Las ausencias presentes. Las presencias ausentes.

Ahí se abre la vida, tras la ventana.

Las flores de mi escritorio mueren negras, renacen blancas.

Arrancarle unas palabras al deseo. Palabras blancas, deseo negro.

Tu boca.

Tu boca sorda.

Beber vino amargo en boca cerrada donde no entran moscas ni salen besos.

Querer beber querencia y ausencia.

Tener sólo distancia y a la vez, estar tan cerca.

Estalla la lluvia y se derrama sobre el parque. Ahueca sus gritos comunes; un único columpio se sigue moviendo. Persiste porque yo lo miro. Veo luego es. Es luego soy.

Miro tu mano sobre la mía. Hermosas fueron una. Se están borrando.

Tu mano aún es como su mano fue.

Rescato una imagen, otra imagen, un collage de nombres armados contra el olvido. Recorto paciente, perfiles blancos sobre pantalla negra. No encajo. Estoy fuera de plano.

– Por fin me tocas- dice él.

-Ya no me tocas- decía él.

Y los extremos se tocan sin alcanzarme a mí.

Tocadme con tacto del agua, caladme el corazón sin miedo al enfriamiento.

Juntad en una misma frase: lluvia, ahora, eres, voy.

El columpio se ha detenido. La memoria sigue oscilando.

Mi boca.

Mi boca llanto.

Decidme, qué hago.

¿Poner la boca en el fuego?

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Útero

Dentro, aquí dentro, la luz que calienta mi nuca se proyecta contra la pared del fondo.

Veo desfilar sombras orondas, espigadas y efímeras. Extiendo la mano y recorto su silueta para fijarlas en mi memoria. Cruzan de un lado al otro y se esfuman con la misma inmaterialidad que trajeron. Me pregunto qué vienen a hacer en mi cueva y cuál es el camino que prosiguen, imagino cómo son sus rostros si tuviese la posibilidad de girarme y mirarlos. Pero no me está permitido, así que los construyo en mi mente y los voy cosiendo unos a otros hasta que fluyen como una corriente de aire capaz de contarme sus historias.

Invento el teatro.

Cierro la mano que recortaba perfiles y se convierte en puño, puño que entra por mi boca y desciende hasta el hueco abierto de mi vientre. Allí se expande y ondula, araña mis muros internos. La mano que ha visto tanto y ha sido capaz de remontar el aire se me ha colado en el cuerpo para desordenarme.

Aprendo a crear.

Por dentro soy suave y recia. Poseo textura de corteza y color de pétalo. Albergo miomas y silencios, aquella imagen suspendida de una rama, el beso que no alcanza, una carta que jugamos a escribir al actor al que admirabas. Dentro, muy dentro, dormita un dolor viejo que Eva legó a su hija y que se fue venciendo siglo tras siglo, sobre cada hembra. Lo heredé una madrugada de Otoño cuando mi madre me echó de su dentro.

Conozco la culpa.

Dentro, todavía más dentro, es tal el espacio que albergo que doy cabida a cuerpos ajenos, cuerpo pasajero o hermano, cuerpo que arrastra o visita.  Algunos se instalan por siempre y poco a poco, te van carcomiendo. Hay que arrancárselos, aunque tu carne vaya tras ellos. 

Descubro la decepción.

El dolor exige quietud y que aferre bien la esperanza no vayan a dejar de querernos si decimos no, si ponemos vetos.

Me enfrento al miedo.

Querida amiga, me pediste un texto, un texto tienes. No es el más tierno, ni el más ameno. Es como yo algunos días feos de niebla y rabia. En otros, volveremos al vino.

No es mi mejor texto, ni siquiera es un texto, es una sombra que está pasando, que ya pasó.

 Yo te lo entrego.

Reyes

-Esta noche tienes que acostarte pronto que vienen los Reyes- me repetía mi madre, año tras año para que abandonase la inquietud que me tenía en ascuas y me fuese a la cama de una vez.

Colocábamos antes, mis hermanos y yo los zapatos y el vaso de leche, los deseos a los pies de nuestra cama.

Yo solía pedir cosas inverosímiles porque había asumido que no me iban a traer lo que de verdad deseaba. A veces los niños llevamos adelante nuestros propios y erróneos aprendizajes que tanto nos cuesta luego, corregir. Así, cuando empecé a pedir un diccionario, o una estilográfica o cualquier objeto poco apropiado para una niña, los Reyes benévolos optaron por traérmelo. No antes, ni con otros regalos.

Aprendí a pedir lo que se esperaba que pidiese un personaje que tampoco era yo, o no totalmente.

Pedir algo pero estar pidiendo otra cosa se convirtió en un endemoniado juego de espejos donde la imagen original se había quedado atrás, enganchada en algún recoveco. Aún cultivo ese juego.

Hoy de nuevo es noche de Reyes. Y dudo mucho que me vaya a acostar tarde. Sola quizá sí porque hay que aguardar la magia con el cuerpo entero.

Todavía no he escrito mi carta. Carta que escribo cada año para plasmar mis deseos. Y me pregunto qué quiero o si pediré lo que se espera que desee.

Este año, Reyes es diferente. Después de mucho tiempo voy a escribir una carta en singular. Una mía. Una en la que no haya apartados de a dos, ni duplicados por ternura. Una carta que no tenga que intercambiar con nadie para que la extravíe como si fuese absurda publicidad del supermercado. He extraviado yo mis ganas de creer en nadie, ni en nada.

Pintaré mis labios de rojo y con ellos sellaré mi carta.

Y me reiré de ti y de mí, del vino tinto y el teatro, me voy a reír de los tópicos y las ojeras, de una Navidad que por fin termina, de los “hablamos” y las angustias, de la música que suena siempre y del mar con el que he soñado todo el día. Me reiré para espantar el espanto y a los camellos, para odiar mejor y aprender a querer el reflejo de un cristal.

Lo mismo los Reyes me traen carbón dulce.

Tendré que hacer méritos.

Seamos pues, nuestros propios Reyes.

Palabra de maestro

¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros.

Jorge Semprún. Entrevista concedida al diario “El País” en el 19 agosto del 2000.

¿Os he dicho ya lo que admiro a este hombre?A veces, me pregunto por qué escribo y entonces, recuerdo.

Leedle, haceros el favor.