La pieL

Todo lo que poseo es mi piel, ni joyas, ni buenos trajes.

Mi piel, una línea continua trazada por un nombre: Laura, del talón a la cima. Una línea con dos aspas cardinales en su centro, rosa de los vientos en mi espalda.

La piel.

Ni dinero ni cargos, salvo el contacto con otra piel.

Nos vestimos a diario, nos desvisten de vez en cuando, nos cubrimos siempre.

Y olvidamos que la piel es un exclusivo mapa del tesoro, un papel sobre el que la vida escribe con renglones torcidos donde alguna vez, leyeron recto.

Mírate, eres una piel como una playa en retroceso con las huellas del tiempo frescas aún.

Y el tesoro debajo, esperando.

¿Habéis abrazado y habéis pensado? – Esto es-

O mejor… no habéis pensado.

Yo sí.

Ahí la alarma comenzó a pitar. Y llegaron los buscadores jubilados y se llevaron parte de tu tesoro para venderlo al peso. Pero no todo, no al completo.

Por eso, desnúdate.

Fuera PEROS

Bajo la piel, la Atlántida,

o la sombra de una ciudad perdida, asolada por los hunos y el olvido, a punto de emerger durante siglos. -Aún no, aún no es el momento-. Y la ciudad desciende un nivel más.

Qué poco amamos con la piel.

Luego dirán que el amor, cualquier amor,  es cuestión de piel.

Con lo poco que nos tocamos.

No sé cómo no nos deshacemos

igual que los castillos de arena de aquel último verano.

Qué poco nos dejamos tocar.

Quizás para no saber.

o para no dejar de saber.

“Desaprender” lo llaman los sabios.

Abraza más.

Muerde más.

Acaricia.

Hazte el favor.

Hazle ese favor a tu piel.

Yo voy a hacerlo.

Y así, cuando me desholle viva, muerta poco importará, tendré la certeza al menos, de que mi piel me pertenece, de que mis caminos los he recorrido todos del pulgar a la nuca, y de que esta marea, que ahoga y prende, me dejó sin aliento un día antes de que la desertización lo arrasara. Antes de la palabra No.

Antes de la inmensa muerte.

La pequeña muerte la pido para mí.

¿Nos abrazamos entonces?

O al menos, sopla caliente esa pestaña sobre el dorso de tu mano.

Y pide un deseo.

 

 

 

 

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Lunática

La vida nos pasa por encima como un camión terrorista. 

Lo descubro en las arrugas de la gente del barrio, esa gente de toda la vida,  igual que lo verán en mí aunque aún caiga del lado de los jóvenes. 

La gente de mi edad empieza a morirse. Se quiebran por dentro como un vaso; la vida les estalla. 

Vivir duele. Seguir viva duele a través de las grietas. Quien no se rompe, se fragmenta.

Se parte en dos, en tres, se hace trizas y con sus pedazos tira para adelante. 

Hay días en que desde la cama, me pregunto para qué demonios sigo peleando, esforzándome, haciendo torniquetes improvisados a mis heridas, pegando mis trozos.

Luego, me drogo con café y vitaminas y adormezco mis tristezas para continuar. 

La tristeza es una emoción que nos habla de lo que hemos perdido.  

Lo que pierdes es la misma vida: cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…

La única realidad es que nos estamos muriendo. Todos y todas.

Uso las dos palabras: todas y todos, a la mierda la economía verbal. Soy una moribunda, y cada palabra escrita será mi único testimonio y a la vez, no importará nada.

Mirad  la luna llena, la primera luna llena del 2017. Es grande, intensa, terrible.

Llamadme lunática, pero mientras observaba la luna por la calle, a mi alrededor miraban sus pantallas.

Algo estamos haciendo mal. 

Mueres sobre  una pantalla.

Emite más luz que la luna, es cierto. De hecho, puedes ver la luna, una luna mejor, mil lunas mejores en ella. 

Te pierdes ese algo, no sé el qué, lo que sólo provoca el alzar la cabeza hacia el cielo, como hicieron tus abuelos, y los abuelos de tus abuelos, por si la luna les evitaba morir. 

Se murieron,  pero con la cabeza bien alta.

Nosotros nos morimos hacia dentro. Pozos con el fondo atestado de cristales rotos. 

Esperando que salga alguien de esa pantalla, como el genio de la lámpara. 

Y la luna brilla que brilla. 

Y tú venga a esperar un milagro.

Tú venga a esperar que él o ella se dé cuenta, él o ella te descubra agazapada en las sombras, agonizando.

No se va a dar cuenta, no va a descubrirte si no lo hizo ya. No va a apiadarse de tu muerte, bastante tiene con la suya. 

La luna va a seguir ahí, hasta que nos la carguemos de un pantallazo.

Tú también te cargas al otro bloqueando, silenciando sus mensajes, ignorando que ha visto la luz de  la luna reflejada en ti. 

Es más fácil mirar hacia abajo que hacia arriba. Más fácil todavía que hacia el frente donde te sitúas tú, y me miras (un segundo, entre pitido y pitido) cuando piensas: ¿la tengo agregada?

Qué fácil todo, y qué difícil vivir.

Besar con los ojos cerrados.

Brindar mirando a los ojos.

Follar con los ojos abiertos.

Seguir pidiendo deseos a la luna.

Milagros no, milagros para los santos.

Esta noche pido que la luna siga ahí, hasta que envejezca y me muera del todo. 

Soy una lunática, os lo dije. 

 

Tu PaLAbrA en MI BoCa o La tELA De ARaÑA

Me dices que quizás me dejaste con la palabra en la boca.

Y yo aprieto los labios y la percibo moverse como el rabo de una lagartija. Muerdo la palabra y se divide en dos. Son dos palabras que vienen a partir por medio lo que te hubiera dicho. 

Me trago una, la palabra breve,como se traga la ostia sagrada de las misas por compromiso, y como en esas mismas ceremonias donde los ojos se clavan en tu nuca, la palabra se pega al paladar cortándome el aire. Decimos lo que podemos, lo que la palabra aferrada nos permite decir mientras se yergue muro, mientras deja de ser oblea para convertirse en filo.

La otra la escupo. Peor que el vómito o el aliento de la mañana. Desgarro su latido caliente, asesina, animal. Me gustaría purificar mi cuerpo en esa palabra agonizante y renacer como virgen en el arte de inventar historias.

Mato y no me las como, mato por el placer de matar y escupo lo que no me atrevo a contarte, mis miserias que son mías, mis deseos que son míos, mi locura que a nadie importa porque no alcanza entidad de fábula. Mato a veces lo que me daría la vida para no matarme yo si me atreviese a hacerlo.

¿Has escuchado? De nuevo hablo.   

Tejo con las palabras más bellas una telaraña que me cubre y me honra, con la que otros, quienes no ven más allá, dirán: ¡Cómo se nota que eres dramaturga! Recuerdo el cuento de la cerillera. Cada breve llama es una palabra que primero me abrasa los dedos, y en la que tú y yo nos reconocemos un segundo antes de la oscuridad absoluta. Cuando se consuman las cerillas, porque siempre se acaban, el hielo solamente me asesinará a mí.

Y sólo alcanzo a decirte frases que han ido a parar a una pantalla iluminada, sazonada con emoticonos y exclamaciones sin cuerpo ni sangre. Sin la sal de la vida, sin sabor.

En esta noche de verano, antes de partir mañana a recoger mi corazón lejos, entrelazo una palabra tras otra sin interés alguno y me convierto en personaje, me lo vas a permitir, para que mis palabras por fin me atraviesen la carne, quiero habitarlas por completo. El deseo de que entiendas es su dolor, un dolor que palpita.

Mírame, me relamo como una fiera antes de cerrar la boca, con la huella aún fresca de tus palabras sobre mis labios. 

Quien escribe aúlla y espera, como un personaje flotando sobre las aguas del río.

Y lo demás es silencio. 

En el laberinto transparente

No es bueno escribir desde la tristeza.

Ni desde el enfado.

No es sano quedarse atrapado en el dolor, tampoco en la decepción.

La rabia saca frases que atropellan, la pena ahoga.

El deseo, ay el deseo, nos empuja a un remolino del que sólo nos saca la realidad.

Y vivir, vivirlo todo con la mirada limpia de mi yo niña. De niña que recién recuperó sus fotografías de infancia arrebatadas por el Ogro casi veinte años antes.

Delirar, como deliran los insomnes y los febriles.

Tengo fiebre.

En serio, tengo fiebre.

Y deseo, y rabia y pena y niñez. Tengo una niñez muy amplia desde la que miro el mundo como los balcones frente al mar.

Los niños cuando caen se levantan y siguen.

La mujeres con niña dentro tardan un poco más en levantarse.

Y mirarse en otros ojos, espejo de una misma, con la intensa emoción de quien se permite soñar. Soñar que somos sinceros, soñar que acariciamos, hablamos y acompañamos en el mismo y simultáneo acto de ir hacia el otro, navegando.

Sacarse las palabras una a una, pescadas del fondo de la garganta con el anzuelo de la risa y el llanto para dejarlas ir. Y dejar ir a quien no quiere estar, a quien no sabe que quiere estar, dejar ir las ganas de hacer ver que quieres estar pero no sabes que quieres hacerlo, e ir trenzando un laberinto complejo donde Ariadna muere sola y febril al fondo a la derecha.

En serio, tengo fiebre.

Una noche como hoy, como tantas otras noches como hoy, me permito abrir mucho los ojos hasta que escuecen y pupila abajo se derraman las noticias y los besos. Sonrío, sonrío mientras me derramo.

Las poetas y las dramaturgas, que somos lo mismo de dentro afuera, de fuera adentro, todas las poetas y dramaturgas abren sus brazos en esta noche, una de ésas que Neruda cantaría, una que yo me invento acompañada de otras voces para no sentirme Ariadna y no caer como Melibea de la torre más alta de Vigo.

Melibea tampoco fue niña.

No es nada, y lo es todo.

El cuerpo sabe, de ahí la fiebre.

Una vez que las palabras salen, qué es lo que ocupa su hueco?

Silencio. Lo demás es silencio.

Escribir o volar

Volar: dícese del acto de moverse por el aire usando alas o un medio artificial.

Escribir: representar ideas, palabras, números o notas musicales mediante letras u otros signos gráficos. 

Escribo. Trazo letras alargadas y oblongas sobre superficies en carne viva. Papel, carne, papel, carne. Carne de mi carne es el papel donde yo escribo.

Vuelo. Extiendo los brazos, recorro un pequeño tramo y con un leve impulso arrancado de la tierra,  me alzo sobre los tejados de las grandes ciudades y de las pequeñas con mar.

Escribo, luego vuelo sin moverme del asiento.

Me lo pregunto, yo misma me lo pregunto por qué escribo, por qué demonios los enfrento buscando la palabra, única palabra de entre todas las demás, princesa nacida del verbo continente de vida, capaz de crear como Victor F a su monstruo. Me lo pregunto día y noche, mientras subo al autobús, cuando hago cuentas a fin de mes, si beso o muerdo, si caigo porque siempre caigo, en la cuenta y en la cuneta de la frase.

No sé qué decir.

Si fuera uno de mis personajes hablaría. Ellos existen al otro lado. Mascullan, ríen, saltan y engañan. Duermen por las noches, no tienen más miedo que los míos y por ellos, los escondo bajo la almohada antes de apagar la luz.

¡Alto! Me estoy deslizando peligrosamente hacia la poesía y de la poesía a la melancolía y de un revés a la apatía para caer por la Í a la A, allá donde los fracasos se arremolinan furiosos y te ahogan, donde rugen las imágenes.  Debo iniciar el vuelo.

Desde lo más alto de la tilde tomo aire:- Las escritoras no vuelan, las escritoras no vuelan- aunque mira, en cada flanco me ha crecido un ala cubierta de espeso plumón. -Escribo, soy torpe, descoordinada, estoy vieja, soy fea, soy invisible-  sube el rumor desde el agua hasta mis oídos.

Empiezo a agitar los brazos, arriba y abajo, levantando polvo y suspiros, arreciando.

Y me veo desde fuera como un personaje más de los que pueblan mis textos. Me observo sudando, repitiendo el mismo gesto una y otra vez con la absoluta y única verdad que atesoramos, nuestro propio cuerpo.

Allá en lo alto, sobre mi cabeza apenas erguida, un sol como nunca se vió antes, una inmensa esfera ardiente aguarda mi ingreso en su cielo.

¡Estoy volando! Allá vamos, mis alas y yo, mi cuerpo, yo que soy yo misma, hacia el corazón del fuego como Ícaro.

De nuevo la Í.

Como el FénIx.

Las ausencias presentes. Las presencias ausentes.

Ahí se abre la vida, tras la ventana.

Las flores de mi escritorio mueren negras, renacen blancas.

Arrancarle unas palabras al deseo. Palabras blancas, deseo negro.

Tu boca.

Tu boca sorda.

Beber vino amargo en boca cerrada donde no entran moscas ni salen besos.

Querer beber querencia y ausencia.

Tener sólo distancia y a la vez, estar tan cerca.

Estalla la lluvia y se derrama sobre el parque. Ahueca sus gritos comunes; un único columpio se sigue moviendo. Persiste porque yo lo miro. Veo luego es. Es luego soy.

Miro tu mano sobre la mía. Hermosas fueron una. Se están borrando.

Tu mano aún es como su mano fue.

Rescato una imagen, otra imagen, un collage de nombres armados contra el olvido. Recorto paciente, perfiles blancos sobre pantalla negra. No encajo. Estoy fuera de plano.

– Por fin me tocas- dice él.

-Ya no me tocas- decía él.

Y los extremos se tocan sin alcanzarme a mí.

Tocadme con tacto del agua, caladme el corazón sin miedo al enfriamiento.

Juntad en una misma frase: lluvia, ahora, eres, voy.

El columpio se ha detenido. La memoria sigue oscilando.

Mi boca.

Mi boca llanto.

Decidme, qué hago.

¿Poner la boca en el fuego?

Her Kind (Yo también lo soy)

He salido al mundo, bruja poseída,
amenaza del aire negro, más valiente en la noche;
soñando el mal, vagabunda, he viajado
a lomos de las casas planas, de luz en luz:
pobre solitaria, con sus doce dedos, enajenada.
Una mujer así no es una mujer, lo sé.
Yo he sido de ésas.

He buscado las cuevas tibias del bosque,
las he llenado de sartenes, tallas, estantes,
armarios, sedas, de incontables bienes;
he preparado las cenas de los gusanos y los elfos:
aullando, componiendo las hileras rotas.
A una mujer así nadie la comprende.
Yo he sido de ésas.

Montada en tu carro, arriero, he saludado
con los brazos desnudos a los pueblos que iban quedando atrás,
mientras me aprendía las últimas rutas de la claridad, superviviente
de tu fuego que aún me muerde el muslo
y de mis costillas que crujen bajo el vértigo de tus ruedas.
Una mujer así no se avergüenza de morir.
Yo he sido de ésas.

Anne Sexton. Her Kind. Traducción de Michelle Renyé para Mujer Palabra, 2001, rev. 2006, rev. 2012

https://www.youtube.com/watch?v=4RSAGtnc3I8