El deseo de belleza. 2017.

Balance y deseos.
Con mis mejores deseos.

El 2016 se sintetiza con una palabra: RETO

Y un aprendizaje fundamental: NO pagues cualquier precio por aquello que deseas.

Porque la vida, el universo, el destino, Dios (elija modo de creencia) me lo ha puesto delante, un deseo tras otro, en un laberinto de espejos donde por momentos, he dudado de quién soy.

Aquí me tenéis de nuevo, con una tarta enfriando en la ventana y el corazón tranquilo.

He escrito, y he escrito sobre lo que escrito.

He pisado muchos escenarios.

He habitado muchas aulas.

He dicho NO.

Me he sentido bendecida a cada pequeño paso. En los errores y en los aciertos, en los besos que dí y en los que quedaron pendientes, con cada vino, en cada oración a los vivos y a los muertos.

Yo que siempre me creí un ser extraño, capaz de crear belleza aunque indigno de recibirla, comparto esta belleza con vosotras y vosotros. Y me sé por fin DIGNA.

Llegó el día en que al escuchar mi nombre: LAURA, lo he reconocido como propio. Me pronuncio: Yo soy.  

Y ni tu vileza, tu miedo, tus ausencias, tus demandas, tus dudas, tus misterios, tu sombra importan (o sí, pero un poco menos) 

Lo he aprendido durante el 2016.

Al 2017 no le pido una nueva vida. Le pido ésta, conmigo y en compañía de quienes me aman y amo.

Deseo que mi palabra os conmueva. No a cualquier precio, sino al que merece.

Y regresar si me pierdo.

Gracias.

¡A por la belleza!

 

(Yo)Te beso

El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro…
¡Quién lo pudiera tornar
—y en tu boca…—otra vez beso!

Dulce María Loynaz

Para besar sólo hace falta fruncir los labios, acomodar la lengua en el paladar y aproximar el propio cuerpo con la intención debida.

No es lo mismo el beso de la abuela, que el del niño o el amante (Porque un beso de amor no se lo das a cualquiera)

Yo quiero hoy besarte por medio de esta página. Hacer homenaje y venganza, dar un beso grato desde lo ingrato de la vida, generar carnalidad con la textura terrosa de una palabra. Si con la palabra también se hiere y mata, con ella te quiero  besar.

Besó Judas, besó Amor a Psiquis, y no sé cuántas bocas pasaron por Blancanieves antes de la llegada del príncipe. Besó el primer amor marcándonos a fuego la memoria, besaron las mamás nuestra rodilla después de tropezar en las aceras. Besaste la luna del espejo practicando el hechizo inquebrantable, te besaste a ti mismo el día que lo alcanzaste, por fin lo alcanzaste.

Quiero besarte, qué gran alegría besarte! Tengas o no una barba y ojos achinados, luzcas rastas o cuerpo de sirena, hables lento o en idiomas muy extraños. Besarte con lo que sé y lo que soy, esta voz que como el espejo se quebranta.

Beso al que me quiso y dejó de quererme.

Beso al que me quiere y me seguirá queriendo.

Beso al que me lee y dice: quisiera seguir leyendo.

Beso a quien quiere besarme y no se atreve.

Beso a quien escucha y me recibe en sus oídos.

Beso a los cobardes, los que juegan y los que no saben jugar.

Beso a programadores, a gestores.

Beso a los envidiosos. Les beso y les reflejo.

Beso a los que buscan horas para un café porque ese café es una forma de besar al tiempo, de mimarlo y no perderlo.

Beso a los que besan como método de mando.

Beso a los que besan por inercia.

Beso a mi madre.

Beso a la madre de mi madre, y a su madre y a cada madre también porque quizás no las besaron lo que merecían.

Beso a mis muertos porque antes no lo fueron.

Beso a los que mueren en vida evitando ser besados.

Te beso, no me lo devuelvas.

Te beso y sellado queda. No sé a quien besarías tú, yo ya te he besado.

Y se libera, el deseo se libera.

En el Día Internacional del Beso, beso a Eduardo Galeano y a Günter Grass.

Va mi beso para ellos con la gratitud debida.

Gracias. Un beso.

Las corrientes subterráneas

De niña, yo quería ser invisible. No como los superhéroes, simplemente no visible para los demás.

Entraba y salía de las aulas convencida de que nadie me había visto. Por apellido siempre me sentaban detrás y por suerte, no fui alta. Era la típica niña morena, ni guapa ni fea, con cara de buenecita y poco proclive a intervenir en asuntos colectivos. Quería pasar desapercibida como fuese, que me saltasen de la lista, que no saliera en la foto. Había aprendido a caminar silenciosa como los gatos, a jugar en los rincones con objetos mudos, los libros.

Jamás supe jugar a la goma, y creo que salté a la comba media docena de veces, tal era mi desagrado a tropezar y quedar en evidencia, a resaltar en algo. A veces mis buenas notas obligaban a las profesoras a ponerle cara a ese nombre, y entonces, sólo entonces, bajo la pupila de compañeras y de la admirada maestra de turno enrojecía antes de desear con todas mis fuerzas palidecer y volverme transparente.

En casa salía huyendo como los ratones de la luz. Mi padre me empujaba a la palestra, obcecado en que debía de dar ejemplo a unos hermanos presos en aquella infancia. Y yo me resistía, me volvía de carne roja y azul cuando sólo quería no tener color.

La niña se fue haciendo una mujer de rostro maquillado. Durante su niñez había aprendido que a cara descubierta duelen más las bofetadas.

A los dieciséis quiso ser vista, y a los veinte, a los veinticuatro, a los treinta y uno. Anheló igual que los otros, disponer de un nombre para que alguien pudiera deletrearlo. Pobre, con la de mondaduras que acumulaba en la alacena. Ella no tenía corazón, tenía un llanto.

Se había esforzado tantísimo en hacerse transparente que después no lograba que nadie la mirase. Se preguntaba una y otra vez, cómo se podía invertir el hechizo.  Anduvo buscándose un tiempo en el tacto ajeno. Manos arriba y abajo, visitas inesperadas, índices que pellizcaban sus contornos. Y cuando esas manos salían volando, como vuelan los cuervos ahítos de carne, volvía a quedarse en los huesos.

Sobre la cuerda floja de un nuevo día, camino en cueros, Mi gesto es de payasa vieja. El hilo pende de mí.

Esa cuerda no floja, sino tensa como la yugular de un ahorcado, cruza la ciudad dormida, las pantallas planas y la ruta fiel de los gatos. Me balanceo y estiro sobre los perfiles de un Madrid que yo misma he ido trazando. No hay esquina en la ciudad en donde no haya escondido algo. Y mi sombra aún refleja. Pero sin otra mirada no hay objeto, sin un verbo que te nombre nada existe. Me tienta caer. No se puede ser y no ser transparente.

Suena debajo de mí un rumor de aguas ocultas. Torrentes que rugen y se atrapan, choques de palabras agitadas.

Madrid no deslumbra por su río, no rezuman humedad sus arboledas. ¿Será que estoy hinchada de recuerdos? ¿Será que he de lloverme?

El sonido aumenta y me acompaña, marca el ritmo de los pasos que equivoco, suspendo mi vaivén para escucharlo. No sé si entiendo lo que dicen. Mejor no escucho. Y entonces, habla el agua a borbotones; por hablar.

Dice: Te vemos. Somos tu reverso en el mirar, no ves porque no miras bien. Asómate.

Y yo me atrevo, mitad Narciso mitad Dorian Gray, y me descubro reflejada. Me asombra la textura acuosa de mi nombre y esa cara asumida como propia que, casi sonríe y el cuerpo navegando en un abrazo.

Cuántas miradas nos surcan, cuántas corrientes confluyen en nosotros para seguir río abajo.

Lentamente abro el portátil, necesito deciros: Gracias.

Queridos amigos míos, gracias por verme.