Restos del naufragio

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida”

Digo lo que necesito decir, o escribir, o vomitar. Yo, la comedida, la prudente, reúno estos tres verbos en uno solo y cuando digo, vomito, y cuando escribo, vomito.

Voy a hablar. No es una metáfora. Una sandía partida en donde se han detenido las moscas a desovar. Eso sí es una metáfora.

Lo sé, cabrones, por eso escribo, para que no me soltéis un diagnóstico evidente, y luego desaparezcáis. Escribo para no tener amigos, y para no depender de ellos, aunque los tenga.

He redactado ya los prolegómenos. Un poco de vaselina antes de disparar a bocajarro. Las balas se deslizarán suavemente por la piel entrando en la carne. Y el chasquido de los huesos me sacará una sonrisa.

Habita algo excitante en lo que intuyo que voy a escribir, un zumbido entre mis costillas como un constipado mal curado, un recuerdo que busca la pregunta que se quedó sin respuesta pero que aún no termina de encajar, un picor indefinido en el pie.

Escribiré sobre la falta de comunicación. Sobre la incomunicación o sobre el ruido. Algo sobre esas personas que pasan por nuestra vida haciendo mucho ruido (y pocas nueces)

Sobre la ausencia.

Algo como esto:

“Nada hiciste sino ruido. Malestar en la pantalla, malestar en mi cuerpo. Y yo pataleando como una niña a la que los reyes le han traído un regalo terrible, a la que le han traído un pijama de felpa viviendo en Canarias.

Mereces mi odio. La baba negra y cruel de una persona herida.

Herida sin saña, al descuido, dejando llagas abiertas y con mal aspecto.

Heridas por las que nadie será acusado de homicidio. Tantas heridas como en el pellejo de un oso abatido.  Mi piel no podrá usarla nadie más como alfombra después”

Hablo en general, por supuesto. No. Hablo por mí aunque no para mí.

Lo mejor de escribir en blanco es que suele quedarse en nada. En un documento de  título aleatorio  del que me desharé cuando haga limpieza. Una mamada. Una paja en el asiento de atrás de un coche de alta gama pasados los cuarenta. Un insulto entre dientes porque gritarlo conlleva valor. Un valor a la baja.

Escribiré sobre la aceptación de la realidad. Y cómo esa aceptación me llevará a sentir amor por el presente. Será un ejercicio de estilo tan de moda en las escuelas. Voy a ver si “amando lo que hay” me dan un Max o un Planeta.

Articularé frases de este tipo:

“Amar la realidad sería amar la mierda. Y amar la mierda sería añadir otra mierda más a mi vida junto al teatro, la familia y los pueblos de costa vacacionales. Coprofagia emocional sería. No sé por qué no lo me lo olí antes. Porque era una mierda perfumada, una mierda con perfume de marca.

Besé la mierda como quien besa una flor, y me llevé la lengua sucia. Por eso escribo lo que escribo. No es mi culpa. No uses perfumes de cien euros el bote, no pongas mirada de cervatillo herido, no abraces con aparente candor. Deja que aflore la mierda de la fosa séptica que ocultas, deja que te amen por ello si tienes huevos. Que te amen con tu mierda y tu silencio.”

En definitiva, una escribe sobre lo que ha vivido, lo que espera vivir o lo que cree que vivió. Sobre la memoria y sobre el otro. Me temo que siempre escribimos sobre el otro, para ver si lo alcanzamos. 

Recojo mientras tanto, los restos del naufragio, textos sobrantes, ideas cruzadas y puntos suspensivos. Y los tiendo al sol, para que seque la tinta.

Me sobran piezas. Quizás sea yo la que no encaja. 

Escribiré sobre ello. 

Paso.

Mierda, ya lo estoy haciendo. 

 

Cruzar el umbral

Comenzamos año.

Y me siento a escribir. Necesito escribir aunque no sé de qué. Acabo de terminar un texto y me he quedado un poco vacía, como una recién parida a la que le da miedo mirar su criatura, no vaya a parecerse al padre, sea quien sea.

Observo la pantalla y nada.

Me digo: escribe desde tu dolor (a veces funciona) entonces me pondré a escribir sobre amores trágicos y traiciones. La tristeza es muy creativa pero te conduce siempre a Cumbres Borrascosas.

Escribe sobre tu pasión es decir, apasiónate sobre lo que escribes y me lío. Sobre tu pasión terrenal, nena, me parece que aún no.

Bueno, pues sobre lo bien que te va a ir este nuevo año.

Me va a ir fenomenal en este nuevo año. Fin.

No visualices demasiado que lo bloqueas. Y es que a mí esto de visualizar me funciona a la inversa, cuanto menos más.

En serio Laura, eres escritora, céntrate, no tienes resaca. A ver ¿por qué has puesto ese título?

Cierto, el título. Ya tengo por dónde empezar.

Ayer por la tarde, me dio por abrir un cajón de mi cuarto (cuarto en el que vivo recluida a lo monja del Cister) y allí estaban, docenas de cuadernos garrapateados desde el 97 hasta bien entrados los dosmiles. Diarios de mi primera juventud, trágicos, apasionados, reflexivos… abrí uno al azar, de los más antiguos (el más antiguo es de cuando tenía siete años y tiene una bailarina en azul celeste y un candadito dorado) Abrí uno, un poco menos antiguo y bastante grueso.

Me asaltó un párrafo en el que hablaba de cruzar el umbral del año nuevo como símbolo de nueva vida (yo, que he vivido seis vidas ya) con una inocencia e ilusión dignas de estar bendita. Me conmovió leerme y no haberme borrado aún, tras tanto tiempo.

Por la noche, en un mensaje, me desearon un buen paso de umbral. Todo lo bueno del año nuevo me esperaba al otro lado, me esperaba desde hoy.

Entró el año. Y esta mañana, con toda la familia dormitando su día 1 y mientras desayunaba he vuelto a releer Moths. Mi obra de cuarto de RESAD. Mi pequeña. Hacía años que no caía en mis manos, una deja de leer lo que escribe porque ejerce sobre sus textos un cierto paternalismo no exento de dureza. La he leído de un tirón, sin pensar, queriendo. En una escena, Virginia le dice a Clive:

-Adelante, ¿desde cuándo te detiene un umbral?- Alusión clara al entusiasmo del personaje y al interés de éste en arrebatarle su virginidad. Pero eso es otra historia, no nos desviemos.

Tres momentos, unas pocas horas. Tres umbrales. No soy la loca de los umbrales, entre el diario y Moths habían pasado diez años. Entre Moths y anoche casi siete. Joder, el tiempo.

Para cruzar el umbral hay que quitarse el peso del miedo y la mentira. Pronuncio umbral y estoy en Italia, a cuarenta grados a la sombra toscana danzando sobre Alicia (mi adorada Alicia), digo umbral y evitando la gracia de ponerle Paco delante, me cruzo de acera y te saludo con la mano y un beso rojo en la punta de los dedos. Pienso umbral y atravieso un túnel donde personas desconocidas me dan la bienvenida por nacer.

La serendipia nos hace viajar y teje en torno a nosotros una red poderosa e invisible que se nos ciñe a las caderas para que podamos recorrer todos los caminos. Pero claro, para ello hemos de estar desnudos y con la piel a prueba de asombro.

Feliz umbral.

Estamos al otro lado. De momento.

Las buenas chicas

¿Cómo las mujeres podemos ser benevolentes si no somos benevolentes con nosotras mismas? 

Simone de Beauvoir

Las buenas chicas (como yo) jamás tropiezan dos veces con la misma piedra, les basta estamparse una vez contra la acera para que de nuevo en pie, continúen adelante con la lección aprendida: no mires el suelo al andar.

Las buenas chicas aceptan las situaciones por adversas que las pinten, tienen capacidad para comprenderlo todo y digerirlo todo sin perder las buenas formas, bajo ningún concepto han de perder las buenas formas porque son buenas chicas, no lo olvidemos.

Las buenas chicas se reservan el derecho a réplica cuando otros dan la situación por zanjada o cuando en un alarde de gallardía espeluznante cae el silencio como un telón de acero. Toma un trago, anda. Míralas, llorando sobre el hombro de sus amigas y de sus amigos gays pero mira como beben los peces en el río, también ellas tienen derecho a pillarse una buena cogorza para sanar con alcohol sus heridas más hondas. Lo que no se puede, lo que no se debe, lo que no se hace (no, no es que esté mal visto, es sólo que no es lo habitual) es que esa buena chica un día explote y zarandee al mudo de los hermanos Marx hasta sacarle las vocales una a una, que le grite a la cara y sin educación: ¡Malditocabrónhijodeputacobardeojalátepudrasenelinfiernotúytupersonajesensiblerodetresalcuarto!

Eso no estaría nada bien. No pondríamos violentos y la violencia incomoda. Además -Cuando te pones así, no hay quien hable contigo- La violencia nos coloca en un estado de tensión innecesaria, nos genera mala onda, nos hace retroceder en el karma, evita perdonar-nos y a ti, buena chica, te hace perder puntos a ojos de las personas que te rodean, de los que estén a tu alrededor en el bar, del coche de policía que frena en medio de la calle al verte histérica perdida. Vaya cosas se te ocurren. La vida es cruel, hay que aceptar, aceptar, aceptar hacia dentro, hacia dentro. Si no existe una explicación coherente ya te la inventarás tú solita. Al pedirla de nuevo lo más probable es que llegues a sentirte una auténtica nazi. ¡Acepta!

Tenemos a las buenas chicas que un día deciden jugar con las armas de los chicos malos. Follan más, beben más, medran más, manejan más poder. Durante un tiempo considerado entre prohibido y  excitante las buenas chicas actúan como chicas malas, no malas chicas no confundamos sino no podrán regresar como las buenas chicas que son. Buena chica, lo has entendido.

Dicen que existen buenas chicas un tanto rebeldes que deciden experimentar: se rapan el pelo a cero, leen tesis feministas, practican culturismo, incluso otras se enrollan con su vecina del segundo. Algunas de esas chicas, ahora denominadas bollo buenas chicas, se vuelven incapaces de tomar café sin tener al lado a su nueva pareja bollo buena chica e incluso, de ir al baño solas.

Las buenas chicas no sólo piensan en chicos o en chicas o en qué hacer con su cuerpo cuando no están de servicio. Ahí lo más probable es que se pongan su pijama de peluche azul celeste y se dejen crecer los pelos de las piernas pensando: dios, llévame pronto mas avisa antes para que me depile porque mi madre me ha dicho que no salga a la calle con malos pelos, o con pelos, y con la ropa interior sucia por si me pasara algo.

A veces, una buena chica cualquiera, de las que se quejan, pasa por una mala temporada, una buena mala temporada de no querer salir de la cama ni aunque se te siente encima Paquirrín. Y se obligan colocándose las tripas por montera para hacer “vida social” con una amiga, o por otra o por ti aunque siga siendo un día horrible. Quieres vomitar aunque no hayas comido, y tu cabeza funciona como una lavadora centrifugando. Eres una buena chica, no es recomendable que estés dando siempre el coñazo con tus historias. Tuyas son, estás jodida, todos lo sabemos, es lo que hay. Recibes una noticia, un comentario, un mensaje, una llamada a destiempo, un cartel en el metro, un encuentro inesperado, un profesor que te complicó la vida detrás de ti en el patio de butacas, una foto que se resbala del libro a medias. Y contestas mal. No demasiado mal, feo. Así, con desagrado, con mohín rabioso. No quieres decir más. Quieres huir. Dejar atrás la sorpresa, la indignación, tu propia culpa. Te pones en pie, das dos besos leves y echas a correr calle arriba para llorarlo todo después. La liaste. Irás al infierno de los solos.

Luego te consuelas pensando que podrás llamar más tranquila y pedir disculpas sinceras, que la otra persona lo entenderá porque decía entenderte. Pero nunca más te coge el teléfono, no te contesta los mails, ni siquiera te da un me gusta! en facebook.

Es el fin de tu bondad en un mundo donde todos están muy ocupados si les va bien. Cuando no era así no era así, dejémoslo en ese punto, buena chica. Te recomiendo la terapia cognitivo conductual donde te van a enseñar en unas cuantas sesiones ejercicios prácticos para etiquetar las emociones, dejarlas suceder y encontrar el pensamiento limitante escondido debajo para poder cambiarlo por un pensamiento adaptativo. Toma ya. Cuánto te queda por delante. Ser Buena cuesta más que la fama.

No desesperes. Pide ayuda a tu terapeuta, a otra amiga, al que acabas de conocer. Puedes decirle: -Quiero ser una buena chica pero se me da fatal. Échame una mano. Ayúdame a comprenderme, pásame ese contacto de curro, ponme la autoestima en su sitio a base de abrazos- Tampoco funciona, algo no encaja, el contacto no llega, el contacto humano tampoco.

Una mañana topas en la parada del autobús con una buena chica, una auténtica buena chica de las que hablan poco y sonríen mucho. ¡Qué chica más buena! Charláis. Hace frío, el bus en Madrid tarda una eternidad… como las frases superficiales no dan calor entráis en materia. Comenta algo como un chispazo. Algo así como el último brillo de una bengala antes de apagarse. No crees lo que estás oyendo. Persigues el olor a chamusquina. Indagas. La buena chica suelta por su linda boquita un ensartado de opiniones sobre determinada situación que te dejan boquiabierta ¡Es lo que tú pensabas! y notas deshacerse el nudo de tu garganta en su boca.

Descubres la gran mentira. La red metálica contra las que las chicas se estrellan para lograr ser buenas. El hartazgo, la nausea.

¿Qué os pensabais que las buenas chicas no estamos hasta el coño del papel? ¿Qué nos gusta el “maquillaje” a todas horas? ¿Qué NO es SÍ y es porque no hemos sido lo suficientemente claras?

¿Qué la ambigüedad es un rasgo muy femenino para jugar con ventaja? ¿Qué todo vale? ¿Qué querer a alguien es escribir te quiero en ocho caracteres? ¿Qué mostrarse sensible es ser una desquiciada premenstrual y bohemia?

Hay millones de buenas chicas deseando romper, rasgar, descuartizar, gritar y pegar puñetazos. Estoy segura de que estáis ahí, escondidas, mascullando maldiciones quizás contra mí, asfixiándose cada noche con el peso del cuerpo muerto de alguien muerto en vuestra cama, muy polites, limpias, pulcras.

Siempre pulcras hasta cuando no deseáis serlo.

Nos tienen que seguir queriendo. ¿Nos tienen que seguir queriendo?

No sé. Yo sólo soy una buena chica, como vosotras.

Y siempre tropiezo con la misma piedra.

En el corazón del fuego

Un día las polillas se reunieron para discutir el extraño fenómeno llamado “fuego”. No lograban adivinar qué era aquello tan misterioso. Finalmente, después de mucho debate, una polilla salió a investigar el “fuego” personalmente. Vio la luz de una vela a lo lejos y entonces volvió al grupo y lo describió a los demás. Pero la polilla sabia, que estaba a cargo de la reunión, dijo que la descripción no era lo suficientemente clara, así que una segunda polilla fue a echar un vistazo más de cerca. Volvió con las alas chamuscadas y describió la experiencia a las polillas que esperaban. La polilla sabia dijo que aún esta descripción no era lo suficientemente clara. Finalmente, una tercera polilla decidió verlo por sí misma. Voló cerca de la vela y entonces, intrépidamente, se zambulló en el corazón de la llama. En ese instante se hizo uno con el “fuego”. La polilla sabia dijo: “ella ha aprendido lo que quería aprender, pero sólo ella lo entiende”. 

Peter Brook

En “La conferencia de los pájaros”

Mil maneras de romper contigo. La primera vez.

Estoy preparada. Decidida a dejarte de una vez. Te has portado como un verdadero cretino y me has hecho sentir una mierda, mierda de perro de barrio obrero para ser más exactos. De perro grande y negro. Veo un perrazo oscuro dejando su firma a la entrada de mi casa y siempre la piso cuando quedamos. Toma suerte.

Se supone que las parejas te hacen caminar sobre las nubes, y no sobre mierdas de perro callejero. Los novios te cuidan y saben que eres es algo más que el espacio calentito donde pasar las horas muertas que no sean actividades obligatorias, o que te interesan más o que te convienen más a ti.

Así que voy a ello. Hoy será el gran día, el día en que te parta la cara, en principio sólo con las palabras.

Desayuno fuerte, tengo que acumular energía. Si todo sale como espero, la culpa no me permitirá comer demasiado. No toca atizarse un cocido madrileño después de romper con tu pareja. Aunque la ocasión incluso merezca una mariscada.

Abro el armario y escojo el vestuario apropiado. Algo sexy y cómodo. Sexy para que cuando me veas llegar se te quede la boca entreabierta (como la cara de algunos reyes españoles) y cómodo, por si me toca salir corriendo, nunca se sabe lo que puede suceder en una ruptura. Por suerte, hoy no tengo que combinar la ropa interior, ni depilarme las ingles así no habrá tentaciones posibles.

Un poco de maquillaje, rimmel waterproof  (se avecinan lágrimas) y un ligero toque de rubor en las mejillas. Meses roja de la rabia y justo hoy, parezco la gemela de Morticia Adams, pero estoy decidida y no hay nada que Madame Astor no oculte, excepto el desengaño.

Hemos quedado en el bar de siempre, un bar en el que el promedio de edad es equivalente a la tasa de alcohol en sus venas, y el más joven tiene cincuenta y cinco. Sólo son las nueve de la mañana. Llegarás tarde, para variar, porque algún meteorito habrá cruzado por delante de tu ventana, cegándote temporalmente e impidiendo que puedas moverte a ritmo humano. Esos, mínimo, veinte minutos extra me permiten repasar el guión de lo que tengo que decirte. Me he escrito en una planilla todo lo imprescindible. No vaya a ser que cuando ya no estemos juntos y te haya llorado todo lo llorable, me encuentre masticando palabras envenenadas.

Odio cómo vestías, más cerca de los uniformes escolares que de los que los treinta pasaditos de largo y tu manía de hurgarte la nariz cuando crees que nadie te ve (y todos lo hacen) Pienso romper esa taza de cerámica que me regalaste en navidades con un osito sonriente. ¡Un osito sonriente como si tuviera cinco años! Sé lo tuyo con aquella compañera, y tu adicción obesa a comer risquettos cuando estás triste.

Y aquí llegas. Tachán. En lo que nos saludamos pides un café con leche y par de tostadas enormes, a ti no te quitan el hambre ni los documentales históricos de la dos. Me cuentas no sé qué de tu madre, y no se qué de lo que te ha dicho la panadera. Ajá. Ajá. Ajá. Ahora soy yo la que abre la boca como Carlos II de Augsburgo.

Es cierto, hueles estupendamente. Te has perfumado para el encuentro y es un golpe bajo. Pero no puedo flaquear. Recuerda, mierda de perrazo. No caquita de can, ni excrementos de mascota.

Y cuando está a punto de preguntarme por fin, llevas veinte minutos hablando y comiendo a la vez: ¿Y tú qué tal? te lo suelto. Así de golpe, sin anestesia. Como no te lo esperabas de manera tan abrupta, un trozo de pan tostado con tomate sale disparado de tu boca e impacta directamente contra mi escote, ése del vestuario sexy. Desde luego que te has quedado con la boca abierta y jadeante, casi te vas al otro barrio entre los vecinos de este barrio. Con mi pecho chorreando aceite de oliva, a lo gladiadora moderna, me animo a soltarte todo lo que tengo escrito. Pero has empezado a toser sin medida, anulando mis réplicas, convirtiéndote en el centro de atención. Vaya un día has elegido para asfixiarte. Cuando por fin vuelves en ti, y me pides que repita la frase es tal tu aspecto desvalido, tus comisuras temblando y tus ojos aún llorosos que una parte de mi cuerpo empieza a gemir como un cachorrito negro. Y te doy un achuchón como si hubiera sido una broma de mal gusto, y te pido disculpas mientras bajo la mesa, arrugo el guión.

Huele fatal. Todo esto me huele fatal. Algún día lo conseguiré. Seguro que sí.

Sobre ratas de dos patas, familias homoparentales y ganas de viajar.

Este fin de semana, he estado participando en las IV JORNADAS DE EDUCACIÓN organizadas por la FELGTB, de las que mi amigo Nacho tuvo a bien informarme.

Han sido tres días muy intensos e interesantes donde se ha tratado la problemática de la diversidad sexual y genérica en los centros educativos, las trabas con las que se encuentran los maestros, profesores y educadores, también los grandes inconvenientes para las familias LGTB. No todo ha sido negativo, la información y ser objetivos con los marcos y protocolos en los que nos desenvolvemos no es tirar la toalla ni mucho menos, sino hacerse consciente de lo que hay y de nuestros márgenes de actuación en el ámbito institucional y académico… también se ha incidido mucho en dos aspectos: uno en la visibilidad como método natural y activista para “normalizar” (con todas las comillas posibles a esta palabra) y dos, la implicación personal (la autoeducación) de docentes y familiares.

La cosa está complicada, pero lo sorprendente es que existen propuestas, comunidades autónomas un poco más valientes y materiales de libre disposición a los que podemos acceder aunque sea por mera curiosidad.

No soy profe de instituto, ni maestra ni docente oficial. Extraoficialmente sí. Claro que sí. Quienes me conocéis sabéis que amo enseñar y me dejo cuernos y  piel en ayudar-nos a entender y compartirlo. Por eso mi presencia en esta jornadas que me han llenado de alegría, de entusiasmo ante retos nuevos cuando uno enseña (transversal o directamente) y de indignación por vetos y censuras políticas y sociales. Pero con la amargura no cambiamos las cosas sí, repito, con la información y el compromiso.

Y sobre esto, el compromiso quería seguir escribiendo en mi entrada de hoy.He conocido muchos tipos de familias distintas en estos días. Mayoritariamente homoparentales por el contexto de las jornadas aunque se han hablado de modelos alternativos que empiezan a mostrarse en nuestra sociedad de forma contundente.

Tampoco quería hablar de esto, no. Como veréis tres días han dado para mucho y también lo han hecho en el terreno de lo íntimo.

Hay que mirar pa´dentro para cambiar lo de fuera. Ése es mi nuevo lema.

Lo que me admiraba de esas parejas, o hablando del mundo de la pareja, era la convicción. Si ya es complicado formar parte de una pareja heterosexual (y como mujer pienso que es prácticamente un milagro que esté asentada en la igualdad) entrar a formar parte de la alternativa y de una supuesta minoría que se intenta obviar me parece de valientes. Y me pregunto, cuánto hay que querer y desde dónde para que el vínculo no se vea dañado, para saber dar la cara y volver a casa con ilusión cada día.

Me admira, en serio. Será que espejeo en los demás, será que me he acostumbrado a la injusticia. Sin embargo, intuyo que esas parejas con sus diferencias individuales, sus mierditas personales, sus fobias, sus mosqueos y sus guerras tienen un objetivo fuerte que pese a ser una cuesta arriba, les refuerza como pareja.

Romperán, claro. Y se tirarán los trastos y algunas vivirán situaciones de violencia intergénero. Somos humanos e imperfectos. Jodidos en eso estamos todos.

Me refiero a que una dificultad se puede vivir como un tornado o como una fuerte marejada. Y que tú eliges dónde te sitúas, si en la bodega del barco rezándole a dios que te de la oportunidad de sobrevivir, pensando qué pecados has cometido y creyendo en que de pronto, saldrá al sol cuando subas a cubierta… O te pones al mando del timón, y escoges la ruta  en la que puedas aprovechar las embestidas.  Estás ahí, tirando con el otro, que sabe más o menos arriar velas o al menos, confía en lo que tú haces. Y la posibilidad existe, es una oportunidad real porque dios es un señor con barba ocupado en asuntos de dogma y san valentín un engendro cultural, cagado y ciego.

Más te vale que sepas nadar y por ello, hay que practicar mucho, mucho, en el agua no frente a la tablet o viendo correr las ratas (tan asustadas como tú) por el suelo de la bodega.

Puede que te ahogues, o no.