y luego follamos

Con la vida tenemos dos opciones

O la tememos

o la terminamos hasta el fondo, como una botella de tinto.

Te lo mostré

Te lo estoy mostrando

Te importe o no.

A mí Me importa

Quizás tiendo a exagerar

Está terminantemente prohibido creer

En este mundo de tensiones extremas

De terrorismo

De máscaras que uno pretende

arrancarse temblando.

Déjate. Piérdete. Muérete.

Tú en lo externo.

Yo tecleando el te de

Te has ensuciado

Y perdiste tu luz

sin entregarte

Te lo digo tan claro

Como la luz que aun mantengo

De la segunda persona a la primera existe una diferencia

Tanta como del tú al yo

Aunque no te des por enterado.

Me+et

MEET 

CReAR pArA CREER

Yo dejé de creer.

Dejé de creer. 

No me preguntes si tuya fue la culpa, si hubo culpa, si pude escoger.

Creí en ti, y en ti y, en ti.

Dejé de creer en mí

Aunque por la noche, los ojos se me abrían más que nunca para no descubrir en mi pecho un pozo por corazón.

Y dormía por encima del sueño.

Esto ha sucedido en todas esas vidas que yo he vivido antes donde he sido muñeca y madre, puta y santa, vidas en las que se me evaporó el talento junto con el deseo.

¿Si escribía por qué no estaba escribiendo? 

¿Creaba o dejaba pasar los trenes? 

No me preguntes si hiciste algo para que aquello cambiase, si dejaste de hacerlo, Yo sí escogí.

Y volví al teatro. 

Frenética, enloquecida, ensimismada.

Tenía mucho que perder pero llegué desnuda, sólo con mi vida a cuestas.

Nacieron “Los perros no van al cielo”, nacieron proyectos, acaba de nacer “En tránsito” y proyectos, MÁS PROYECTOS,

Llegásteis vosotros y os sumásteis: Carolina, Raquel, Miguel Ángel, Creador.es al completo, Matías, Montse, Darío, Óscar, Leticia, Almudena, Carmen, Naira, Iris, Ernesto, Esther, Verónica O, Fátima… cientos de nombres que hacen que me suene el teléfono y me resuene el pecho (casi) como si tuviera de nuevo corazón. 

GRACIAS

Y sonrío mientras escribo. 

El talento no sé dónde está, pero sí mi deseo. Está en volver a creer. 

Creer en mí para CREAR. 

ADELANTE.

Y al FINAL, Empezamos DE NUEVO.

“LOS PERROS NO VAN AL CIELO” 

LECTURA DRAMATIZADA

28 de Septiembre, 2015

19h.

SALA BERLANGA

Tu PaLAbrA en MI BoCa o La tELA De ARaÑA

Me dices que quizás me dejaste con la palabra en la boca.

Y yo aprieto los labios y la percibo moverse como el rabo de una lagartija. Muerdo la palabra y se divide en dos. Son dos palabras que vienen a partir por medio lo que te hubiera dicho. 

Me trago una, la palabra breve,como se traga la ostia sagrada de las misas por compromiso, y como en esas mismas ceremonias donde los ojos se clavan en tu nuca, la palabra se pega al paladar cortándome el aire. Decimos lo que podemos, lo que la palabra aferrada nos permite decir mientras se yergue muro, mientras deja de ser oblea para convertirse en filo.

La otra la escupo. Peor que el vómito o el aliento de la mañana. Desgarro su latido caliente, asesina, animal. Me gustaría purificar mi cuerpo en esa palabra agonizante y renacer como virgen en el arte de inventar historias.

Mato y no me las como, mato por el placer de matar y escupo lo que no me atrevo a contarte, mis miserias que son mías, mis deseos que son míos, mi locura que a nadie importa porque no alcanza entidad de fábula. Mato a veces lo que me daría la vida para no matarme yo si me atreviese a hacerlo.

¿Has escuchado? De nuevo hablo.   

Tejo con las palabras más bellas una telaraña que me cubre y me honra, con la que otros, quienes no ven más allá, dirán: ¡Cómo se nota que eres dramaturga! Recuerdo el cuento de la cerillera. Cada breve llama es una palabra que primero me abrasa los dedos, y en la que tú y yo nos reconocemos un segundo antes de la oscuridad absoluta. Cuando se consuman las cerillas, porque siempre se acaban, el hielo solamente me asesinará a mí.

Y sólo alcanzo a decirte frases que han ido a parar a una pantalla iluminada, sazonada con emoticonos y exclamaciones sin cuerpo ni sangre. Sin la sal de la vida, sin sabor.

En esta noche de verano, antes de partir mañana a recoger mi corazón lejos, entrelazo una palabra tras otra sin interés alguno y me convierto en personaje, me lo vas a permitir, para que mis palabras por fin me atraviesen la carne, quiero habitarlas por completo. El deseo de que entiendas es su dolor, un dolor que palpita.

Mírame, me relamo como una fiera antes de cerrar la boca, con la huella aún fresca de tus palabras sobre mis labios. 

Quien escribe aúlla y espera, como un personaje flotando sobre las aguas del río.

Y lo demás es silencio. 

Manual breve y definitivo sobre la felicidad.

¿Para ser feliz? Yo no tengo técnica alguna.

– Pero eres feliz.

– Sólo decírtelo me aleja de la felicidad como cuando te tapas los ojos con la mano porque el sol te deslumbra.

– Quiero ser feliz como tú.

– Y yo que dejes de repetirme que lo soy. 

– Se te ve. Te conozco desde siempre y nunca te había visto feliz.

– He sido feliz otras veces, a lo mejor no te habías dado cuenta.

– No de esta manera.

– Eres tú quien lo ve en mí.

– Te envidio. Quiero tu felicidad.

– No te serviría para nada, es mía.

– Envidio lo que acabas de decir, cómo lo sueltas con total tranquilidad y hasta cómo te cuestionas: ¿Feliz yo? A mí no se me ocurre ni preguntármelo, no lo soy.

–  A lo mejor es que no valoras lo que tienes.

– ¿Y qué tengo?

– Claro que si ni siquiera lo ves, el camino es mucho más largo.

– Oye, ¿no crees que suena un poco a libro de autoayuda? Si me recomiendas ahora la terapia sistémica o que tome rábano negro empezaré a creer que fumaste demasiada marihuana de chaval.

– Pues nunca viene mal fumar un poco, constelar o tomar vegetales.

– Tomar vegetales no nos vendría mal a ninguno de los dos. 

– Comer algo, quieres decir, aunque se nos va a quedar un tipín envidiable.

-Qué asco das.

– ¿Por? ¿Tan mal huelo? Tú tampoco estás hecho un primor..

– Porque le ves el lado positivo a todo. Puta felicidad, quién la tuviera.

– Y tú pareces el otro, el payaso gruñón, un personaje de Beckett. Un tipo abocado a la tristeza esperando que los demás le den una palmada en la espalda y le digan: Vamos, tío, si no estás tan mal…

– ¡Estoy mal!

– ¡Estamos los dos mal!

– Tú eres feliz, no me jodas.

– ¿Por qué no me paso el día quejándome?

– No me quejo, constato la realidad.

– Toda la vida lo mismo. ¿Y qué necesidad tienes de ser feliz? estamos aquí, juntos

– No te soporto cuando te pones feliz. Dime cómo lo haces y no volveré a sacar el tema.

– Creo que he dejado de esperar.

– ¿Esperar el qué? 

– Cualquier cosa.

– ¿Cómo qué? 

– Que vengan a buscarnos, por ejemplo.

– Más nos vale que vengan.

– O no, en la vida todo son decisiones binarias. Puede que sí, puede que no. Las dos respuestas son igual de válidas, sólo que no las pienso porque no puedo hacer nada para que la balanza caiga de uno u otro lado. Durante un tiempo me proyecté en el Sí, quería que nos buscasen, que nos encontraran respirando débil aunque con suficiente pulso y volver a lo de antes. Luego, opté por el No porque descansar un tiempo largo no nos vendría mal después de tanto ajetreo. Y así entre el SÍ y el NO llegó un “Y QUÉ”, y mira, empezaste a darme la tabarra con la felicidad. 

– Te has rendido.

– Si tú lo dices…

– ¡Y sonríes tan tranquilo!

– Es la cara que se me ha puesto.

– De felicidad constante.

– Nos estamos quedando sin carne. También las alimañas del bosque tienen derecho a comer. Si te mirases a un espejo, descubrirías tu gesto igual que el mío. 

– Ojalá nos echasen un poco de tierra por encima.

– ¿Para qué? Nos perderíamos estar al aire libre. Fíjate que cielo más despejado hay esta noche.

– El que no se consuela es porque no quiere, desde luego.

– No, es que sólo tenemos esto, un manto de estrellas sobre nosotros para contarlas todas.

– Vamos a tardar una eternidad.

– Tranquilo, compañero, creo que tenemos algo de tiempo.  

– Dime cómo lo haces.

– Tú cuenta y calla.

Mi HisTOrIA Es pArA Ti

https://youtu.be/s-S28rX_c24 

Érase que se era, en un país muy muy lejano, una muchacha mirando a través de la ventana. Al otro lado del cristal veía cruzar rápido a los transeúntes, la danza de los coches, el ascender implacable del calor del asfalto.

Y lo anotaba, todo lo anotaba en un cuaderno rojo sangre.

En el día de su treinta y cinco cumpleaños, su madre, la reina madre le dijo:

-Ve fuera y tráeme la respuesta.

La muchacha que no era princesa aunque sí hija, aceptó el encargo y se dispuso a partir, desconocedora absoluta del camino.

Salió a la calle y anduvo hasta dejar atrás el palacio, los edificios, la puerta del Sol.

En la encrucijada del reino, allá justo donde empezaba a cambiar el color del paisaje, tropezó con un mendigo lamentándose. Era tal su dolor al moverse e intentar avanzar que no pudo por menos, que ofrecerle su espalda. Cargó con él mientras el otro hablaba de sus planes de futuro y de cómo subiría al trono en cuanto tuviese la oportunidad. Siguieron adelante durante días hasta que la muchacha, agotada, no pudo dar un paso más.

El mendigo desde lo más alto de su grupa no dejaba de gritar: ¿Por qué paras?  ¿De qué te quejas? ¿Cómo puedes ser tan incómoda?

-Basta- dijo ella. Y descargando al mendigo le preguntó: – ¿Por qué no lo valoras?

– Fuiste tú quien me recogió del suelo. Yo no te pedí ayuda.

La muchacha derramó una lágrima y se puso en camino, sola esta vez como esa misma lágrima.

Cruzó el país de arriba abajo y fue recogiendo en su bolsa las respuestas que las  gentes le entregaban por un rato de charla, un cuento improvisado, un abrazo.

Sin embargo, la muchacha no creía haber hallado aún la que le había pedido la reina madre.

En la orillita del mar, pisando descalza guijarros blancos, se encontró a un pescador que revisaba sus redes.

– ¿Tiene usted la respuesta?

– Sólo tengo estas redes y un viejo barco.

– Tiene usted paz entonces, no lo que desea mi madre.

– Yo lo que deseo son peces.

– ¿Valdrían los peces como respuesta?

– Toma uno. A cambio, ayúdame a extender mi red para que pueda coserla.

– Lo haré lo mejor que pueda.

– Ya lo estás haciendo.

Y una vez remendadas, la muchacha partió con un pez plata en las manos.

Exhausta de buscar, se internó en lo profundo del bosque. Allí, donde las pisadas suenan a besos y la cobertura ha desaparecido, se alzaba un árbol centenario a cuya sombra decidió sentarse con ella misma. Tomó aire la muchacha y cerró los ojos… cuando sintió el tacto de una mano que la zarandeaba. Un hombre de aspecto brillante e impecable hechura sonreía con seguridad ante ella.

  • Disculpa, te has sentado bajo el árbol.
  • No sabía que fuese tu árbol.
  • No es mi árbol, es mi sitio.
  • Podemos compartirlo. Quisiera descansar un ratito.
  • Cualquiera en este bosque conoce mi sitio y lo que me ha costado ganármelo. Hasta aquí vienen a buscar mis respuestas, no vayan a equivocarse si te encuentran a ti.
  • Entonces, ¿eres tú quien posee las respuestas?
  • Yo soy.
  • ¿Y quién eres tú?
  • Yo soy quien soy.
  • ¿Tienes la respuesta?
  • ¿Qué tienes para mí?
  • Poco, un pez.
  • Guárdate tu pez maloliente. Dame algo más.
  • No tengo más.
  • Pues entonces, aléjate de mi árbol.
  • Dijiste que no era tuyo.
  • Tuyo no va a ser. Tendrás que conformarte.

La muchacha se alejó del árbol y el hombre sabio y, al borde del río vertió otra lágrima sola que fue a caer sobre el pez.

Y el pez abriendo mucho la boca al sentir el sabor a sal, le pidió por favor, que lo arrojase al agua como gesto de buena voluntad.

La muchacha obedeció porque no es habitual que lo peces hablen. Una vez en su elemento, el pez pegando un par de cabriolas entusiastas y acariciando con las aletas los pies de la muchacha le susurró:

  • Ya es hora de que vuelvas.
  • Pero, y la respuesta? Mi madre no me dejará volver sin ella.
  • Dentro, dentro del agua- se oyó mientras se alejaba cauce abajo.

 La muchacha ha regresado, más ligera que partió, al palacio que no es palacio sino un piso en la Latina.

La reina madre lo supo en cuanto la vio entrar por la puerta.

  • ¿Traes la respuesta contigo?
  • Traigo mi cuerpo de vuelta.

Y abriendo de par en par las ventanas para que entrasen los ruidos de fuera, abrió también su cuaderno rojo sangre y se dispuso a anotarlo, todo.

Colorín colorado, este cuento de momento, se ha acabado. 

Escribir o volar

Volar: dícese del acto de moverse por el aire usando alas o un medio artificial.

Escribir: representar ideas, palabras, números o notas musicales mediante letras u otros signos gráficos. 

Escribo. Trazo letras alargadas y oblongas sobre superficies en carne viva. Papel, carne, papel, carne. Carne de mi carne es el papel donde yo escribo.

Vuelo. Extiendo los brazos, recorro un pequeño tramo y con un leve impulso arrancado de la tierra,  me alzo sobre los tejados de las grandes ciudades y de las pequeñas con mar.

Escribo, luego vuelo sin moverme del asiento.

Me lo pregunto, yo misma me lo pregunto por qué escribo, por qué demonios los enfrento buscando la palabra, única palabra de entre todas las demás, princesa nacida del verbo continente de vida, capaz de crear como Victor F a su monstruo. Me lo pregunto día y noche, mientras subo al autobús, cuando hago cuentas a fin de mes, si beso o muerdo, si caigo porque siempre caigo, en la cuenta y en la cuneta de la frase.

No sé qué decir.

Si fuera uno de mis personajes hablaría. Ellos existen al otro lado. Mascullan, ríen, saltan y engañan. Duermen por las noches, no tienen más miedo que los míos y por ellos, los escondo bajo la almohada antes de apagar la luz.

¡Alto! Me estoy deslizando peligrosamente hacia la poesía y de la poesía a la melancolía y de un revés a la apatía para caer por la Í a la A, allá donde los fracasos se arremolinan furiosos y te ahogan, donde rugen las imágenes.  Debo iniciar el vuelo.

Desde lo más alto de la tilde tomo aire:- Las escritoras no vuelan, las escritoras no vuelan- aunque mira, en cada flanco me ha crecido un ala cubierta de espeso plumón. -Escribo, soy torpe, descoordinada, estoy vieja, soy fea, soy invisible-  sube el rumor desde el agua hasta mis oídos.

Empiezo a agitar los brazos, arriba y abajo, levantando polvo y suspiros, arreciando.

Y me veo desde fuera como un personaje más de los que pueblan mis textos. Me observo sudando, repitiendo el mismo gesto una y otra vez con la absoluta y única verdad que atesoramos, nuestro propio cuerpo.

Allá en lo alto, sobre mi cabeza apenas erguida, un sol como nunca se vió antes, una inmensa esfera ardiente aguarda mi ingreso en su cielo.

¡Estoy volando! Allá vamos, mis alas y yo, mi cuerpo, yo que soy yo misma, hacia el corazón del fuego como Ícaro.

De nuevo la Í.

Como el FénIx.

La rueda gira. Cambios

“Why I should follow my heart – Why I should follow my heart
Why I should fall apart

Why I should follow my dreams – Why I should follow my dreams
Why I should be at peace”

Cada vez que me siento viva regreso a ella.

Tuvo su momento hace dos años, sé que no podemos viajar en el tiempo pero a veces siento que he saltado atrás y he rescatado aquello que se quedó en el aire, como esta canción.

Hay una para cada emoción, cada instante tiene su melodía.

Hoy empiezo una etapa nueva. Dejo atrás, camino hacia delante.

Con ilusión y miedo, con amor a mí misma, con respeto. Soy quien soy y no está tan mal.

Disfrutadla conmigo.

Deseadme mucha Mierda.

Seguiremos informando.