MA. Primer acercamiento.

Me siento a escribir y moneo. Moneo mucho.

Miro el facebook, las noticias, escucho una, dos canciones que enlazo con algún recuerdo más o menos afortunado.

El tiempo pasa y la hoja sigue frente a mí, en blanco, sin prisa. Soy yo la que me consumo, a ella mientras le siga llegando electricidad le queda paciencia.

MA

¡Qué cosas se me ocurren!

MA

Se me ocurren a mí y hoy, ni siquiera han pasado por casa.

Cojo un lápiz de ojos, un khöl y me pinto la mano, y luego el hombro. Escribo Ma y me hago un selfie como una adolescente. Como una chica joven con ganas de comerse el mundo y arrasar.

Me escribo Ma en la piel como el tatuaje mal hecho de un marinero tras una noche de farra. AMOR DE MA.

AMOR DE MADRE.

Porque de eso va MA. De la adolescencia, del lápiz de ojos, de resacas con marineros, del AMOR de MADRE. De MI madre. Tú tendrás una, quiero suponer, o la habrás tenido y TU madre te querrá como sólo quiere la madre de cada uno.

MA es madre e hija. Madre que fue hija y madre es, hija que será madre sin perder su condición de hija.

Mientras me desenredo con la hoja y el cuerpo en blanco, os anuncio, quería yo deciros desde el otro lado…

¡Estrenamos en Julio en la SALA de ECE (Escuela de Creación Escénica)!

Por el momento, os puedo enseñar un trocito de hombro (las dramaturgas no debemos hacer demasiado alarde de piel porque nos la dejamos de otra forma) con una palabra importante: MA

Porque Ma sólo hay una.


¡Y qué una!

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Mi HisTOrIA Es pArA Ti

https://youtu.be/s-S28rX_c24 

Érase que se era, en un país muy muy lejano, una muchacha mirando a través de la ventana. Al otro lado del cristal veía cruzar rápido a los transeúntes, la danza de los coches, el ascender implacable del calor del asfalto.

Y lo anotaba, todo lo anotaba en un cuaderno rojo sangre.

En el día de su treinta y cinco cumpleaños, su madre, la reina madre le dijo:

-Ve fuera y tráeme la respuesta.

La muchacha que no era princesa aunque sí hija, aceptó el encargo y se dispuso a partir, desconocedora absoluta del camino.

Salió a la calle y anduvo hasta dejar atrás el palacio, los edificios, la puerta del Sol.

En la encrucijada del reino, allá justo donde empezaba a cambiar el color del paisaje, tropezó con un mendigo lamentándose. Era tal su dolor al moverse e intentar avanzar que no pudo por menos, que ofrecerle su espalda. Cargó con él mientras el otro hablaba de sus planes de futuro y de cómo subiría al trono en cuanto tuviese la oportunidad. Siguieron adelante durante días hasta que la muchacha, agotada, no pudo dar un paso más.

El mendigo desde lo más alto de su grupa no dejaba de gritar: ¿Por qué paras?  ¿De qué te quejas? ¿Cómo puedes ser tan incómoda?

-Basta- dijo ella. Y descargando al mendigo le preguntó: – ¿Por qué no lo valoras?

– Fuiste tú quien me recogió del suelo. Yo no te pedí ayuda.

La muchacha derramó una lágrima y se puso en camino, sola esta vez como esa misma lágrima.

Cruzó el país de arriba abajo y fue recogiendo en su bolsa las respuestas que las  gentes le entregaban por un rato de charla, un cuento improvisado, un abrazo.

Sin embargo, la muchacha no creía haber hallado aún la que le había pedido la reina madre.

En la orillita del mar, pisando descalza guijarros blancos, se encontró a un pescador que revisaba sus redes.

– ¿Tiene usted la respuesta?

– Sólo tengo estas redes y un viejo barco.

– Tiene usted paz entonces, no lo que desea mi madre.

– Yo lo que deseo son peces.

– ¿Valdrían los peces como respuesta?

– Toma uno. A cambio, ayúdame a extender mi red para que pueda coserla.

– Lo haré lo mejor que pueda.

– Ya lo estás haciendo.

Y una vez remendadas, la muchacha partió con un pez plata en las manos.

Exhausta de buscar, se internó en lo profundo del bosque. Allí, donde las pisadas suenan a besos y la cobertura ha desaparecido, se alzaba un árbol centenario a cuya sombra decidió sentarse con ella misma. Tomó aire la muchacha y cerró los ojos… cuando sintió el tacto de una mano que la zarandeaba. Un hombre de aspecto brillante e impecable hechura sonreía con seguridad ante ella.

  • Disculpa, te has sentado bajo el árbol.
  • No sabía que fuese tu árbol.
  • No es mi árbol, es mi sitio.
  • Podemos compartirlo. Quisiera descansar un ratito.
  • Cualquiera en este bosque conoce mi sitio y lo que me ha costado ganármelo. Hasta aquí vienen a buscar mis respuestas, no vayan a equivocarse si te encuentran a ti.
  • Entonces, ¿eres tú quien posee las respuestas?
  • Yo soy.
  • ¿Y quién eres tú?
  • Yo soy quien soy.
  • ¿Tienes la respuesta?
  • ¿Qué tienes para mí?
  • Poco, un pez.
  • Guárdate tu pez maloliente. Dame algo más.
  • No tengo más.
  • Pues entonces, aléjate de mi árbol.
  • Dijiste que no era tuyo.
  • Tuyo no va a ser. Tendrás que conformarte.

La muchacha se alejó del árbol y el hombre sabio y, al borde del río vertió otra lágrima sola que fue a caer sobre el pez.

Y el pez abriendo mucho la boca al sentir el sabor a sal, le pidió por favor, que lo arrojase al agua como gesto de buena voluntad.

La muchacha obedeció porque no es habitual que lo peces hablen. Una vez en su elemento, el pez pegando un par de cabriolas entusiastas y acariciando con las aletas los pies de la muchacha le susurró:

  • Ya es hora de que vuelvas.
  • Pero, y la respuesta? Mi madre no me dejará volver sin ella.
  • Dentro, dentro del agua- se oyó mientras se alejaba cauce abajo.

 La muchacha ha regresado, más ligera que partió, al palacio que no es palacio sino un piso en la Latina.

La reina madre lo supo en cuanto la vio entrar por la puerta.

  • ¿Traes la respuesta contigo?
  • Traigo mi cuerpo de vuelta.

Y abriendo de par en par las ventanas para que entrasen los ruidos de fuera, abrió también su cuaderno rojo sangre y se dispuso a anotarlo, todo.

Colorín colorado, este cuento de momento, se ha acabado.