Mil maneras de romper contigo. La cena prenavideña.

Hoy tenemos cena prenavideña.

Uno de esos eventos asfixiantes en los que he tenido que decir que sí para que no me acuses de rancia y antisocial. Llevo tres días pensando en qué ponerme, y sé que aunque fuera con un Pedro del Hierro me destriparían igual que si mi aspecto fuese el de una gitana de mercadillo. Así que me embuto una camisa de segunda mano y la sonrisa me la pinto con un perfilador, también a mano.

No tienen maldad. Se aburren, y se aburren mucho. Las pocas chicas de la cena estarán en calidad de novia de… y una vez que hayan agotado el tema de la maternidad, boda y piso devoraran toneladas de patatas light  mientras los chicos se amontonan en el sofá bebiendo y mandándose memes. Así hasta que alguien diga: Listo, ciao. Mañana madrugamos para…. rellene por la línea de puntos. Siempre cuela.

Los anfitriones guapos, universitarios y heterosexuales -claro- viven en un ático monísimo en el barrio ése tan de moda. Un barrio estupendo para criar polluelos y para guardar en parking coche, moto y ahora, bici eléctrica. De todo tienen ellos, con un permanente discurso de:- a pesar de nuestros artefactos Bang & blablabla, del vino californiano y de la alfombra persa, entendemos, de verdad, que os volváis andando a casa en pleno diciembre de ventisca en vez de coger un taxi calentito y veloz.

Ah, y tienen un chihuahua al que le falta un ojo. Le dejó tuerto un entrenador, su propio entrenador seguro, en el certamen de jóvenes talentos y pedigrí. Sí, de talentos, como en telecinco. Parte del jurado coincide porque los criterios son los mismos.

El chihuahua tuerto ladra como el demonio. Ladra sin control, de hecho le jalean para que libere tensión, no todo los días se pasa de subcampeón municipal a perrillo faldero. Yo sé que ese perro no es tuerto, se lo hace. Le han puesto un parche con un estampado de los buhitos que se llevan ahora. Y te mira de medio lado, los chihuahuas tienen los ojos un tanto alejados entre sí, como diciendo: sé lo que piensas. Vas a dejar a ese tipo.

Y tiene razón. Acabo de decidirlo. Me veo ahí, rebosante de picoteos del mercadona y con un par de copas de vino. Me he acercado al sofá, estoy harta de hablar pespunteando las palabras para no decir nada. Los chicos cuentan historias. Me acerco y escucho. Alguna anécdota mejor no escucharla sólo resaltaré las palabras: guarrilla, estar pa darla, pillar.

Se me revuelve la cena, estoy con ese puntillo ebrio en que te molesta callarte. Y piensas: Bah, intégrate, estamos entre amigos. Demuestra que no eres tonta. Haz pedagogía con gracejo.

Opino. Oh, my goddess!. Debo haber dicho algo impactante a tenor del silencio. Hasta el perro ha dejado de ladrar. Y tú dices: Tía, ya te estás poniendo feminista. Y me echas un cable con una broma aún más irritante.

Noto la presión de tu mano en la mía. No sé si para darme afecto o para cortarme la circulación. El contacto me devuelve a la realidad. Ahora, éste es el momento. Me pondré de pie, me colgaré el bolso del hombro y saldré por la puerta con la cabeza bien alta ante la sorpresa general. Ahí, desprevenidos. Cogeré un taxi de vuelta.

Me pongo de pie e intento zafarme de tu mano. Aprietas con fuerza, forcejeo para soltarme :- Déjame, mi amor, tengo pipí. Pierdo el equilibrio y doy un traspiés. La puntera de mi zapato del Zara perfora el único ojo sano del perro de Éboli, el perro recupera la habilidad del ladrido con renovada energía. En la luna la bandera de EEUU ondea hasta lo perceptible gracias a la potencia de su voz perruna.  Empiezo a tambalearme, y la alfombra persa me parece un buen lugar para un derrumbe digno si no fuese porque todos, todos, están encima del chihuahua y no queda un milímetro de alfombra libre.

Mierda, mierda de perro de nuevo.

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