La absurda manía de morirse (que tiene la gente buena)

Te has ido, Amado del Pino.

Y me he enterado de la manera más absurda, por la red.

Antes de olvidarte, de que el tiempo me arrastre de los pelos y me azuce como a una yegua loca  quiero escribirte.

Antes de morirme yo también, quiero despedirme de ti.

Escribirte es mi forma de entender el mundo.

Pero a la muerte no hay que entenderla, no hay quién entienda por qué unos sí y otros no ahora. Todos seremos sí algún día.

Te escribo para retenerte un segundo, tú como escritor hubieras hecho lo mismo.

Tan humanos y terribles, tan torpes.

Torpe yo, tras la noticia.

No eres mi primer muerto, aunque dueles.

Dueles porque la gente buena se está muriendo, uno tras otro.

Los miserables se mueren pero quedan otros tantos. Y los maestros son necesarios, sois necesarios.

Los maestros aparecéis para desvelar un tramo del camino. Tú alumbrabas en las conversaciones y me escuchabas con atención como buen periodista metido a autor.

Todo han sido señales recientes: una charla a medias, una recuerdo en una conversación con nuestra común y amada “Gertrudis de Avellaneda” una carta de tu puño y letra en un viejo cuaderno, una cita teatral sin fecha. Estaba ciega, ciega de premura.

Nos quedan pendientes litros de café y recomendaciones literarias, y aquel proyecto sobre el que tanto hablamos.

Tendré que conocer a Padura sola.

Y seguir escribiendo.

Quiero que lo sepas, que te lo lleves contigo.

Soy más autora por  ti.

Tenemos que plantarnos en la vida y confiar en el escenario como punto de encuentro, contigo tal vez un día, en ese café pendiente.

Hemos de vivirlo todo.

Y no esperar más a los ausentes, no estimar a quien no nos estima, no perder el tiempo.

Hoy se me acumulan los duelos. Necesarios y ardientes.

Te vas.

Aguarda, aún me quedan palabras. Soltaré tu mano con el punto y final.

Seguiré leyéndote en este Madrid de frío y recuerdos. Nos reiremos, por qué no, en la memoria es posible. Escribo de nuevo lo que merecías. Escribo y nos vamos por hoy; para siempre:

Gracias.

DEP: Amado del Pino (Tamarindo, Camagüey, 1960) dramaturgo, crítico literario, periodista, actor, amigo.

 

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Desde la fragilidad

Sobre las personas y los personajes.
Manual de vuelo.

Para contar una historia hacen falta personajes, o una voz que ejerza de narrador que a su vez, será personaje.

Para vivir una historia debes hacerte personaje, personaje que con los otros la construyan.

Harto difícil es participar de la historia y salirse de ella. Podemos recurrir a este recurso narrativo para “extrañarnos” o hacer que se extrañen, pero ¿podríamos salir de “nosotros”, piezas indisolubles de la misma? El dentro y el fuera queda vetado incluso para los santos y la objetividad jamás será objetiva, por más filtros que una se esfuerce en aplicar.

Cuando  abordo la creación de un personaje o incito a otros a hacerlo, debo recordar esta premisa. Me pongo en guardia y manejo la información con cuidado. No somos objetivas porque nosotras formamos parte de la realidad que percibimos y que paradojicamente, pretendemos exponer como algo ajeno.

En un mundo, el del arte, donde la gente se esfuerza tanto en desvelar su voz y en demostrar su estilo, valoro  más una dosis menos de esfuerzo y una mayor  de técnica. Nuestro estilo (término tan moderno que ya es demodé) surge a pesar nuestro. Somos quienes somos y más nos vale esforzarnos en ocultarlo. Pensemos en el torrente de agua al que se le colocan obstáculos. El agua, o la vida misma, hallará los vericuetos necesarios para seguir y ampliar de paso, su lecho. Seguirá manando, más impulsivo aún.

Yo quería escribir sobre la intrahistoria y he acabado escribiendo sobre el proceso creativo, asoma mi yo docente que se une a muchos otros “yo”.

¿Cómo ha de ser un personaje para capturar nuestra atención y arrastrarnos en su peripecia?

Me resulta fácil estudiar a los personajes que me han atrapado, ya para siempre, durante mi vida como lectora o espectadora. Prefiero basar mi análisis, nunca objetivo- sigo recordándome- en las personas. Personaje y persona lo compartieron casi todo antes de Freud, y después, simplemente se alejaron en una separación amistosa.

Un personaje te atrapa cuando vive su historia.

Una persona te atrapa cuando vive EN la historia, a fondo, con sus lágrimas y su risa, con sus manchas de vino en la solapa.

Conozco a algunas personas que pretenden estar dentro y fuera, como un mal simulacro de narración. Todos lo hemos hecho alguna vez, es una forma de protegernos del dolor.

Esas personas, en un esforzado intento por no mojarse, quieren estar “al plato y a las tajás” (bendito refranero) a la emoción y a la razón como si en ningún caso fuera con ellos. Son lo que llamamos, personajes planos. Interesan, interesan al principio de la historia, despiertan la curiosidad y tendemos a proyectar en ellos nuestros deseos.

Quieren y no quieren, aman y no aman. Huyen de una mirada sincera igual que las cucarachas o los murciélagos. Temen la fragilidad, la suya propia.

Y dicen: -estoy aquí- y sabes que no es cierto, y repiten: confía en mí- y desconoces esa voz externa. Y juran que están vivos, y que son fuertes como espadas ardientes.

Sin embargo, somos demasiado humanos, tarde o temprano terminamos por volver a nuestro ombligo y el personaje o la persona se queda sola, tiritando, apagada por el curso de un río que pasó de todas formas. La razón, las ideas, el silencio no les salvó  del ahogo.

Nosotros como personajes y personas tenemos una vida que vivir desde la fragilidad. Sí, fragilidad. Sean los espectadores, los biógrafos, las vecinas quienes fabulen después.

Frágil es el ala de una mariposa, y una hoja seca. Ambas cortaron el aire en dos como no podría una espada.

Caerán a tierra, es cierto, quebradas y transparentes, pero acaso ¿no caeremos todos?

Ala de mariposa y hoja seca han logrado lo maravilloso, volar.

Después de mi último vuelo he perdido el miedo a dos cosas: a escribir y a mi propia fragilidad.

Eso deseo para ti: una vida que te rompa.

Y para los personajes.

Sal de esta historia (si entraste alguna vez) y di a mis lectores: Exagera.

Lo sé. Es la vida.

No estoy siendo objetiva, no podría.

 

 

 

Restos del naufragio

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida”

Digo lo que necesito decir, o escribir, o vomitar. Yo, la comedida, la prudente, reúno estos tres verbos en uno solo y cuando digo, vomito, y cuando escribo, vomito.

Voy a hablar. No es una metáfora. Una sandía partida en donde se han detenido las moscas a desovar. Eso sí es una metáfora.

Lo sé, cabrones, por eso escribo, para que no me soltéis un diagnóstico evidente, y luego desaparezcáis. Escribo para no tener amigos, y para no depender de ellos, aunque los tenga.

He redactado ya los prolegómenos. Un poco de vaselina antes de disparar a bocajarro. Las balas se deslizarán suavemente por la piel entrando en la carne. Y el chasquido de los huesos me sacará una sonrisa.

Habita algo excitante en lo que intuyo que voy a escribir, un zumbido entre mis costillas como un constipado mal curado, un recuerdo que busca la pregunta que se quedó sin respuesta pero que aún no termina de encajar, un picor indefinido en el pie.

Escribiré sobre la falta de comunicación. Sobre la incomunicación o sobre el ruido. Algo sobre esas personas que pasan por nuestra vida haciendo mucho ruido (y pocas nueces)

Sobre la ausencia.

Algo como esto:

“Nada hiciste sino ruido. Malestar en la pantalla, malestar en mi cuerpo. Y yo pataleando como una niña a la que los reyes le han traído un regalo terrible, a la que le han traído un pijama de felpa viviendo en Canarias.

Mereces mi odio. La baba negra y cruel de una persona herida.

Herida sin saña, al descuido, dejando llagas abiertas y con mal aspecto.

Heridas por las que nadie será acusado de homicidio. Tantas heridas como en el pellejo de un oso abatido.  Mi piel no podrá usarla nadie más como alfombra después”

Hablo en general, por supuesto. No. Hablo por mí aunque no para mí.

Lo mejor de escribir en blanco es que suele quedarse en nada. En un documento de  título aleatorio  del que me desharé cuando haga limpieza. Una mamada. Una paja en el asiento de atrás de un coche de alta gama pasados los cuarenta. Un insulto entre dientes porque gritarlo conlleva valor. Un valor a la baja.

Escribiré sobre la aceptación de la realidad. Y cómo esa aceptación me llevará a sentir amor por el presente. Será un ejercicio de estilo tan de moda en las escuelas. Voy a ver si “amando lo que hay” me dan un Max o un Planeta.

Articularé frases de este tipo:

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida junto al teatro, la familia y los pueblos de costa vacacionales. Coprofagia emocional sería. No sé por qué no lo me lo olí antes. Porque era una mierda perfumada, una mierda con perfume de marca.

Besé la mierda como quien besa una flor, y me llevé la lengua sucia. Por eso escribo lo que escribo. No es mi culpa. No uses perfumes de cien euros el bote, no pongas mirada de cervatillo herido, no abraces con aparente candor. Deja que aflore la mierda de la fosa séptica que ocultas, deja que te amen por ello si tienes huevos. Que te amen con tu mierda y tu silencio.”

En definitiva, una escribe sobre lo que ha vivido, lo que espera vivir o lo que cree que vivió. Sobre la memoria y sobre el otro. Me temo que siempre escribimos sobre el otro, para ver si lo alcanzamos. 

Recojo mientras tanto, los restos del naufragio, textos sobrantes, ideas cruzadas y puntos suspensivos. Y los tiendo al sol, para que seque la tinta.

Me sobran piezas. Quizás sea yo la que no encaja. 

Escribiré sobre ello. 

Paso.

Mierda, ya lo estoy haciendo. 

 

CReAR pArA CREER

Yo dejé de creer.

Dejé de creer. 

No me preguntes si tuya fue la culpa, si hubo culpa, si pude escoger.

Creí en ti, y en ti y, en ti.

Dejé de creer en mí

Aunque por la noche, los ojos se me abrían más que nunca para no descubrir en mi pecho un pozo por corazón.

Y dormía por encima del sueño.

Esto ha sucedido en todas esas vidas que yo he vivido antes donde he sido muñeca y madre, puta y santa, vidas en las que se me evaporó el talento junto con el deseo.

¿Si escribía por qué no estaba escribiendo? 

¿Creaba o dejaba pasar los trenes? 

No me preguntes si hiciste algo para que aquello cambiase, si dejaste de hacerlo, Yo sí escogí.

Y volví al teatro. 

Frenética, enloquecida, ensimismada.

Tenía mucho que perder pero llegué desnuda, sólo con mi vida a cuestas.

Nacieron “Los perros no van al cielo”, nacieron proyectos, acaba de nacer “En tránsito” y proyectos, MÁS PROYECTOS,

Llegásteis vosotros y os sumásteis: Carolina, Raquel, Miguel Ángel, Creador.es al completo, Matías, Montse, Darío, Óscar, Leticia, Almudena, Carmen, Naira, Iris, Ernesto, Esther, Verónica O, Fátima… cientos de nombres que hacen que me suene el teléfono y me resuene el pecho (casi) como si tuviera de nuevo corazón. 

GRACIAS

Y sonrío mientras escribo. 

El talento no sé dónde está, pero sí mi deseo. Está en volver a creer. 

Creer en mí para CREAR. 

ADELANTE.

Y al FINAL, Empezamos DE NUEVO.

“LOS PERROS NO VAN AL CIELO” 

LECTURA DRAMATIZADA

28 de Septiembre, 2015

19h.

SALA BERLANGA

Manual breve y definitivo sobre la felicidad.

¿Para ser feliz? Yo no tengo técnica alguna.

– Pero eres feliz.

– Sólo decírtelo me aleja de la felicidad como cuando te tapas los ojos con la mano porque el sol te deslumbra.

– Quiero ser feliz como tú.

– Y yo que dejes de repetirme que lo soy. 

– Se te ve. Te conozco desde siempre y nunca te había visto feliz.

– He sido feliz otras veces, a lo mejor no te habías dado cuenta.

– No de esta manera.

– Eres tú quien lo ve en mí.

– Te envidio. Quiero tu felicidad.

– No te serviría para nada, es mía.

– Envidio lo que acabas de decir, cómo lo sueltas con total tranquilidad y hasta cómo te cuestionas: ¿Feliz yo? A mí no se me ocurre ni preguntármelo, no lo soy.

–  A lo mejor es que no valoras lo que tienes.

– ¿Y qué tengo?

– Claro que si ni siquiera lo ves, el camino es mucho más largo.

– Oye, ¿no crees que suena un poco a libro de autoayuda? Si me recomiendas ahora la terapia sistémica o que tome rábano negro empezaré a creer que fumaste demasiada marihuana de chaval.

– Pues nunca viene mal fumar un poco, constelar o tomar vegetales.

– Tomar vegetales no nos vendría mal a ninguno de los dos. 

– Comer algo, quieres decir, aunque se nos va a quedar un tipín envidiable.

-Qué asco das.

– ¿Por? ¿Tan mal huelo? Tú tampoco estás hecho un primor..

– Porque le ves el lado positivo a todo. Puta felicidad, quién la tuviera.

– Y tú pareces el otro, el payaso gruñón, un personaje de Beckett. Un tipo abocado a la tristeza esperando que los demás le den una palmada en la espalda y le digan: Vamos, tío, si no estás tan mal…

– ¡Estoy mal!

– ¡Estamos los dos mal!

– Tú eres feliz, no me jodas.

– ¿Por qué no me paso el día quejándome?

– No me quejo, constato la realidad.

– Toda la vida lo mismo. ¿Y qué necesidad tienes de ser feliz? estamos aquí, juntos

– No te soporto cuando te pones feliz. Dime cómo lo haces y no volveré a sacar el tema.

– Creo que he dejado de esperar.

– ¿Esperar el qué? 

– Cualquier cosa.

– ¿Cómo qué? 

– Que vengan a buscarnos, por ejemplo.

– Más nos vale que vengan.

– O no, en la vida todo son decisiones binarias. Puede que sí, puede que no. Las dos respuestas son igual de válidas, sólo que no las pienso porque no puedo hacer nada para que la balanza caiga de uno u otro lado. Durante un tiempo me proyecté en el Sí, quería que nos buscasen, que nos encontraran respirando débil aunque con suficiente pulso y volver a lo de antes. Luego, opté por el No porque descansar un tiempo largo no nos vendría mal después de tanto ajetreo. Y así entre el SÍ y el NO llegó un “Y QUÉ”, y mira, empezaste a darme la tabarra con la felicidad. 

– Te has rendido.

– Si tú lo dices…

– ¡Y sonríes tan tranquilo!

– Es la cara que se me ha puesto.

– De felicidad constante.

– Nos estamos quedando sin carne. También las alimañas del bosque tienen derecho a comer. Si te mirases a un espejo, descubrirías tu gesto igual que el mío. 

– Ojalá nos echasen un poco de tierra por encima.

– ¿Para qué? Nos perderíamos estar al aire libre. Fíjate que cielo más despejado hay esta noche.

– El que no se consuela es porque no quiere, desde luego.

– No, es que sólo tenemos esto, un manto de estrellas sobre nosotros para contarlas todas.

– Vamos a tardar una eternidad.

– Tranquilo, compañero, creo que tenemos algo de tiempo.  

– Dime cómo lo haces.

– Tú cuenta y calla.

MA. Primer acercamiento.

Me siento a escribir y moneo. Moneo mucho.

Miro el facebook, las noticias, escucho una, dos canciones que enlazo con algún recuerdo más o menos afortunado.

El tiempo pasa y la hoja sigue frente a mí, en blanco, sin prisa. Soy yo la que me consumo, a ella mientras le siga llegando electricidad le queda paciencia.

MA

¡Qué cosas se me ocurren!

MA

Se me ocurren a mí y hoy, ni siquiera han pasado por casa.

Cojo un lápiz de ojos, un khöl y me pinto la mano, y luego el hombro. Escribo Ma y me hago un selfie como una adolescente. Como una chica joven con ganas de comerse el mundo y arrasar.

Me escribo Ma en la piel como el tatuaje mal hecho de un marinero tras una noche de farra. AMOR DE MA.

AMOR DE MADRE.

Porque de eso va MA. De la adolescencia, del lápiz de ojos, de resacas con marineros, del AMOR de MADRE. De MI madre. Tú tendrás una, quiero suponer, o la habrás tenido y TU madre te querrá como sólo quiere la madre de cada uno.

MA es madre e hija. Madre que fue hija y madre es, hija que será madre sin perder su condición de hija.

Mientras me desenredo con la hoja y el cuerpo en blanco, os anuncio, quería yo deciros desde el otro lado…

¡Estrenamos en Julio en la SALA de ECE (Escuela de Creación Escénica)!

Por el momento, os puedo enseñar un trocito de hombro (las dramaturgas no debemos hacer demasiado alarde de piel porque nos la dejamos de otra forma) con una palabra importante: MA

Porque Ma sólo hay una.


¡Y qué una!

¿Quieres leer algo mío?

http://youtu.be/JzZ-Mgi1My4

Todos quieren saber. Dicen querer saber. Saber cómo escribimos, qué escribimos.

Todos quieren leernos como se leen las líneas de la mano en los puestos del mercado medieval. Defienden nuestra valía, afirman nuestro talento sin leernos siquiera.

Leer no es leer.

Leer es escuchar con el alma.

Todos quieren leernos bajo la lluvia, en el invierno sin radiador, en la playa frente al mar, bajo la luz que atraviesa una copa de tinto.

Detienen su mirada en nuestros labios, labios asustados y presurosos cuando hablamos de lo creado. Labios temblorosos ante el misterio íntimo que se nos derramó de las manos. La sangre también se derrama, gotea lentamente de la muñeca al suelo formando un pequeño charquito a nuestros pies y nos humedece la atención en el instante justo en el que te aproximas para romper el hielo. El hielo flota sobre el líquido rojo y caliente, se funde en su superficie donde se une a las palabras que se desprendieron en caida libre.

Y nos sentimos pequeñas, diminutas, como niñas cazadas de puntillas en la alacena, como hadas desnudas a punto del sacrilegio.

Quisimos alimentar algo que fuera grandioso y nació una sola fresa en el jardín. Un único fruto rojo y brillante, maduro tal y como maduran las lágrimas al reconocer lo antiguo. Una pieza única tejida con palabras.

De ella hablamos a los que nos quieren leer.

Y la sujetan entre manazas repletas de pecados aún no cometidos. Arrancan la fruta solitaria con dos dedos largos, muy largos y le dan vueltas bajo la bombilla. Hablan y hablan del fruto prohibido, del deseo por degustarlo, decadente, deslizante por la garganta, buscador de cuerpos que ocupar.

No muerden la fruta, nunca la muerden hasta el tuétano.

Todos decís querer leernos cuando sólo queréis follarnos.

Y follar no es poseer, apenas es caricia.

Fóllame, no importa.

Importa aunque no lo diga, no vayas a creerte que importa.

Y todo serán cuentas que no salen, ecuaciones mal resueltas, absurdas palabras mezcladas en el cubilete Dadá de la vida.

Fóllame, no leas. No leas nada, no entiendas.

Entender quién está al otro lado.

No son palabras, sino los silencios entre ellas.

Y esto un divertimento. Y tú, quizás un divertimento. Y los errores una llave, y las pantallas un muro, y las que escribimos gilipollas.

Jamás nos leen.

Ya soy redactor

“¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene?(…)

Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras casa periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche:

– ¿Cuando seré redactor de periódico?

(…) El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas, y amanecí periodista:

(…) -Ya soy redactor- exclamé alborozado,- y écheme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción.

Pero ¡Ay de mí!insensato, qué chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias (…) juzgue el lector sino es preferible vivir tranquilamente subscripto a un periódico, que haberle sabia y precipitadamente componer.

– ¡Señor Fígaro!un artículo de teatros.

-¿De teatros? Voy allá.

Yo escribo para el público, y el público-digo para mí,-merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A es malo, y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos en que el autor de la comedia dice que es excelente, y el articulista un acéfalo: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡Pícaro traductor, ladrón, pedante!¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración?

¡Oh qué placer el de ser redactor! (…)”

Útero

Dentro, aquí dentro, la luz que calienta mi nuca se proyecta contra la pared del fondo.

Veo desfilar sombras orondas, espigadas y efímeras. Extiendo la mano y recorto su silueta para fijarlas en mi memoria. Cruzan de un lado al otro y se esfuman con la misma inmaterialidad que trajeron. Me pregunto qué vienen a hacer en mi cueva y cuál es el camino que prosiguen, imagino cómo son sus rostros si tuviese la posibilidad de girarme y mirarlos. Pero no me está permitido, así que los construyo en mi mente y los voy cosiendo unos a otros hasta que fluyen como una corriente de aire capaz de contarme sus historias.

Invento el teatro.

Cierro la mano que recortaba perfiles y se convierte en puño, puño que entra por mi boca y desciende hasta el hueco abierto de mi vientre. Allí se expande y ondula, araña mis muros internos. La mano que ha visto tanto y ha sido capaz de remontar el aire se me ha colado en el cuerpo para desordenarme.

Aprendo a crear.

Por dentro soy suave y recia. Poseo textura de corteza y color de pétalo. Albergo miomas y silencios, aquella imagen suspendida de una rama, el beso que no alcanza, una carta que jugamos a escribir al actor al que admirabas. Dentro, muy dentro, dormita un dolor viejo que Eva legó a su hija y que se fue venciendo siglo tras siglo, sobre cada hembra. Lo heredé una madrugada de Otoño cuando mi madre me echó de su dentro.

Conozco la culpa.

Dentro, todavía más dentro, es tal el espacio que albergo que doy cabida a cuerpos ajenos, cuerpo pasajero o hermano, cuerpo que arrastra o visita.  Algunos se instalan por siempre y poco a poco, te van carcomiendo. Hay que arrancárselos, aunque tu carne vaya tras ellos. 

Descubro la decepción.

El dolor exige quietud y que aferre bien la esperanza no vayan a dejar de querernos si decimos no, si ponemos vetos.

Me enfrento al miedo.

Querida amiga, me pediste un texto, un texto tienes. No es el más tierno, ni el más ameno. Es como yo algunos días feos de niebla y rabia. En otros, volveremos al vino.

No es mi mejor texto, ni siquiera es un texto, es una sombra que está pasando, que ya pasó.

 Yo te lo entrego.

Cruzar el umbral

Comenzamos año.

Y me siento a escribir. Necesito escribir aunque no sé de qué. Acabo de terminar un texto y me he quedado un poco vacía, como una recién parida a la que le da miedo mirar su criatura, no vaya a parecerse al padre, sea quien sea.

Observo la pantalla y nada.

Me digo: escribe desde tu dolor (a veces funciona) entonces me pondré a escribir sobre amores trágicos y traiciones. La tristeza es muy creativa pero te conduce siempre a Cumbres Borrascosas.

Escribe sobre tu pasión es decir, apasiónate sobre lo que escribes y me lío. Sobre tu pasión terrenal, nena, me parece que aún no.

Bueno, pues sobre lo bien que te va a ir este nuevo año.

Me va a ir fenomenal en este nuevo año. Fin.

No visualices demasiado que lo bloqueas. Y es que a mí esto de visualizar me funciona a la inversa, cuanto menos más.

En serio Laura, eres escritora, céntrate, no tienes resaca. A ver ¿por qué has puesto ese título?

Cierto, el título. Ya tengo por dónde empezar.

Ayer por la tarde, me dio por abrir un cajón de mi cuarto (cuarto en el que vivo recluida a lo monja del Cister) y allí estaban, docenas de cuadernos garrapateados desde el 97 hasta bien entrados los dosmiles. Diarios de mi primera juventud, trágicos, apasionados, reflexivos… abrí uno al azar, de los más antiguos (el más antiguo es de cuando tenía siete años y tiene una bailarina en azul celeste y un candadito dorado) Abrí uno, un poco menos antiguo y bastante grueso.

Me asaltó un párrafo en el que hablaba de cruzar el umbral del año nuevo como símbolo de nueva vida (yo, que he vivido seis vidas ya) con una inocencia e ilusión dignas de estar bendita. Me conmovió leerme y no haberme borrado aún, tras tanto tiempo.

Por la noche, en un mensaje, me desearon un buen paso de umbral. Todo lo bueno del año nuevo me esperaba al otro lado, me esperaba desde hoy.

Entró el año. Y esta mañana, con toda la familia dormitando su día 1 y mientras desayunaba he vuelto a releer Moths. Mi obra de cuarto de RESAD. Mi pequeña. Hacía años que no caía en mis manos, una deja de leer lo que escribe porque ejerce sobre sus textos un cierto paternalismo no exento de dureza. La he leído de un tirón, sin pensar, queriendo. En una escena, Virginia le dice a Clive:

-Adelante, ¿desde cuándo te detiene un umbral?- Alusión clara al entusiasmo del personaje y al interés de éste en arrebatarle su virginidad. Pero eso es otra historia, no nos desviemos.

Tres momentos, unas pocas horas. Tres umbrales. No soy la loca de los umbrales, entre el diario y Moths habían pasado diez años. Entre Moths y anoche casi siete. Joder, el tiempo.

Para cruzar el umbral hay que quitarse el peso del miedo y la mentira. Pronuncio umbral y estoy en Italia, a cuarenta grados a la sombra toscana danzando sobre Alicia (mi adorada Alicia), digo umbral y evitando la gracia de ponerle Paco delante, me cruzo de acera y te saludo con la mano y un beso rojo en la punta de los dedos. Pienso umbral y atravieso un túnel donde personas desconocidas me dan la bienvenida por nacer.

La serendipia nos hace viajar y teje en torno a nosotros una red poderosa e invisible que se nos ciñe a las caderas para que podamos recorrer todos los caminos. Pero claro, para ello hemos de estar desnudos y con la piel a prueba de asombro.

Feliz umbral.

Estamos al otro lado. De momento.