Desnudo desde la azotea.

Ya no formo parte de tu guerra, ni de los frentes movidos por el miedo, ni de la batalla sanguinaria.

Fui un niña que se escondía todo el tiempo y respiraba muy bajito para no ser golpeada.

He sido una chica con poco brillo para protegerme de las bombas. 

Fui prisionera en mi propia casa.

No participo de la postguerra.

Ni de los cadáveres aún tibios, ni de las cartas escritas con mercurio.

Fui una joven atrapada en los oscuros pasillos de un juzgado.

He sido la mujer en el laberinto del Minotauro.

Una vendida.

Tampoco colaboro ya en tu guerra fría, mientras los cuchillos entran y salen de la carne como penetran tus mentiras en mis palabras, vírgenes siempre, en mi cuerpo virgen a veces.

Es tiempo de reconstruir tras la batalla.

De erguir esta espalda curva, de apartarme el cabello de los ojos.

Tomaré las piezas una por una, liberándola de escombros y de huesos.

Respiraré sobre ellas como sobre la flor del diente de león.

Les daré un nombre cálido: cariño, membrillo, sol, Laura.

Abriré ventanas y compuertas. Soplaré.

Los hombres enfermos podrán enterrar sus memorias mal muertas, las madres asumir al fin las derrotas, tú asumir tu propia vergüenza.

Compraré flores blancas como Mrs. Dalloway, y me sentiré viva desde ahora.

Sumaremos uno y uno, dos y cuatro, tres y ocho y siempre nos saldrán las cuentas.

Beberé vino de cara al abismo.

Comeré pastel de chocolate a mil metros de altura.

Y sabré, que las guerras seguirán siendo eternas pero la paz es el pájaro azul que aletea en mi pecho. No hay más.

Pájaro, luz, ladrillo, yo.

Construcción.

Reconstrucción. 

 

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Vulnerable

Soy vulnerable.

Para qué voy a andarme con rodeos.

Vulnerable no es débil, supongo que lo sabes. 

Yo me lo repito cada día, y últimamente a cada rato, para que no se me olvide.

Dice Brené Brown que sólo quien acepta su vulnerabilidad vive con sentido pleno.

El resto, como tú, y como yo, pasamos sobre la experiencia a toda prisa hasta que nos llegue la hora de la felicidad.

Y si no llega nunca?

Cuánto nos cuesta asimilar que estamos equivocados.

Y que somos imperfectos.

Me cuesta aceptar que sólo tengo mis manos, y el color de unos ojos que cambiaría por verdes.

Aceptar que he llegado hasta aquí y que he dado más que he recibido por miedo a no ser nadie.

Y que nadie soy después de todo.

Qué difícil asumir que ese trato que hiciste nunca fue cumplido por ambas partes.

O que nunca más va a llamar.

O que tus padres no supieron hacerlo mejor.

O que te equivocaste al elegir carrera, o casa, o novio.

Soy vulnerable.

Quiero ser vulnerable.

Cada palabra que escribo va por delante de lo que seré, como una profecía que se acaba cumpliendo y que yo materializo en palabra escrita y con el tiempo, en acto.

Quiero ser vulnerable porque sólo quienes lo son pueden atreverse con todo.

Y llaman por teléfono.

Y se arriesgan al no.

Y dicen primero Te quiero.

Y reconocen el animal herido en las personas agresivas y envidiosas, y saben que es este miedo el que ataca gratuitamente.

Tú estás siendo vulnerable para estar viva.

Para sentir, recoger los pedazos, amasarlos de nuevo y recomponerte una silueta nueva cada amanecer, cuando el café aún humea, y la gata se despereza.

Nos encontraremos en la calle, o en una exposición, o en el teatro, o bajo las sábanas.

Y te contaré mi secreto.

Uno que habla de tener coraje.

Y pondré el contador a cero para comprobar cuánto tardas en salir huyendo.

Porque la vulnerabilidad ajena jode, jode mucho.

Yo misma he huido otra veces.

Ahora no.

Ahora me planto y digo: mira.

Soy vulnerable, no débil.

Si no lo fuera, si la mentira no me afectase, si el dolor no se hiciera mío, si la deslealtad no me importara no escribiría como escribo, con verdad.

Con una verdad arrancada de raíz, de mí a ti.

No existiría la conexión.

Para eso estamos aquí, para conectarnos.

Si no fuera vulnerable no podría amarte.

Ni permitir que me amaras. 

Y la palabra AMOR se borraría de los libros.

¿Imaginas el desastre?

Brené Brown, el poder de la vulnerabilidad

 

La pieL

Todo lo que poseo es mi piel, ni joyas, ni buenos trajes.

Mi piel, una línea continua trazada por un nombre: Laura, del talón a la cima. Una línea con dos aspas cardinales en su centro, rosa de los vientos en mi espalda.

La piel.

Ni dinero ni cargos, salvo el contacto con otra piel.

Nos vestimos a diario, nos desvisten de vez en cuando, nos cubrimos siempre.

Y olvidamos que la piel es un exclusivo mapa del tesoro, un papel sobre el que la vida escribe con renglones torcidos donde alguna vez, leyeron recto.

Mírate, eres una piel como una playa en retroceso con las huellas del tiempo frescas aún.

Y el tesoro debajo, esperando.

¿Habéis abrazado y habéis pensado? – Esto es-

O mejor… no habéis pensado.

Yo sí.

Ahí la alarma comenzó a pitar. Y llegaron los buscadores jubilados y se llevaron parte de tu tesoro para venderlo al peso. Pero no todo, no al completo.

Por eso, desnúdate.

Fuera PEROS

Bajo la piel, la Atlántida,

o la sombra de una ciudad perdida, asolada por los hunos y el olvido, a punto de emerger durante siglos. -Aún no, aún no es el momento-. Y la ciudad desciende un nivel más.

Qué poco amamos con la piel.

Luego dirán que el amor, cualquier amor,  es cuestión de piel.

Con lo poco que nos tocamos.

No sé cómo no nos deshacemos

igual que los castillos de arena de aquel último verano.

Qué poco nos dejamos tocar.

Quizás para no saber.

o para no dejar de saber.

“Desaprender” lo llaman los sabios.

Abraza más.

Muerde más.

Acaricia.

Hazte el favor.

Hazle ese favor a tu piel.

Yo voy a hacerlo.

Y así, cuando me desholle viva, muerta poco importará, tendré la certeza al menos, de que mi piel me pertenece, de que mis caminos los he recorrido todos del pulgar a la nuca, y de que esta marea, que ahoga y prende, me dejó sin aliento un día antes de que la desertización lo arrasara. Antes de la palabra No.

Antes de la inmensa muerte.

La pequeña muerte la pido para mí.

¿Nos abrazamos entonces?

O al menos, sopla caliente esa pestaña sobre el dorso de tu mano.

Y pide un deseo.

 

 

 

 

El secreto rumor de las vías del tren.

Ahora que llueve y hemos retrocedido en el tiempo, y estamos de nuevo en el frío donde apenas paseábamos.

Después de haberme quemado la nariz bajo mi árbol de doscientos años, y pedirle un poco más de luz para continuar leyendo.

Ahora, que he decidido abrir las contraventanas de mi cuerpo, y he reído con la cabeza bajo la almohada, y he llorado sin temor al rimmel.

Después de beber un vino, y luego otro, y luego otro y no distinguir ya ni la madera del parqué, ni la que acuchillaba mi paladar.

Ahora, cuando nos hemos reconocido.

Después de guardar la pereza a depilarme, y los abrigos gruesos.

Ahora que me he vuelto a encontrar con quien amé y un tren, un tren de madera antiguo y estrecho, me atravesó de norte a sur para seguir su viaje.

Después de que me hayan llamado por mi nombre “Laura” y que me sonase hermoso.

Ahora que me iba a regalar una sonrisa pintada todo el día.

Después de escuchar, de sortear tanta hostilidad nacida del miedo y salir casi indemne.

Ahora que nuestros ex están dejando de serlo, y algunos sólo me invocan en sus noches de insomnio.

Después de todo, empiezo a despedirme.

Ahora, justo ahora.

Después de la noche oscura del alma y de tirar el equipaje por la ventanilla.

Ahora, el andén de salida es el número cero.

Después, será el de llegada de los trenes fantasma.

Ahora, me siento y respiro el olor a carbonilla que algunas estaciones aún conservan.

Después… ya se verá.

¿ Y ahora qué?

 

 

Lunática

La vida nos pasa por encima como un camión terrorista. 

Lo descubro en las arrugas de la gente del barrio, esa gente de toda la vida,  igual que lo verán en mí aunque aún caiga del lado de los jóvenes. 

La gente de mi edad empieza a morirse. Se quiebran por dentro como un vaso; la vida les estalla. 

Vivir duele. Seguir viva duele a través de las grietas. Quien no se rompe, se fragmenta.

Se parte en dos, en tres, se hace trizas y con sus pedazos tira para adelante. 

Hay días en que desde la cama, me pregunto para qué demonios sigo peleando, esforzándome, haciendo torniquetes improvisados a mis heridas, pegando mis trozos.

Luego, me drogo con café y vitaminas y adormezco mis tristezas para continuar. 

La tristeza es una emoción que nos habla de lo que hemos perdido.  

Lo que pierdes es la misma vida: cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…

La única realidad es que nos estamos muriendo. Todos y todas.

Uso las dos palabras: todas y todos, a la mierda la economía verbal. Soy una moribunda, y cada palabra escrita será mi único testimonio y a la vez, no importará nada.

Mirad  la luna llena, la primera luna llena del 2017. Es grande, intensa, terrible.

Llamadme lunática, pero mientras observaba la luna por la calle, a mi alrededor miraban sus pantallas.

Algo estamos haciendo mal. 

Mueres sobre  una pantalla.

Emite más luz que la luna, es cierto. De hecho, puedes ver la luna, una luna mejor, mil lunas mejores en ella. 

Te pierdes ese algo, no sé el qué, lo que sólo provoca el alzar la cabeza hacia el cielo, como hicieron tus abuelos, y los abuelos de tus abuelos, por si la luna les evitaba morir. 

Se murieron,  pero con la cabeza bien alta.

Nosotros nos morimos hacia dentro. Pozos con el fondo atestado de cristales rotos. 

Esperando que salga alguien de esa pantalla, como el genio de la lámpara. 

Y la luna brilla que brilla. 

Y tú venga a esperar un milagro.

Tú venga a esperar que él o ella se dé cuenta, él o ella te descubra agazapada en las sombras, agonizando.

No se va a dar cuenta, no va a descubrirte si no lo hizo ya. No va a apiadarse de tu muerte, bastante tiene con la suya. 

La luna va a seguir ahí, hasta que nos la carguemos de un pantallazo.

Tú también te cargas al otro bloqueando, silenciando sus mensajes, ignorando que ha visto la luz de  la luna reflejada en ti. 

Es más fácil mirar hacia abajo que hacia arriba. Más fácil todavía que hacia el frente donde te sitúas tú, y me miras (un segundo, entre pitido y pitido) cuando piensas: ¿la tengo agregada?

Qué fácil todo, y qué difícil vivir.

Besar con los ojos cerrados.

Brindar mirando a los ojos.

Follar con los ojos abiertos.

Seguir pidiendo deseos a la luna.

Milagros no, milagros para los santos.

Esta noche pido que la luna siga ahí, hasta que envejezca y me muera del todo. 

Soy una lunática, os lo dije. 

 

El deseo de belleza. 2017.

Balance y deseos.
Con mis mejores deseos.

El 2016 se sintetiza con una palabra: RETO

Y un aprendizaje fundamental: NO pagues cualquier precio por aquello que deseas.

Porque la vida, el universo, el destino, Dios (elija modo de creencia) me lo ha puesto delante, un deseo tras otro, en un laberinto de espejos donde por momentos, he dudado de quién soy.

Aquí me tenéis de nuevo, con una tarta enfriando en la ventana y el corazón tranquilo.

He escrito, y he escrito sobre lo que escrito.

He pisado muchos escenarios.

He habitado muchas aulas.

He dicho NO.

Me he sentido bendecida a cada pequeño paso. En los errores y en los aciertos, en los besos que dí y en los que quedaron pendientes, con cada vino, en cada oración a los vivos y a los muertos.

Yo que siempre me creí un ser extraño, capaz de crear belleza aunque indigno de recibirla, comparto esta belleza con vosotras y vosotros. Y me sé por fin DIGNA.

Llegó el día en que al escuchar mi nombre: LAURA, lo he reconocido como propio. Me pronuncio: Yo soy.  

Y ni tu vileza, tu miedo, tus ausencias, tus demandas, tus dudas, tus misterios, tu sombra importan (o sí, pero un poco menos) 

Lo he aprendido durante el 2016.

Al 2017 no le pido una nueva vida. Le pido ésta, conmigo y en compañía de quienes me aman y amo.

Deseo que mi palabra os conmueva. No a cualquier precio, sino al que merece.

Y regresar si me pierdo.

Gracias.

¡A por la belleza!

 

Vuelve el “El Techo de cristal. Anne & Sylvia”

 

Algunas de la últimas críticas…

Butaca de primera:

La pieza es redonda y sin fisurasla puesta en escena soberbia, recordando desde el primer momento los ambientes turbios que en tantas películas (y últimamente también en alguna serie) nos han planteado cuando se hablaba de esta época. Pero sin duda lo más interesante de la obra, además de un texto elegante y distinguido, es la complicidad que transmiten los tres actores 

Alba Mariño, Popup Teatro:

El techo de cristal es una muestra cruda y real de la ardua tarea de la “búsqueda de la vida perfecta”, de la vida soñada, pero sobre todo, esta sublime dramaturgia (firmada por Laura Rubio Galletero y creada desde la verdad más desnuda, desde la fuerza y desde la ausencia del miedo), supone una demostración del poder y el protagonismo de las mujeres antes, ahora y siempre”.

Ángel Silvelo, Todo Literatura: 

Bajo un excelente texto de Laura Rubio Galletero, asistimos a través de los vaivenes del flashback a este proceso de ida y vuelta que solo el paso del tiempo nos permite afrontar, y desde el que poder afligirnos, reir y llorar junto a los actores que lo ponen en pie…

El techo de cristal es una magnífica obra de teatro que nos hace reflexionar sobre aquello que de verdad importa

Tragycom:

Laura Rubio Galletero… teje un cesto consistente, sutil y vital en el que estas dos fantásticas brujas desnudan sus vacíos y los exponen a la mirada pública”. “… Una escenografía cálida y versátil que nos transporta a través de distintos años y momentos de sus vidas arrullando nuestros oídos con músicas de Nina Simone, Billie Holiday o Frank Sinatra”.

  • La obra vuelve a estar en cartel en Nave73 los viernes a las 20h durante los meses de diciembre (excepto el 23 de diciembre) y enero
  • Sólo el 23% de las obras de teatro estrenadas en España están escritas por mujeres, según el estudio elaborado en 2015 por el Grupo Barraquianos (Tragycom) a partir de los datos del Centro de Documentación Teatral de los últimos 20 años
  • La   propuesta,   sexto    montaje    de    la    compañía    La    Pitbull    TEATRO   (candidata   a   los  Premios    Max    2014   con   Segismundo,    el    príncipe    prisionero),    está  protagonizada   por   Luzia   Eviza   (Anne   Sexton),   Montse   Gabriel  (Silvia  Plath)  e  Ismael   de  la  Hoz  (Ted  Hughes).
  • Anne    Sexton    y    Silvia    Plath    fueron    dos    norteamericanas,    dos    bellezas,    dos  madres,  dos  hijas,  dos  esposas,  dos  suicidas… Fueron  dos  grandes  poetas que en  sus  textos  abordaban   con   valentía   temas   como   el   incesto,   las   drogas   y   el   sexo   en   una  época  de  censura  moral  y  de  servicio  femenino  a  la  familia.
  • Las barreras profesionales que tienen que enfrentar las mujeres para alcanzar el éxito, limitadas también por el escrutinio de las decisiones en su vida personal, son los temas que subyacen en la obra de teatro “El Techo de Cristal (Anne&Sylvia)”, de La Pitbull Teatro.